El encanto de una vida

Una vida siempre es un milagro, algo que nos desborda, por el misterio y la belleza que encierra. Pero hay algunas vidas en las que el Autor supremo, de manera llamativa, parece haber derrochado sus encantos, sus atributos de artista. Tal es el caso de Catalina de Siena, a quien el escritor Mandonnet consideró como «la mejor realización del ideal dominicano», y el papa Juan Pablo II, como «obra maestra de la gracia».

Catalina nace en Siena, Italia, el 25 de marzo de 1347. Gemela de Giovanna —que murió al poco tiempo de nacer— era la penúltima de los veinticinco hijos e hijas del matrimonio Jacobo Benincasa y Lapa Piacenti.

Su vida irrumpe en una ciudad llena de arte y colorido, en el populoso y alegre barrio de los tintoreros, Fontebranda. Y lo hace en un contexto sociológico y eclesial conflictivo. El mismo año en que nace Catalina irrumpe también la pavorosa peste negra (1347-1352) que sembró de muerte muchas poblaciones de Europa. Y a ese trágico acontecimiento hay que sumar otros, como la Guerra de los Cien Años, las luchas internas entre ciudades italianas y con el papa, el traslado de la corte pontificia a Aviñón (1305-1378) y el cisma de Occidente (1378-1417).

Sobre el encanto de Catalina en su infancia, su confesor habitual y primer biógrafo, el Beato Raimundo de Capua (-5 de octubre), escribió así: «Desde que fue destetada y anduvo por sus pies, era encanto de cuantos la veían, y su conversación era tan discreta, que su madre apenas podía tener a la niña en casa, pues sus vecinos y parientes la llevaban a la suya para oír sus pequeños razonamientos y gozar de su presencia» (Vida, 8).

Su padre, tintorero de pieles, era un hombre bondadoso, comprensivo y pacífico. Cultivaba la vida espiritual y el respeto a los demás, no consintiendo en su presencia ni la murmuración ni actitudes violentas. Políticamente, era miembro del partido popular. Su madre, por otra parte, era mujer trabajadora, enérgica y tenaz, y estuvo siempre muy cercana a Catalina por ser una de las «benjaminas,, de su numerosa prole. Algunos de esos atributos del padre y de la madre, por ejemplo, el cultivo de lo espiritual, el anhelo de paz y la tenacidad en las cosas que se proponían, fueron más tarde rasgos muy significativos de Catalina.

VOLVIENDO A CASA UNA TARDE

Una tarde, volviendo a su casa, acompañada de su hermano Esteban, la niña Catalina tiene una visión que la va a marcar para el resto de su vida. Al pasar por delante de la iglesia de Santo Domingo, ve, en el horizonte, un grupo de figuras luminosas. Sin salir de su asombro, fija la mirada en ellas y logra identificar a los personajes: en el centro, Cristo vestido de pontífice, y, a ambos lados, los apóstoles Pedro, Pablo y Juan. En el transcurrir del tiempo, esta visión acompañará a Catalina en su amor apasionado a la Iglesia y en concebirla como una institución apostólica.

Por estas fechas, Catalina sólo cuenta seis años. Pero esa visión, llena de simbolismo, la irá conduciendo, poco a poco, a vivir y a sentir profundamente el misterio del Cuerpo Místico de Cristo. Misterio de fe, de amor y de santidad. Por de pronto, siendo todavía niña, Catalina hace voto de virginidad y se consagra totalmente al Señor. Está enamorada de Cristo y se siente muy motivada por la salvación de los hombres y de las mujeres. Estado de ánimo que le incita a buscar, por una parte, la soledad de la oración, del coloquio con aquél al que ama y de las plegarias por los pecadores; y, por otra, ingeniosas maneras de servir a los pobres.

En ese clima espiritual y de caridad es donde brota su deseo de ingreso en la Orden de la Penitencia de Santo Domingo, al mismo tiempo que, con creciente amor, va asumiendo la cotidianidad de la vida y el servicio a los demás, concibiendo ideales de entrega total de sí misma. Quiere transformarse día a día, y ese proceso de transformación personal se irradia a la familia, a la sociedad, a la Iglesia, con fuerza renovadora.

