Hablemos de San José

Hablemos de San José

SAN JOSÉ EN LA VIDA DE LA IGLESIA 

La presencia de San José a lo largo de la vida de la Iglesia ha sido algo desconcertante. Y, al contrario de lo acontecido con otros santos,  San José, en este sentido histórico, no ha tenido excesiva suerte.

 

DE LOS EVANGELIOS A LOS APÓCRIFOS

La primera catequesis cristiana se encontró con la necesidad de la reflexión prepascual, y el evangelio de la infancia (prescindiendo ahora de sutiles discusiones acerca de su historicidad entendida con criterios muy posteriores a los de Lucas y Mateo) presentó a José como transmisor de la ascendencia davídica, como padre de Jesús (porque así lo llamaba María), como esposo de la Virgen, como mediador silencioso del designio de salvación. Aunque  no se registrara ni una palabra suya, y contra lo que suele insinuarse, no es tan poco lo que de él di­cen los evangelios.

Pero los cristianos necesitaban más noticias de la infancia y de la juventud de Jesús. Y para saciar la comprensible curiosidad, como portadores de ciertas ideas a veces no demasiado ortodoxas, desde el siglo III comenzaron a redactarse (su divulgación fue a veces algo posterior) los “evangelios apócrifos”. Eran productos ingenuos -o no tan ingenuos- de la fantasía. Prehistoria familiar de Jesús, hasta sus abuelos; niñez de María en el templo; su boda  acompa­ñada de lo maravilloso (la vara florecida del esposo); acompañantes y episodios en los caminos hacia Belén, hacia Egipto,  en la estancia y en los retornos: todos estos vacíos se llenan con buenas dosis de imaginación. Fueron ellos (sobre todo los llamados Protoevangelio de Santiago, Pseudo Mateo, Historia de José el carpintero), los creadores de un José viejo, muy viejo, cuanto más viejo mejor, y además viudo, y, encima, con bastantes hijos ya cuando se casó con María después de aquella pugna entre pretendientes más agraciados física, social y económicamente, y para qué seguir…

 

ALGUNOS PADRES DE LA IGLESIA

Los padres de la Iglesia, con más o menos vigor a tenor de los tiempos, se encontraron con problemas apologéticos que tenían que resolver. Fue el suyo, por lo general, un ambiente en el que el valor de la virginidad se fue imponiendo como valor absoluto a veces. Y como en el evangelio aparecían “unos hermanos de Jesús”, y se decía que José era su padre y esposo de María, y esto lo aprovechaban bien algunos herejes de la época, convino silenciar a José o convertirlo en instrumento de la virginidad de su esposa.

Es cierto que algunos,  con más fuerza aún y con palabras más hermosas San Agustín, se empeñaron en valorar  una paternidad más real cuanto más virgen; pero otros reasumieron las posiciones apócrifas y contribuyeron a transmitir la imagen del viudo y viejo, padre, más que de Jesús, de los llamados hermanos suyos.

San Epifanio de Salamina (315-403) es un testigo bien cualificado de esta singular apologética: José, padre sólo en apariencia de Jesús, “en edad avanzada y viudo de la mujer que le diera cuatro varones (Santiago, llamado hermano del Señor porque fue educado con él, Simón, Judas y Juan) y dos hembras (Ana y Salomé) -y los nombres no acaban de coincidir con los apócrifos-; este José, digo, ya viejo y viudo, en virtud de la suerte se vio obligado a contraer matrimonio  con la sacratísima Virgen María”.

Protoevangelio de Santiago (s. II?)

JOSÉ, VIEJO, CASADO A LA FUERZA

Bajaron los padres [de la niña María] llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una palomica, recibiendo alimento de manos de un ángel.

Pero al llegar a los doce años los sacerdotes se reunieron para deliberar diciendo: He aquí que María ha cumplido sus doce años en el templo del Señor, ¿qué haremos con ella para que no llegue a mancillar el santuario?”. Y dijeron al sumo sacerdote: “Tu, que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella; y lo que te dé a entender el Señor eso será lo que hagamos”.

Y el sumo sacerdote, endosándose el manto de las doce campanillas, entró en el sancta sanctorum y oró por ella. Mas he aquí que un ángel del Señor se apareció diciéndole: “Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos los viudos del pueblo. Que venga cada cual con una vara, y de aquel sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ése será mujer”. Salieron los heraldos por toda la región de Judea, y al sonar la trompeta del Señor todos acudieron.

José, dejando su hacha, se unió a ellos, y una vez que se juntaron todos, tomaron cada uno su vara y se pusieron en camino en busca del sumo sacerdote. Éste tomó todas las varas, penetró en el templo y se puso a orar. Terminado que hubo su plegaria, tomó de nuevo las varas, salió y se las entregó. Pero no apareció señal ninguna en ellas. Mas al coger José la última, he aquí que salió una paloma de ella y se puso a volar sobre su cabeza. Entonces el sacerdote le dijo: “a ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la virgen del Señor”.