 

«PIENSA EN MÍ… YO PENSARÉ EN TI»

A los doce años, Catalina es una hermosa joven, con excelentes atributos físicos y espirituales. Gozaba, dice el Beato Raimundo y confirman otros biógrafos, de «un temperamento animoso y alegre; inspiraba natural simpatía, gracias, sobre todo, a su constante y grata sonrisa, (y era) recordada por cuantos la trataron» (Vida, 328).

A esa edad, sus padres sueñan con un buen partido para ella. Como tiene encantos suficientes para enamorar a cualquier joven, la persuaden a que abandone su reclusión de la casa y a que disfrute de una vida social alegre, igual que lo hacen las jóvenes de su edad. Su hermana mayor, Buenaventura, refuerza esa idea de los padres, y Catalina accede. Ella, para resaltar aún más su belleza, se tiñe el pelo, se viste con las galas que su hermana le proporciona y comienza a alternar. Pero en el mes de agosto de 1362, Buenaventura muere de parto, y Catalina ve en esta desgracia una llamada a transitar por otros caminos diferentes.

Pero ¿cómo hacerlo? Se le ocurre realizar un gesto simbólico, que contraría el proyecto de sus padres sobre ella: se corta el pelo al rape. ¡Locura!, dicen. Y como no pueden comprenderlo, tratan de persuadir a la joven con estrategias nuevas; pero en vano.

Así van transcurriendo en Catalina años de intensa vida interior, dedicando mucho tiempo a la oración y al trato íntimo con el Señor. En esos espacios de gratuidad espiritual y amorosa es donde Catalina, en algunas ocasiones, se siente estremecida por la voz del Padre que le dice: «Catalina, piensa en mí; si lo haces, yo pensaré en ti» (Vida, 64-65). Es éste un reclamo tan fuerte, una presencia tan viva, que centra a Catalina en un horizonte infinito de amor al Absoluto. Se siente invadida por la presencia del Ser amado, hasta tal punto que, hablando con su confesor, le dice que «muchas veces rezaba Nuestro Señor los salmos con ella, paseándose ambos por la habitación, como dos religiosos que rezan su oficio divino».

Mientras todo eso acontece, Catalina, atraída fuertemente por la espiritualidad dominicana —contemplativa y apostólica—, encuentra su camino y logra ser admitida entre las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, cosa que no le fue fácil alcanzar, por su corta edad, pues estamos hablando de una joven de dieciséis años. Ahora quiere consagrarse más intensamente a Dios, pero no como religiosa, sino como laica, «mantellatau, nombre que reciben las mujeres que visten el manto negro sobre el hábito dominicano. Su lema será: fraternidad de oración, ayuda mutua, penitencia y proyección apostólica.

Esta etapa de la vida oculta de Catalina, entrelazada de visiones y tentaciones, culmina con algunas experiencias espirituales que sellarán, para siempre, su propio ser y hacer. Momento excepcional fue aquel en que, cumplidos los 23 años, corriendo el 1370, pidió amorosamente a Cristo que le cambiara el corazón. Tanta era su búsqueda de identificación con Jesús. Y Jesús, que es magnánimo, le otorgó ese don de cambio de corazones, rasgo espiritual que tendrá suma trascendencia en varios acontecimientos sociales y eclesiales, también en el seno de la Orden de Predicadores.

Fue también en ese mismo año de plenitud, 1370, en la víspera de la fiesta de Santo Domingo, cuando Catalina dijo a fray Bartolomé Dominici, según refiere Carlos J. Pinto de Oliveira: Padre, ¿no está viendo a Santo Domingo? Yo lo estoy viendo, como estoy viendo al Señor. Se parece a Jesús. Su rostro ovalado es grande y delicado». Y añadió: Él fundó la orden (dominicana) para librar a los hombres de la esclavitud del error y del pecado, para conducirlos a la verdad y a la práctica de una vida divinamente cristiana» (Santas Doctoras, 3).