José replicó: “tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los hijos del Israel”. Entonces el sumo sacerdote repuso: “Teme al Señor tu Dios y ten presente lo que hizo con Datán, Abirón y Coré: cómo se abrió la tierra y fueron sepultados en ella por su rebelión. Y teme ahora tu también, José, no sea que sobrevenga esto mismo a tu casa”.

Y él, lleno de temor, la recibió bajo su protección. Después le dijo: “Te he tomado del templo; ahora te dejo en mi casa y me voy a continuar mis construcciones. Pronto volveré. El Señor te guardará” (Los evangelios apócrifos, edic. Daniel Ruiz Bueno, BAC, Madrid, 1946, p. 160-162).

 

SAN EPIFANIO (315-403)

San José, viudo y viejo

José era viejo y viudo de su mujer, de la que había tenido cuatro hijos y dos hijas: Santiago, el llamado hermano del Señor que se educó con él, Simón, Judas y Juan; y las dos hijas Ana y Salomé; digo que José, viejo ya y viudo, debido al sorteo que entre viudos y celibatarios de todas las tribus se hacía de las vírgenes que se estaban educando en el templo (por la obligación de consagrar al templo al primogénito de ambos sexos), obligado por el resultado del sorteo recibió en matrimonio a la virgen María, de la cual nació según la carne nuestro señor Jesucristo, pero del Espíritu Santo y no de semilla humana ni de unión corporal alguna (Ancoratus, MG 43, 122-123).

 

SAN JERÓNIMO (340-420?)

José, casado y virgen

Tu [Helvidio] dices que María no permaneció virgen: yo voy más allá, y te digo que también José fue virgen por María para que el hijo virgen naciera de un matrimonio virginal. Un varón santo no puede fornicar, y no consta en ningún lugar que hubiera tenido otra mujer. Hay que considerar que José fue, mejor que marido, custodio de María.  Por lo tanto, se debe concluir que también permaneció virgen, juntamente con María, quien mereció ser llamado padre del Señor (Contra Helvidio, ML 23, 203).

Los motivos del matrimonio de José y María

¿Por qué no fue concebido de una virgen, sin más, en vez de una virgen desposada? Primero, para que por la ascendencia de José se mostrase el origen de María. Segundo, para que los judíos no la lapidaran por adúltera. Tercero, para que en la huida a Egipto tuviera el consuelo del marido. El mártir Ignacio añade una cuarta razón para este ser concebido en una desposada al decir que, con ello, su parto le sería ocultado al diablo al creerse que nacía el salvador no de una virgen sino de una esposa (Comentarios a Mateo, ML 26, 23).

 

Orígenes (183-255?)

Motivos del matrimonio de José y María

Me pregunto por qué Dios, en su designio de que el salvador naciera de una virgen, no eligió a una doncella sin esposo sino que la prefirió ya desposada. Y, si no me equivoco, ésta fue la causa: tenía que nacer de una virgen que no sólo tuviera ya esposo sino también, como escribe Mateo, con una virgen que ya se hubiera entregado al marido aunque todavía el varón no se hubiera acercado a ella, para que no se juzgase como torpeza de la virgen su embarazo evidente. Esta explicación elegante la he hallado en la carta de un mártir, de Ignacio, obispo sucesor de Pedro en Antioquia, que luchó con las fieras en la persecución romana: “La virginidad de María se le ocultó al príncipe de este mundo”. Se le ocultó gracias a José; no la descubrió gracias a las nupcias; no la conoció gracias a la creencia de que estaba desposada con él. Si no hubiera tenido esposo y, según se creía, varón, no hubiera sido posible ocultarla al príncipe de este mundo. De otra suerte, no se le hubiera escapado al diablo esta reflexión: “¿Cómo es posible que ésta, que no conoce varón,  esté preñada? Esta concepción debe ser divina, tiene que ser algo que supera a la humana naturaleza (Homilías sobre Lucas, MG 13, 1814-1815).

 

SAN JUSTINO (100-167?)

Oficio de Jesús y de José

Cuando Jesús llegó al Jordán, se le tenía por hijo de José el carpintero, y apareció sin belleza, como las Escrituras habían anunciado, y fue considerado él mismo como un carpintero (y fue así que obras de este oficio –arados y yugos- fabricó mientras estaba entre los hombres, enseñando por ellas los símbolos de la justicia y lo que es una vida de trabajo ( Diálogo con el judío Trifón, Edic. de Daniel Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos (siglo II), Madrid, BAC, 1979, p. 461)

 

SAN AGUSTÍN (354-430)

Paternidad de José

Ya he insistido suficientemente en ello para que extrañe el hecho de que las generaciones se numeren  [en el evangelio] por José y no por María: porque si María es madre sin intervención de la concupiscencia carnal, de la misma suerte José es padre sin el comercio de la carne. Así que de él desciendan y asciendan las genealogías, y no las separemos por no haber existido concupiscencia carnal en el padre. Y que su mayor pureza sea la confirmación de su paternidad, y así no seremos reprendidos por María, que no quiso anteponer su nombre al de su marido sino que dijo tu padre y yo te buscábamos apenados. Que no osen hacer los murmuradores perversos lo que no hizo la casta esposa. Numeremos la genealogía a través de José, que al igual que es marido casto es también padre casto, y antepongamos el varón a la mujer siguiendo el orden natural y la ley de Dios. Porque si apartamos al uno para anteponer a la otra, nos podrá decir él con toda razón: ¿por qué me apartáis y por qué la genealogía no es la mía? Si se le dice: porque no es hijo tuyo carnal, responderá: ¿y ella lo parió por obra de su carne?. Lo que ha obrado el Espíritu Santo lo ha obrado para ambos. Como era, dice, hombre justo. Justo varón, justa mujer. El Espíritu Santo, complacido por la justicia del uno y de la otra, les dio el hijo a los dos. Pero obró esto en el sexo más adecuado de suerte que también el hijo naciera para el marido. Y a los dos les dice el ángel que impongan el nombre al niño como signo de autoridad.

 Se dice a María he aquí que concebirás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; se dice también a José:  José, hijo de David, no temas tomar a maría como esposa, porque lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, salvará a su pueblo de sus pecados. Se dice también: y le parió un hijo, con lo que se está confirmando que es del todo padre no por la carne sino por el amor. Es padre, por tanto. Con toda la cautela y prudencia numeran los evangelistas la genealogía a través de él, en orden descendente Mateo desde Abrahám hasta Cristo, ascendiendo Lucas desde Cristo, a través de Abrahám, hasta Dios. Aquel cuenta descendiendo, éste ascendiendo, pro ambos por José. ¿Por qué? Porque es padre. ¿De qué suerte es padre? Padre tanto más verdadero cuanto más casto. De otra manera se creía que era padre de nuestro señor Jesucristo, es decir, como los otros padres que lo son por la generación de la carne y no sólo por el amor espiritual. Porque dijo Lucas el que se creía padre de Jesús. ¿Por qué se le creía? Porque los juicios y la estimación de los humanos se atenían a lo que habitualmente se hace por los hombres. No nación del semen de José el Señor a pesar de que así se creyera; y, sin embargo, gracias a la piedad y al amor de José nació de la virgen María el hijo que es también hijo de Dios (Sermones, ML 38, 350-351).

 

ESTUDIO DE SAN JOSE

SAN JOSÉ, EL ESPOSO DE MARÍA

Tanto Mateo como Lucas explicitan esta condición de San José intencionadamente. La generación de Jesucristo fue de esta manera: su Madre, María, estaba desposada con José (Mt 1,18). Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre, llamado José, de la casa de David, el nombre de la Virgen era María (Lc 1,26-27). Los dos tienen intención e interés en dejar bien claro que María estaba desposada con José. Dos personas bien conocidas.

Y sucedió que mientras estaban casados, sin saber nada José, María, su mujer, aparece embarazada misteriosamente. Ante esta situación, José, el marido, aparentemente engañado por María, como era justo y no quería ponerla en evidencia, piensa en su interior y cavila qué hará ¿repudiarla en secreto? Cuando estaba dando vueltas a estos pensamientos en su interior, se le aparece en sueños el ángel del Señor que le dice: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo (Mt 1,20-21).

El anuncio del ángel tiene como finalidad hacerle comprender, precisamente, que debía asumir la paternidad legal sobre el Niño que María lleva en su seno, cuyo carácter mesiánico viene de esta manera asegurado. Por eso a José se le denomina con el apelativo de hijo de David (Mt 1,20), título exclusivo de Jesús. El ángel se dirige a José en su calidad de esposo de María.

Las palabras del ángel son la ocasión y el momento  para que José ratifique responsablemente su voluntad  de seguir unido en matrimonio a María, pero, con una particularidad, que María va a ser Madre. Aceptar y acoger a María como esposa significa aceptar ser padre de la criatura que lleva en su vientre y que nacerá de ella. Es como una nueva llamada, un volver a escuchar  la verdad sobre su propia vocación. “Este hombre justo que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la Virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor” (RC, 19).  

José responde a esta llamada de una manera libre y responsable, acogiendo a María encinta en su casa: Despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su mujer (Mt 1,24). “Él la tomó con todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de este modo una disponibilidad de voluntad semejante  a la de María en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero” (RC 3).  

Según el evangelio estamos ante un matrimonio singular, querido por María y José en el que interviene palpablemente el Espíritu Santo. El abad Ruperto resume admirablemente la enseñanza evangélica. Exclama: “Oh matrimonio verdadero  y santo, matrimonio celestial, no terreno; pues ¿cómo o en qué se unieron? Ciertamente en que en ellos sólo había un espíritu y una fe; allí sólo no había la corrupción de la carne. Por eso con toda verdad dice el apóstol…el segundo hombre del cielo, celestial (1Cor 14,47), es decir,  siendo la vida o unión de los esposos (José y María) toda celestial y del Espíritu Santo, el Amor de ambos  cuyo trato era celeste -y este carácter tenía la primacía en uno y otro-  había encomendado la mujer a la fidelidad de este hombre (José) y había infundido totalmente en el marido padre el amor al Niño que, hecho hombre de la carne de la Virgen, nacía de ella” (Gloria y honor del Hijo del hombre, P. L. 170, 1319).