En esta misma etapa, finalmente, Catalina experimentó una «muerte mística», en la que contempló la felicidad del cielo y el sufrimiento del infierno. No es extraño que tal visión suscitara en Catalina el recuerdo de aquel grito de Domingo: ¿Qué será de los pobres pecadores? Es el momento en que la joven, superadas múltiples adversidades, se dispone a abrazarse con el amor al Señor y la búsqueda de conversión de sus criaturas.

 

GRITOS QUE LLAMAN A LA ACCIÓN

Catalina vive en su «celda interior. Pero su vocación no es de clausura o cierre a los gritos de la humanidad doliente que golpean puertas y ventanas. Son los gritos de los pobres, enfermos, nuevos Cristos sufrientes. No los puede resistir. El «amor de Cristo apremia». Agitada por el Espíritu, sin poner trabas al Amor que la convoca a la acción, Catalina se pone en camino con diligencia y solicitud. Ha llegado el momento de salir a la calle y de ocuparse de los enfermos, de aquellos que, por sus enfermedades contagiosas, nadie quiere atender; de aquellos que sufren continuada soledad.

La irrupción de Catalina en ese mundo produce sorpresa, por su celo de amor e intensa dedicación. Observándola en la acción, muchos pecadores recapacitan y se convierten. La fuerza de su palabra cautiva. La que habla ¿no es una mujer de escasa cultura e instrucción? Habla con tal «sabiduría» y «fuego de amor» que los habitantes de Siena se sienten interpelados por ella, y su fama se propaga por la ciudad. Ha comenzado su vida pública, su excepcional apostolado, que se prolongará hasta la muerte.

El pueblo comienza a descubrir en Catalina una maestra espiritual con gran energía transformadora, y su fuerza de atracción es tanta que pronto se va congregando en torno a ella un grupo de personas que comparte sus inquietudes, su pasión apostólica y de caridad. Así surge la familia espiritual cataliniana, con el nombre de «caterinati», que es formada por frailes dominicos, mantellatas, nobles y gente del pueblo. Ellos, además de seguir sus enseñanzas, la acompañan en su vida itinerante, como ,santa brigada».

Cuanto más avanza Catalina en la vida del espíritu, tanto más se compromete con el mundo, siendo fiel a la voz de Jesús que le dice: Catalina, «tu pequeña habitación ya no será tu morada. Para la salvación de las almas debes dejar incluso tu ciudad. Voy a conducirte delante de los papas, de los obispos y de los gobernantes del pueblo cristiano para que, por medio de los débiles, como corresponde a mi estilo, humille la soberbia de los poderosos» (Santas Doctoras, 38).

Catalina, identificada con los sentimientos de Cristo Jesús, se convierte en una predicadora itinerante que tiene por púlpito la calle. Sin esperar a la gente en la iglesia de Santo Domingo, tan querida para ella, se hace presente allí donde hay sufrimiento, donde el pecado sienta cátedra. Tiene muy claro que es un ser-para-los-demás, un instrumento del Señor, al servicio del Reino. Como Domingo de Guzmán, si el día es para los hombres, para Dios será la noche. Si en el día siente a Dios en los «otros Cristos», en la noche llevará a éstos a su encuentro con el Señor. Ora y actúa, ama y sirve. Todo junto.

 

AUDACIA FEMENINA

El año 1372, impulsada Catalina por el anhelo de una historia diferente, incursiona en el escenario político y eclesial. Tiene sólo veinticinco años. Es audaz en el hablar, y al actuar despierta sospechas. No era habitual en el siglo XIV que una mujer se dirigiera a políticos y eclesiásticos urgiéndoles cambiar de actitudes. Lo suyo realmente era una osadía. Pero lo hace con humildad y con profundo amor, y se atreve a hacerlo, a pesar de su juventud, escasa preparación y ser mujer. Es la fuerza del Espíritu, presente en ella, la que hace posible esa audacia femenina.

En 1374, Catalina es convocada por la Orden de Predicadores a su capítulo general de Florencia, y allí se le asigna a fray Raimundo de Capua como su director espiritual. Ella lo recibe como un don «de la dulce Madre, María». Con el tiempo, más que director y dirigida, ambos serán compañeros de camino, pues entre ellos se da gran reciprocidad y complementariedad de dones. Raimundo de Capua se asociará incluso a la comunidad itinerante de Catalina que, poco a poco, dará origen a un nuevo estilo de fraternidad. La orden reconocerá y apoyará a esta comunidad, a pesar de que no falten contradictores.

Por este tiempo, Catalina se multiplica en la acción: es sembradora de paz entre familias de Siena que viven enfrentadas; toma parte en los grandes conflictos que sacuden a las ciudades italianas, y emprende un largo itinerario por Pisa, Luca, Isla Gorgona, Florencia y Génova…, llamando a la conversión, caridad, paz, cruzada; vive la tensión entre los Estados pontificios y los Estados italianos, y le duele la consiguiente divisón interna, con rebeldía contra el papado. Así lo acreditan las cartas que va redactando día a día con mensajes a responsables eclesiásticos y civiles.

Mas eso no pareció suficiente: las ciudades italianas se quejaban de la interminable ausencia del papa; el desprestigio de la Iglesia iba en aumento; y sobre la ciudad de Florencia había recaído el entredicho pontificio, por su rebeldía. Informada Catalina, en 1376 se dirige a Aviñón, como embajadora de los florentinos, para hablar con Gregorio XI. Es su misión política más importante. ¿De qué hablaron Catalina y Gregorio XI? Hablaron, sobre todo, de la paz entre el papa y Florencia, misión para la que había sido enviada. Pero la conversación no se quedó ahí. Catalina instó al pontífice a que reformara la Iglesia, regresara con urgencia a Roma, y promoviera la cruzada a Tierra Santa. Son ideas y persuasiones que Catalina lleva muy dentro, como acredita su carta 185, escrita al pontífice en ese mismo año:

«Seguid adelante y llevad a cabo con verdadera y santa solicitud lo que con santo propósito habéis iniciado, o sea, vuestra venida y la santa expedición. No tardéis más, pues por vuestra demora han venido muchos inconvenientes…

Levantad el estandarte de la cruz, porque con su fragancia adquiriréis la paz…, animaos, animaos y venid. Venid a consolar a los pobres servidores de Dios e hijos vuestros».

A Catalina le afecta muy mucho que el papa y los gobernantes cristianos, en vez de luchar contra los enemigos de la fe en Cristo, luchen entre sí. No entiende por qué los hombres, máxime los cristianos, quieren vivir en un escenario permanente de guerra. Lo que el hombre necesita es justicia, amor y paz.

Persiguiendo esos nobles objetivos, Catalina, que ha descubierto en el papa buena disposición para la reforma y el retorno a Roma, pero, al mismo tiempo, falta de voluntad y decisión, permanece en Aviñón, conectando desde allí con Italia por medio de sus numerosas cartas. No quiere salir de Aviñón hasta que Gregorio XI emprenda el camino hacia Roma. Este propósito se cumple el día 13 de septiembre de 1376, fecha en que el pontífice, sobreponiéndose a todas las dificultades, sale de Aviñón hacia Marsella.

En Marsella recibe noticias de la rebeldía de Roma y de la guerra con los florentinos, pero, aunque con gran sufrimiento, embarca en la galera Ancona, que pilotaba Fernando Juan de Heredia, camino de Génova. Allí, al saber que Catalina se encontraba en el palacio Scotti, Gregorio XI va personalmente en su busca y le abre su corazón, exponiendo las preocupaciones y dudas que le asaltan. Catalina, en tono cálido y con palabras penetrantes, le anima a que, con decisión y serenidad, prosiga su camino hacia Roma. Y, por fin, tras varias escalas, el papa desembarca en el puerto de Ostia el día 16 de enero de 1377, dirigiéndose luego a la Ciudad Eterna que le recibe triunfalmente. Un objetivo fundamental para el buen gobierno de la Iglesia está logrado.