JOSÉ, PADRE DE JESÚS

La disponibilidad de José, semejante a la de María, nos da pie para añadir que,  al igual que María quedó constituía Madre de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo, sin concurso de varón, al aceptar libre y responsablemente -hágase en mí según tu palabra-(Lc 1,39) las palabras de Dios por medio del ángel, en que le dice que va a concebir en su seno y dar a luz un Hijo, a quien pondrá por nombre Jesús, de igual modo, José queda constituido, por voluntad de Dios, sin intervenir carnalmente en la generación de su hijo, en padre de Jesús cuando aceptó libre y responsablemente recibir a María encinta en su casa. José no respondió con palabras al mensaje del ángel como hiciera María -es el santo del silencio-, pero hizo como le había mandado el mensajero de Dios y quedó constituido Padre de Jesús con todas las consecuencias.  

De igual modo que el matrimonio entre José y María es del todo singular, dentro de lo humano que es,  así  también la paternidad de José sobre Jesús es singular, nacida de la voluntad de Dios. El evangelio nos dice que Jesús no es hijo natural de José, no ha nacido de la semilla de José y, no obstante, se le da toda la realidad paterna sobre Jesús. La misma Virgen María que conoce la realidad y extensión de la paternidad de José  por la renovación del matrimonio con ella, al haber acogido y obedecido a las palabras de Dios, le llama simplemente padre. Tu padre y yo angustiados te andábamos buscando (Lc 2,48). María recoge y expresa la fe de la comunidad primitiva sobre José padre de Jesús, que expresa a su vez San Juan en su evangelio, poniendo en labios de Felipe esta expresión tradicional, única en boca de un discípulo: Jesús, el hijo de José de Nazaret. 

En una actitud de amor responsable acepta María el ser Madre de Dios; desposado con María,  en una actitud de amor igualmente responsable acepta José el ser padre de Jesús, al acoger  al María como esposa nuevamente en su casa por voluntad del Señor y con ella al fruto que lleva en su vientre. Y esta paternidad de José no es menos importante para la historia de la salvación  que la maternidad de María.

JOSÉ, EL VARÓN JUSTO  

Mateo, o el Espíritu Santo por Mateo, nos ofrece  el retrato moral y espiritual de San José, el esposo de María y el padre de Jesús, diciendo: José siendo justo…Aunque esta afirmación la hace Mateo al descubrir José a su mujer embarazada, la afirmación es de carácter general y global. San José es un varón justo.

Teniendo en cuanta los muchos textos de los salmos especialmente, de algunos profetas y de los libras sapienciales en los que se alinea o paraleliza la justicia de Dios con misericordia. Fidelidad, bondad, gracia, amor… y desde Dios la justicia de los hombres, esto, aplicado a José, significa el hombre recto y sincero que acoge y actúa el plan de Dios con misericordia y bondad y ama a los hombres y busca salvar al prójimo. 

Y la misma conclusión sacamos si tenemos en cuenta los lugares en que Mateo habla de la justicia, término fundamental de su evangelio, que no aparece en Marcos y sólo una vez en Lucas: bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia… si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos…buscad primero en reino de Dios y su justicia…(Mt 5,6:6,1.33).

Justicia significa actuar conforme a la voluntad de Dios, no dejándose condicionar por las situaciones o circunstancias externas de conflictividad o agresividad. Es una justicia que se convierte en una virtud de altísima calidad que viene a identificarse con el amor. Es rectitud y pureza de intención de agradar a Dios y a los hombres. Justo equivale a santo, poseedor de todas las virtudes desde el amor, especialmente las que se refieren a hacer el bien y misericordia a los demás, en particular a los oprimidos y más necesitados. Así lo interpreta San Juan Crisóstomo. Justo es un hombre perfecto y cabal delante de Dios. Éste es san José.  

JOSÉ JUSTO VIVE DE LA FE

Todo lo que el evangelio nos refiere de San José está en estrecha y esencial relación con el misterio de la Encarnación del Verbo y su nacimiento de María Virgen. Al margen de este misterio de la salvación, no sabemos de él nada más con certeza. Y es en relación con este misterio como el evangelio nos habla de la peregrinación de la fe del santo Patriarca. Esta peregrinación de la fe llega a su cenit cuando  José descubre el misterio de la preñez de su esposa. Entonces, -nos dice el evangelista- como José era justo, no sólo obra con bondad y misericordia con su esposa sino con fe y abandono en Dios. Y desde esta fe y confianza en Dios reflexionaba cómo actuar sin hacer daño a María.

Y, como el que confía en Dios nunca es defraudado, un ángel vino a decirle a José: Lo que ves en tu esposa es obra del Espíritu Santo, no temas recibir a tu esposa en tu casa. José creyó ciegamente al ángel y desde esta fe ciega -el justo vive de la fe- actuó. Es entonces cuando la fe de san José llega a la cima más alta. Es entonces cuando se cumple en San José lo que dice San Juan de la Cruz del alma que cree enteramente en Dios: “ciegamente se enamora Dios de ella, viendo la pureza y entereza de su fe” (CE 31,3).

 Otro momento que recuerda el evangelio de la peregrinación de la fe de San José, en íntima unión con María, es cuando el Niño se pierde en el templo. José y María, al darse cuenta que Jesús no va en la caravana, se vuelven a Jerusalén y se ponen a buscar a su hijo con fe en Dios y angustia en el corazón. Después de tres días le encuentran en el templo en medio de los doctores. A la reconvención de su madre: Pero, hijo )por qué has hechos así con nosotros? Tu padre y yo angustiados te andábamos buscando, contesta con estas palabras misteriosas: )Por qué me buscabais? ) No sabíais que tengo que estar en las cosas de mi padre? Y ellos no comprendieron (Lc 2,48-50). Sencillamente creyeron sin comprender, aceptaron en fe oscura y ciega, pero cierta. Debió ser duro para su tierno corazón escuchar estas palabras de boca de su hijo. La fe se hizo martirio.

Estas palabras del joven Jesús en el contexto de la vida oculta dan a entender que esta fe, como justo que era, debió vivirla con María en muchas otras ocasiones de esta etapa de la vida de Jesús, en las que, sin duda,  no comprendía el modo de actuar y de responder de su hijo. Sí, realmente San José hizo una larga peregrinación de la fe. Y es esta una de las actitudes que más destaca de él el evangelio. San José, como era justo, era hombre de fe en Dios, vivía de la fe en su Padre Dios, del abandono en su providencia.

JOSÉ ARROBADO

La fe oscura produce, entre otras reacciones, admiración y embeleso ante realidades trascendentes y estupendas. El encuentro con realidades en las que, tras su inmediata percepción, se vislumbran maravillas, causa admiración y pasmo. Es la actitud que recoge de María San Juan de la Cruz, cuando escribe: La virgen estaba en pasmo de que tal trueque veía, el llanto del hombre en Dios y en el hombre la alegría. Uno se maravilla ante el misterio de una belleza singular que contempla, o ante el misterio de unas palabras que escucha. Es una mezcla de comprensión difusa y de fe. Por eso, el lenguaje ante lo que causa admiración y   asombro es el silencio o la exclamación. La admiración y el asombro , el maravillarse es una actitud y vivencia de espíritus nobles, limpios, sencillos, soñadores y verdaderos. Y ésta es la actitud y vivencia que de San José destaca en tres ocasiones el evangelio de Lucas.

La primera mención del asombro de San José es cuando  María acaba de dar a luz a su hijo en un pesebre, en Belén. Llegan los pastores y cuentan lo que les ha dicho el ángel del Señor sobre aquel Niño. Y José y María, sus padres, quedaron maravillados de lo que oían. Es curioso que el evangelista dice que todos los que lo oyeron se maravillaron, cuando allí no estaban más que el Niño, José y María. Sin duda, ese todos se refiere a las comunidades cristianas, representadas en José y María, como  vemos igualmente  en el relato de la pérdida del Niño en el templo.

La segunda es en la escena de la Presentación del Niño en el templo. Al tomarlo el anciano Simeón en sus brazos y vaticinar aquellas cosas admirables y singulares del mismo -una especie de buenaventura- “su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de él” (Lc 2,33), y guardan un silencio admirativo.

La tercera mención la encontramos en el relato de la pérdida del joven Jesús en el templo. Después de tres días de búsqueda, le encontraron sus padres en el templo sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles: Y todos los que le oían (José y María) quedaban estupefactos de la lucidez de sus respuestas y al verle quedaban maravillados (Lc 2,48), sorprendidos. El asombro de José y María simboliza el de todas las comunidades cristianas.

En su admiración y pasmo María conservaba y meditaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2,19.51). Y, sin duda, también San José su esposo. No olvidemos que el evangelista San Lucas da el protagonismo a la Virgen María en los relatos de la infancia de Jesús.

 

JOSÉ, EL SILENCIOSO

El silencio es el lenguaje del asombro y del embeleso. El hombre que se arroba ante un milagro de arte, que se emboba ante un panorama maravilloso, que se suspende ante el misterio de palabras inefables, calla, contempla, escucha. El silencio es propiedad del contemplativo y del que está muy centrado y ocupado en Dios. San José, por eso mismo, es un hombre silencioso, su música es callada.

Aparece en la sublimidad de su silencio especialmente, cuando se encuentra de improviso con su esposa embarazada. José mira, contempla, calla. Parecía lo más natural el haber ido a hablar con María y despejar el interrogante, pero prefiere callar. Quizás por ser lo más natural no era lo más sobrenatural y divino. Calla y rumia en su espíritu qué hacer ante aquella situación embarazosa, y espera.

 Evidencia la inmensidad de su silencio su actitud ante el ángel que le dice, de parte de Dios, que tome a María, su esposa, en su casa. María, ante una situación parecida, pregunta al ángel cómo puede ser lo que le anuncia, pues no conoce varón. José no, José calla, pero actúa. Es el suyo un silencio activo y eficaz.