Ahora hay que emprender nuevas empresas por la paz. A finales de enero de 1377, Catalina escribe al papa una preciosa carta (n. 285), motivándole a que reciba a los embajadores de Siena con el fin de establecer la paz. Comienza así:

En el nombre de Cristo crucificado y de la dulce María:
Santísimo y reverendísimo padre, Catalina, indigna hija vuestra, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa sangre con el deseo de veros recibir verdaderamente la paz por la vuelta al yugo de la obediencia, de modo que podáis vivir con quietud y sosiego en el alma y en el cuerpo, y Dios, por su inestimable bondad e infinita caridad, me otorgue la gracia de ver el modo que determináis para poner en paz al alma con Dios en la guerra en que por culpa suya se hallan (los florentinos) contra la inefable bondad de Dios y contra vuestra Santidad. No dudo que, haciendo esta paz, quedará tranquila toda Italia y unos con otros. ¡Qué feliz será mi alma si veo que, por medio de vuestra Santidad y benignidad, se hallan todos unidos y ligados unos a otros! Sabed, Padre santo, que Dios no se unió con el hombre de otro modo que con lazos de amor…»

La carta prosigue en una tónica que invita a la comunión, a dar pasos a favor de la paz y a considerar la misericordia infinita de Dios. Piensa y escribe Catalina que las armas del amor son las que hacen verdaderas conquistas.

Para encarecer ese amor, las muchísimas cartas, que dirige Catalina a personas de diverso ámbito social y eclesiástico, son como fuego, y nos indican cuál fue el espacio relacional, vasto y rico, en que se movió. Recordemos quiénes son destinatarios de las 381 cartas suyas que se conservan: 23 van dirigidas a papas, 19 a cardenales, obispos y prelados, 13 a reyes y reinas, 6 a jefes militares, 38 a gobernantes, 29 a señoras de la aristocracia, 15 a artistas, 12 a abogados y médicos, 16 a miembros de su familia, 32 a discípulos, 16 a miembros de la Orden de Penitencia de Santo Domingo, 17 a monjas, 81 a monjes, frailes y ermitaños, 9 a sacerdotes, 11 a miembros de asociaciones laicas, 23 a comerciantes y artesanos, 20 a destinatarios diversos.

¿Cómo es posible que una mujer de su tiempo, siglo XIV, con escasa formación, sea capaz de mantener un abanico de relaciones tan amplio? Una audacia femenina tan singular es un regalo de la gracia, pero contando con su fidelidad y con la riqueza de atributos que la honran. Así es como Catalina sueña con una sociedad unida donde florezcan la justicia y la paz, y con una Iglesia testimonial cuyos pastores sean modelos del rebaño. Y a estas causas dedica, con intensidad, movida por el Espíritu, los años de su corta, pero fecunda, vida.

 

«LÁVALE LA CARA»

Estamos en el año 1378. Catalina cuenta 31 años. En Roma, el papa Gregorio XI busca un buen embajador ante la ciudad de Florencia, y la envía a ella en nueva misión de paz. Como Jesús, en la mañana de su resurrección, envió a las mujeres con un mensaje de paz y alegría, así la cabeza visible de Cristo en la tierra envía a Catalina como mensajera de la buena nueva. Con el concurso de Raimundo de Capua, prior del convento de la Minerva, en Roma, la gestión llega a feliz término, consiguiéndose la paz y reconciliación entre el papa y los florentinos.

Hermoso trabajo el de ser mensajera de paz. Pero la paz supone lucha por la justicia, compromisos nada fáciles. Algunos ciudadanos, al ver a Catalina inmersa en ese mundo de la política, no la libran de sus criticas aceradas, pues sospechan de ella como si fuera una tejedora de intrigas. Por eso, en algunas cartas, como la número 123, alza la voz para decir verdad: Ni yo ni los que están conmigo queremos otras alianzas que vencer al demonio y quitarle el dominio que ha adquirido sobre los hombres por el pecado mortal, arrancar del corazón del hombre el odio y ponerlo en paz con Cristo crucificado y con el prójimo».