El evangelio no nos conserva ni una sola palabra salida de la boca de José. Pasó por la vida entonando día a día  un canto sublime al silencio, y salió de este mundo, ajetreado y ruidoso, envuelto en un manto de espeso silencio, que en la historia de la Iglesia se extendió a lo largo de doce siglos. A partir de entonces, el Espíritu Santo le transformó en un pregonero, cuyas voces se escuchan por el mundo entero. San José, con su vida sencilla y normal, de un carpintero en su entorno de Nazaret y su grandeza singular de dentro, sus virtudes humildes, a la mano y excelsas al mismo tiempo, con sus privilegios y poder suplicante omnipotente no cesa de hablar. Es un predicador que no puede callar. Su silencio se ha convertido en pregón.

JOSÉ, EL CARPINTERO  

En la clase laboral de la sociedad del tiempo de Jesús existían varios oficios corrientes, como el de sastre, el de fabricantes de sandalias, el de maestro albañil, el de carnicero, el de curtidor de pieles, el de panadero, el de herrero, el de alfarero.

El tener un oficio era un signo de autonomía y de libertad de movimientos. San Pablo, que tenía el oficio de fabricante de tiendas, se gloría de trabajar con sus manos y poder así vivir con libertad y no depender de nadie. Tenia derecho a que la comunidad cristiana le alimentase, pero renuncia a ese derecho para no ser carga para la comunidad y para no comprometer la predicación del evangelio (1Cor 9,1-12). Así se lo recuerda a sus hijos de Tesalónica: Recordad nuestros sudores y fatigas; trabajando día y noche para no ser carga para nadie, proclamamos entre vosotros la buena noticia de Dios (1Tes 2,9).

San José, a juzgar por el relato de Mateo, cuando Jesús se presentó en Nazaret, realizando prodigios y predicando una sabiduría nueva, y las gentes maravilladas se preguntaban: )no es éste el hijo del carpintero? (Mt 13,55), pertenecía a la clase de los oficiales carpinteros. Y como tal pudo trabajar en la construcción del templo de Jerusalén llevada a cabo por Herodes, y que duró varios decenios (desde 10-20 a. de Cristo  hasta  61-62 d. de Cristo). Obra en la que trabajaron 18.000 trabajadores de distintos oficios según cómputo exagerado de Josefo.

San José fue un trabajador, se sometió a la ley del trabajo. Siguió el consejo del Eclesiástico: Hazte viejo en el trabajo… confía en el Señor y persevera en tu tarea (Ecli 11,20-21). Con su trabajo aseguró el mantenimiento de su familia. El trabajo manual era tarea de todos, era una dignificación, no era exclusivo de una clase social. El Rabí Hillel era leñador, el Rabí Yehudí panadero, Yohana zapatero, Pablo era experto en fabricación de tiendas, San José era carpintero y luego lo fue Jesús (Mc 6,3). Y “gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó al trabajo humano al misterio de la redención” (RC 22).

EL SERVICIO DE LA PATERNIDAD

En el corazón de José el Señor puso en grado excepcional los sentimientos paternales. Los sentimientos de padre no son fruto de unas relaciones biológicas de dos personas, sino un don y una gracia de Dios, y Dios da y agracia conforme al cometido que encomienda  a una persona;  “es necesario recordar que José tuvo hacia Jesús, por don especial del cielo,  todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre puede conocer. Con la potestad paternal sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José  el amor correspondiente” (RC 8). El evangelio recuerda algunos momentos de ese amor y solicitud paternales del santo Patriarca, aún antes de nacer el Niño.

EL CENSO

El relato del censo de Quirino, exclusivo del evangelio de Lucas, presenta problemas reales y serias dificultades con respecto a su autenticidad histórica; su existencia resulta, al menos, discutible. La finalidad de Lucas es clara: dar a entender que Jesús tenía que nacer en Belén y que es ciudadano de todo el mundo.

San Lucas da importancia a este hecho y resalta la obediencia de José a las órdenes emanadas de la autoridad civil romana competente. Es José, por ser de la estirpe y familia de David, quien sube desde Nazaret a Belén con María,  su esposa encinta, para llevar a cabo la importante y significativa tarea de inscribir oficialmente su nombre y el de su hijo Jesús, el hijo de José de Nazaret (Jn 1,45) y de María, su esposa, en el registro del Imperio. Allí quedaron inscritos sus nombres. Jesús, con José y María, son ciudadanos de este mundo, sujetos a las leyes e instituciones civiles. Jesús se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, también en el sometimiento a las leyes civiles y laicas   

EL NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN

Habiendo llegado José y María a Belén, le llegó la hora a María de dar a luz a su hijo; buscan acogida y posada entre sus familiares y amigos y no se la dan -vino a los suyos y los suyos no lo recibieron-, algo insólito, dada la proverbial hospitalidad de aquellos pueblos. Y, al no haber para ellos lugar en  la posada, encontraron  una cueva y allí alumbró María a Jesús, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre. José, con María, es testigo privilegiado del nacimiento de Jesús en este mundo, a quien acoge como hijo suyo, en una situación de suma pobreza y anonadamiento, a pesar de ser el Salvador del mundo, como le había revelado el ángel. En calidad de marido acompaña constante a María y en calidad de padre recibe al hijo nacido de su esposa, engendrado por el Espíritu Santo.

Asimismo es testigo de la adoración de los pastores y escucha maravillado, como María, lo que dicen de aquel Niño. San Lucas resalta la alegría que llevaron los pastores a la gruta, que expresan en tales términos que José y María se maravillan de lo que oyen. José estaba en pasmo de lo que sentía decir de aquel Niño, hijo suyo. Esta actitud admirativa, de pasmo de José ante las maravillas cantadas, forma parte de su personalidad. Un aspecto muy importante de su persona y de su sensibilidad. Como se maravillará luego de lo que oiga decir al viejo Simeón del Niño presentado en el templo. No se pasma uno de cosas y sentires baladíes y ordinarios, sino ante realidades y decires, en algún sentido, portentosos y llamativos, extraordinarios.

CIRCUNCISIÓN E IMPOSICIÓN DEL NOMBRE

A los ocho días del nacimiento, el niño era circuncidado. La circuncisión, sino exclusiva del pueblo de Israel, sí tenía una importancia esencial. Era la integración del nacido judío en el pueblo de la elección y en su religión. El no circuncidado no pertenecía al pueblo escogido (Gen 17,10-14).

El evangelio no da importancia al hecho de la circuncisión de Jesús; es notable que Mateo, el evangelista de las comunidades cristianas formadas de judíos convertidos, ni siquiera la mienta (cfr Mt 1,25). Lucas la menciona, pero como de pasada, poniendo todo el acento en la imposición del nombre (Lc 2,21). La Iglesia está ya viviendo la nueva religión, el nuevo Camino, en los que la circuncisión no cuenta para nada, se trata de una ceremonia ya totalmente superada. En la nueva religión lo que cuenta no es ni la circuncisión ni la no circuncisión, sino la nueva criatura, nacida del bautismo en justicia y santidad (1Cor 7,19; Gal 6,15). Jesús es el ideal de la nueva criatura (Gal 3,11). San José no aparece para nada en esta ceremonia de la circuncisión.

El evangelio pone el acento en la imposición del nombre, que sí que se lo impone San José, como dice San Mateo (Mt 1,25). San José, a los ocho días de nacido, impuso al niño el nombre de Jesús, tal como lo había indicado el ángel, porque salvaría a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21). La imposición del nombre es señal de potestad y dominio, como vemos en la escena del Génesis, donde Adán impone el nombre a todos los animales (Gen 2,19-20).

Con este gesto, el evangelio indica la potestad y autoridad de José sobre Jesús. San Lucas, a tono con la característica personajes son representativos. José es el salvador de su familia, como lo fue el José del antiguo Testamento de la suya, y la salva, llevándola al destierro, exiliándose, de donde la sacará el brazo poderoso de Dios. Jesús, desterrado y llamado de Egipto, es el comienzo y la realización del nuevo Israel, encarna al pueblo elegido. Los poderes enemigos en su persecución son incapaces de impedir la realización de los designios salvadores de Dios, designios que se realizan por los caminos corrientes y ordinarios de las mediaciones humanas, interviniendo especialmente el poder del Señor.

En el relato de la huida a Egipto el protagonismo lo tiene José -estamos en el evangelio de Mateo-. Es a él a quien se dirige el ángel, de parte de Dios, para comunicarle la orden de marchar a Egipto a fin de librar al Niño de la persecución de Herodes. A José se dirige, cuando, cumplido el tiempo del destierro, tienen que volver a Judea. Y es José el que actúa, tomando a la madre y al hijo. La iniciativa, bajo la inspiración y orden del Señor, la toma siempre José.

LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO

En este acto prescrito por la Ley (Ex 12,13-15; Num 18,15-16; Lev 12,2),  -Lucas junta dos leyes del Antiguo Testamento, la de la presentación del primogénito en el templo  y la de la purificación de la madre-, San José aparece bajo la denominación de “sus padres” junto con María, que es la que, una vez más, tiene el protagonismo. Cumplen así el mandato de presentar al primogénito, consagrándolo al Señor, y dando por él el rescate de los pobres, en memoria de que el pueblo de Israel fue rescatado de la esclavitud de Egipto. Lucas no habla de rescate, sino de un sacrificio de expiación que ofrecen los padres, un par de tórtolas o dos pichones (Lc 5,7-11).

Al entrar en el templo, el anciano Simeón, hombre justo y piadoso, tomó al Niño en sus brazos y dijo unas palabras proféticas y misteriosas. Su padre -sin nombrarle expresamente- y su madre estaban maravillados de lo se decía del Niño. El anciano los bendijo, y luego se dirige a María. Es de notar este protagonismo que da el evangelio a María, siendo mujer. El ejemplo de Cristo y su enseñanza a este respecto ha penetrado ya en las comunidades cristianas. Y María es realmente la protagonista. San José queda como en segundo plano. Es el santo silencioso.

LA HUIDA A EGIPTO

Estemos ante el relato de un hecho estrictamente histórico o se trate de un midrash, el contenido del relato es claro. Los personajes son representativos: José es el salvador de su familia, como lo fue el José del Antiguo Testamento de la suya, y la salva llevándola al desierto, exiliándose, de donde la sacará el brazo poderoso de Dios. Jesús, desterrado y llamado de Egipto, es el comienzo y la realización del nuevo Israel, encarnación del pueblo elegido. Los poderes enemigos en su persecución son incapaces de impedir la realización de los designios salvadores de Dios, designios que se realizan por los caminos corrientes y ordinarios de las mediaciones humanas, interviniendo especialmente el poder del Señor.