Como se va viendo, Catalina es una mujer con espiritualidad de ojos y oídos abiertos. No pasa por su momento histórico con indiferencia. Se siente llamada por el Señor a construir y a transformar. Y, ya se sabe, cuando en la vida se ama con la fuerza con que ella amó, el sufrimiento es proporcional. Ella amó a la Iglesia con un amor que raya en la desmesura, si así se puede decir, y lógicamente sufrió también por ella y con ella; y en vez de criticarla se sintió llamada por Jesús a purificarla, a lavar su rostro. Veamos cómo se lo comunicaba en la carta 272, a Raimundo de Capua:

“… Entonces Dios, dejándose apremiar por las lágrimas y atar con el lazo del deseo, decía: “Hija mía dulcísima: considera lo manchada que se halla la cara (de la Iglesia) por la inmundicia y amor propio, y lo inflada que se encuentra por la soberbia y avaricia de los que se alimentan a sus pechos. Deja tus lágrimas y tu sudor y sácalos de la fuente de la divina caridad (Cristo) y lávale la cara. Te aseguro que no le será devuelta su belleza con el cuchillo o la crueldad de la guerra, sino con la paz y las continuadas oraciones, sudores y lágrimas vertidos con el anhelante deseo de mis servidores”…».

El amor apasionado de Catalina por la Iglesia, la lleva a denunciar la corrupción que hay en ella, y a promover una vida apostólica y evangélica. Una vida de santidad hecha visible, en primer lugar, en ella misma.

En la noche del veintisiete al veintiocho de marzo de 1378, fallece el papa Gregorio XI. Catalina se encuentra en ese momento en Florencia. Ora por él, y presiente que con esta muerte comienza una nueva y dolorosa historia para la Iglesia. También para su corazón.

El día ocho de abril, los cardenales eligen como pontífice al arzobispo de Bari, Bartolomé Prignano, que toma el nombre de Urbano VI. Hombre de carácter fuerte, no era del agrado de un grupo de cardenales; y éstos, poco a poco, van fraguando la elección de un antipapa. Lo encuentran en el cardenal Roberto de Ginebra, que toma el nombre de Clemente VII. Elección que supondrá para Catalina una gran cruz. Para ella el verdadero y único papa es Urbano VI, al que trata de sostener con sus palabras y oraciones. Y lo hace manteniendo activo su radio de acción en diferentes instancias sociales y eclesiales. Se diría, incluso, que ese radio se amplía, pues Catalina accede a gentes de Iglesia, políticos, artistas, enfermos, condenados a muerte… Un ejemplo es Nicolás de Tuldo, un condenado a muerte, del que vamos a hablar.

 

PERMANECE CONMIGO

La conversión de Nicolás de Tulco fue un acontecimiento sorprendente entre los mismos discípulos de Catalina, el año 1378. Había sido condenado a muerte en Siena y Catalina vino en su auxilio. No tenía poder para librarlo de la pena impuesta por la justicia, pero sí la tenía para librarlo de la desesperación. También para él puede haber, se decía, «un cielo nuevo y una tierra nueva» si renace a la fe. Se acercó, pues, a la cárcel y dio un abrazo a Tulco. Era el comienzo de un camino. Luego, poco a poco, le fue llevando de la mano y transmitiendo serenidad, fortaleza, esperanza en una vida plenificante en Cristo Jesús; así, hasta devolverlo, arrepentido, al encuentro con el Señor.

Esa cálida experiencia de conversión se la cuenta Catalina a fray Raimundo de Capua en la carta 273, con fragmentos como éstos: Fui a visitar a quien sabéis y me recibió con tal ánimo y consuelo que se confesó y preparó muy bien. Me hizo prometer, por el amor de Dios, que, cuando llegase el momento de la justicia, fuese yo con él. Después, a la mañana siguiente, antes de la campana (de alba) fui a él y recibió gran consuelo. Lo llevé a oír misa y recibió la sagrada comunión, que nunca había recibido. Aquella voluntad estaba de acuerdo y sumisa a la de Dios y sólo le había quedado el temor de no ser fuerte en aquel momento. Pero la inconmensurable y ardiente bondad de Dios hizo que él se equivocara, creando en él tal afecto y amor en el deseo de Dios y de mí, que no sabía estar sino diciendo: `Permanece conmigo y no me abandones”».

Esos gestos de Catalina son admirables. Transparentan amor y transmiten amor; comunican certezas y contagian esperanzas, por ejemplo, cuando dice a Nicolás de Tulco: Ánimo, dulce hermano mío, porque pronto llegaremos a las bodas. Tú irás bañado en la dulce sangre del Hijo de Dios, el dulce nombre de Jesús que no quiero que se te borre nunca de la memoria. Te espero en el patíbulo…»

Espléndida imagen. Catalina, como las mujeres en el Calvario, acompaña a Nicolás hasta ver su alma en paz. Si la sangre del joven salpica su hábito blanco, no importa; evoca la sangre redentora derramada por Cristo. Una visión celestial invade el alma de Catalina.

 

EL LIBRO DEL DIÁLOGO: SÚPLICAS DEL CORAZÓN

Mujer, santa y doctora. Catalina es la gran obra del Espíritu. Si, como las mujeres de su tiempo, tuvo escaso acceso a la escuela y ninguno a la universidad, y no acudió a cátedras de ciencias y humanidades, otras cátedras hubo a las que se acercó con avidez: la cátedra de la cruz y la cátedra del saber y amor divino, en las que se aprende la más alta sabiduría, dedicando largas horas a la contemplación y al servicio. Ahí es donde Catalina se graduó de teóloga y maestra. Vehículo de ese noble aprendizaje fue la Palabra de Dios escuchada, rumiada, en la iglesia de Santo Domingo de Siena, cercana a su casa nativa. A la escucha de la Palabra y en la celebración de los misterios, en ese templo-cátedra, fue donde Catalina se empapó inicialmente de una seria espiritualidad cristiana y dominicana que iría perfeccionando en la itinerancia y boda apostólica.

Como expresión de esa teología y vida hemos de leer y entender su libro Diálogo, páginas que ponen de manifiesto la intensidad de su apertura a la Palabra, su odio al pecado, su vivencia intensa del amor a Cristo y su expansión mística-apostólica. Se trata de un libro que, dictado a sus amanuenses, se convirtió en luz teológica para la mente y en camino abierto para alcanzar la purificación espiritual y acceder al misterio de la vida en Cristo, que es puente y fuente de salvación.

Hilo conductor del Diálogo es la misericordia divina que se expande por todas partes; y método de exposición es la comunicación dialogada del alma, Catalina, que pide al Padre claridad en la verdad y fuego en el amor, y que espera de él,

fuente de misericordia, respuesta a sus demandas, para conducirse en fidelidad hacia la cumbre de la santidad.

LA CÁTEDRA DE LA CRUZ

El amor divino arrastra a Catalina. Lo vive. Unas veces lo hace en la soledad de «la celda interior»; otras, en el escenario del mundo: en la diplomacia, embajadas, mensajerías de la divina voluntad; siempre, inspirándose en el libro de la caridad. Por eso, entre los temas recurrentes de la espiritualidad de Catalina, sobre todo cuando se expresa en forma oracional, se repite esta imploración: ya que los hombres hemos sido creados como árboles libres, con ramas de potencias espirituales (memoria, entendimiento y voluntad), seamos árboles de vida, por el amor, no árboles de muerte, por el pecado.

Para enseñarnos y ayudarnos a hacerlo, dice Catalina, Cristo-Amor se injertó en el árbol de nuestra naturaleza: siendo Verbo de Dios, se fundió con la condición humana, y, por amor, con su vida vivificó nuestro árbol de muerte. ¡Oh Amor, que sales a nuestro camino y lo conviertes todo en «árbol de vida»! Tú, haciéndote hombre, haces que el ser humano se injerte, a su vez, en Dios.

«Tú, alta y eterna Trinidad, como ebrio y loco de amor por tu criatura, viendo que el hombre no podía sino dar frutos de muerte, por hallarse separado de ti, que eres Vida, le diste el remedio con el mismo amor con que lo habías creado, injertando tu divinidad en el árbol muerto de nuestra humanidad. ¡Oh dulce y suave injerto!