En el relato de la huida a Egipto el protagonismo lo tiene José  -estamos en el evangelio de Mateo-.  Es a él a quien se dirige el ángel, de parte de Dios, para comunicarle la orden de marchar a Egipto a fin de librar al Niño de la persecución de Herodes. A José  se dirige, cuando, cumplido el tiempo del destierro, tienen que volver a Judea. Y es José el que actúa, tomando a la Madre y al Hijo.. La iniciativa bajo la inspiración  y orden del Señor, la toma siempre José.

El evangelio por el modo de presentar la escena, destaca la obediencia ciega y pronta de José y de su madre y el hijo, ante una orden desconcertante, y, en apariencia, disparatada. José podía haber dicho al ángel, como comenta San Juan Crisóstomo: “Esto parece un enigma. Tú mismo me decías, no ha mucho, que él salvaría a su pueblo y ahora no es capaz de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y largo desplazamiento. Esto es contrario a tu promesa. Pero nada de esto dice José, porque es un hombre de fe… obedece, cree y aguanta todas las pruebas con alegría” (In Matheum, h. 8).

JOSÉ EN LA VIDA OCULTA DE NAZARET

El evangelio resume la prolongada vida oculta de Jesús en Nazaret en una frase que destaca la obediencia del hijo y la autoridad paterna de José y de María. Bajó con ellos y vino a Nazaret y les estaba sujeto, y la madre conservaba todo esto en su corazón. Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres (Lc 2,51-52; cfr Mt 2,22-23).

Significa que Jesús vive en una vida familiar normal en aquella sociedad, si bien con algunas características, fruto de la abundancia de gracia derramada en aquella familia, como es la importancia que cobra en ella la madre junto al padre. La Virgen María cuenta como mujer en aquella familia. El Padre no lo es todo. Aquella casa es la casa de la familia, no sólo del padre; se reparten los derechos. Por eso la educación y formación humano religiosa del hijo es obra de sus padres. En este sentido está transcendida la situación de cualquier familia judía.

San José, además de enseñarle la Ley y otros aspectos religiosos y culturales, le enseñó el oficio de carpintero, pues cuando Jesús apareció en la vida pública -se supone que José había muerto ya- le apodan, sin más, el carpintero, oficio que había heredado de su padre, el hijo de María (Mc 6,3). San José conocía la sentencia de los rabinos: El que no enseña a su hijo un oficio, hace de él un ladrón 

JESÚS PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO

En el relato de la pérdida y hallazgo del Niño Jesús en el templo lo primero que descuella, como en el de la Presentación del mismo, es que José y María cumplían con las leyes religiosas de su pueblo, entre las que destacaba la subida a Jerusalén para la celebración de la Pascua. Este año, como Jesús ha cumplida ya la edad prescrita para la obligación del cumplimiento de las fiestas -12 o 13 años-, acompañó a sus padres a Jerusalén desde Nazaret. Subían y volvían en caravanas, juntándose familiares y  conocidos para hacer la peregrinación.

En este relato de Lucas el protagonismo lo tiene la Virgen María. Es ella la que se dirige al Niño, cuando le encuentran en el templo en medio de los doctores, y le da la queja de por qué les dejó, sin decirles nada. José aparece asociado a María. Cuando le encuentran, al cabo de tres días, en el templo, sus padres quedaron sorprendidos -otra vez la sorpresa y pasmo de José- y su madre le dijo: )Hijo, por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando (Lc 2,48). Estas palabras de la Virgen María “indican en toda la realidad que la Encarnación pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que desde el principio aceptó. mediante  la obediencia de la fe su paternidad humana respecto de Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente, cada vez  más, el don inefable de su paternidad” (RC 21).

CONCLUSIÓN

Los datos del evangelio sobre San José forman lo que podemos llamar el depósito de fe josefina. José siempre en unión esencial con María y Jesús, y por ellos, forma parte del depósito de la fe y de la tradición apostólica dada a la Iglesia y trasmitida por ésta para que   la viva y  la asimile, y viviéndola y asimilándola, la vaya comprendiendo y desarrollando. No se trata de crear nuevas verdades, sino de desentrañar las virtualidades de la verdad josefina. Podemos decir, proporcionalmente, como dice San Juan de la Cruz de Jesucristo, que San José es una mina riquísima de la que siempre podemos arrancar riquezas a base de la fe, de la devoción, del estudio, de la experiencia mística. Pensemos en las riquezas que sacó de esa mina, que es San José, Santa Teresa de Jesús desde su experiencia mística josefina. Es lo que he hecho la Iglesia con San José a lo largo de su  vida e historia multisecular. Por eso, lo que dicen los evangelios sobre San José no puede caber en un librillo de fumar. Se necesitan muchos volúmenes, pues el conocimiento de su verdad se ha desarrollado prodigiosamente.