Tú, suma dulzura, te has dignado unirte a nuestra amargura; Tú, esplendor, te has dignado unirte con las tinieblas; Tú, sabiduría, con la necedad; Tú, vida, con la muerte… Por este injerto desaparece la muerte» (Sol. 10).

Ése fue el primer injerto: hacerse hombre el Hijo de Dios. ¡Maravilloso consorcio de lo divino y lo humano! Pero Catalina prosigue en su meditación teologal buscando un segundo: el injerto del cuerpo de Cristo en el árbol de la santísima cruz. Es que Catalina, al contemplar el madero santo, experimenta la mayor intensidad de amor que jamás haya existido, y descubre en él la mayor fuente de sabiduría. En efecto, Cristo-Árbol-Cruz es la cátedra en que aprende la lección de cómo Cristo nos reconcilia con el Padre y de cómo nos señala el camino a seguir en pos de él: camino de sufrimiento y amor. Él ha subido a la cátedra de la cruz y nos ha enseñado la doctrina…, cuando, al escribirla en su cuerpo hizo de sí mismo un libro con letras gruesas de sangre» (Orac. 18).

A los pies del Maestro, ante tan singular cátedra, Catalina escucha, ama, llora y se recrea; vive una profunda experiencia en la que le resuenan todas la palabras y doctrinas del Padre a la hija:

Yo soy el que soy; tú eres la que no eres. «El que es’ se ocupa de ti «que no eres» y envía a su Hijo para que se entregue hasta la muerte en cruz.

Cuida tu celda interior. Porque ése es el ámbito en el que se desciende a la profundidad de vuestro pobre ser, y donde se experimentan las propias limitaciones, dando cabida a la acción misericordiosa de Dios.

Escribe y habla en la Sangre. Mira que Cristo crucificado es la mejor expresión del amor de Dios a la humanidad. Mira que desde este Dios que asume el sufrimiento humano, cobra sentido toda vuestra existencia, colmada, frecuentemente, de trabajos y sufrimientos.

Ama a la Iglesia. Es cuerpo místico, es misterio de la fuerza salvadora de Dios y fuente de santidad. Mira que es urgida a la conversión, comenzando por sus ministros…

 

EN TUS MANOS…

Está avanzado en su carrera el año 1379. Catalina sufre de amor, al ver a la Iglesia dividida. El día 28 de noviembre, invitada por el papa Urbano VI, abandona Siena y emprende el camino de Roma. Allí se convierte en la «consejera carismática del papa, al que anima, inspira y da fortaleza. Predica también a los miembros del colegio cardenalicio que se mantienen fieles a Urbano VI, y reúne a una numerosa comunidad cristiana, con el fin de lograr la adhesión de los Estados italianos y de las potencias extranjeras a la obediencia de Urbano VI. Sus poderosas armas son la oración y la penitencia.

Parecería que la misma pasión por la Iglesia, que hasta ahora le había estimulado a vivir, le lleva ahora a morir. Cuando cada día emprende el camino que la conduce de la calle del Papa (hoy de Santa Clara) a la basílica de San Pedro, Catalina hace una peregrinación simbólica hacia el papa, representante del «dulce Cristo en la tierra», hacia la unidad y la paz. Por la Iglesia da cuanto es y tiene.

El día 29 de abril de 1380, después de ofrecer una vez más su vida por el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, Catalina fallece. En sus labios tenía estas palabras de amor y confianza: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Fue canonizada por el papa Pío II, el día 29 de junio de 1461. Posteriormente, Pío IX (-7 de febrero) la declaró Copatrona de Italia. Pío XII (– 9 de octubre), la declaró Patrona primera de Italia, el 15 de mayo de 1940. Pablo VI (-6 de agosto), la proclamó Doctora de la Iglesia, el 4 de octubre de 1970. Y Juan Pablo II, Copatrona de Europa. Sus restos se veneran en un hermoso sepulcro bajo el altar mayor de la basílica dominicana de Santa María sopra Minerva en Roma.

MARÍA TERESA SANCHO, O.P.

Superiora general de las Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia