Catalina, ayer y hoy

Catalina, ayer y hoy

Todos en esta gran familia predicaron al único Maestro y Señor, pero cada uno lo hizo desde sí mismo, plasmando su mundo interno en un entramado personal, de manera que -como dice Catalina, Diálogo C.158- “la nuestra es una familia ancha, llena de gozo y perfumada: toda ella en sí misma, un jardín de delicias”.

Alejandra Marabotto, O.P.  


Introducción

1. Semblanza ¿Quién fue Catalina?

  • Datos biográficos, personalidad femenina, perfil espiritual y dimensión apostólico-dominicana de su vida.
  • Obra literaria.

2. Novedad profético-evangélica: Jesucristo centro de su actividad y de su vida

  • El amor mueve al mundo. La “tiranía” de la gracia. “Cristo-actividad”.

3. Mujer

  • Entonces más que ahora: Mamma. Una mujer con peso específico: la mujer en la Iglesia de hoy. Mujer de alta tensión.
  • La Iglesia. Pasión por la Iglesia, pasión por los hombres. reformadora firme y tenaz. Heridas de la Iglesia: Sangre por Sangre.

Apéndice: Tercer Milenio

  • Domingo y Catalina en el 2001. Los dominicos: hombres y mujeres de alta tensión.

 

Introducción                   

Catalina de Siena, es llamada, no sin razón la Madre de la Orden de Predicadores. Es, tal vez este el motivo por el que las distintas ramas de la Orden, a lo largo de nuestra historia nos la hemos ido apropiando como un patrimonio exclusivo de cada uno: monjas, frailes, dominicos seglares, etc.

Este natural cariño a Catalina, y el reconocimiento de su figura, no siempre, ha ido acompañado de un conocimiento profundo de su vida y sus escritos, sino más bien de una tradición “popular”, heredada de la tradición de los distintos conventos, monasterios y asociaciones que la han tenido o tienen como titular. El reconocimiento oficial de la Iglesia, como “Doctora de la Iglesia”, el 4 de octubre de 1970 avivó el deseo de conocerla y de dar a conocer su obra. Hay que reconocer, que es de este siglo[1] el renacer de un movimiento Cateriniano tendente a re-crear el entorno de la “dulcísima mamma”, que a semejanza de sus primeros discípulos saquen de su fuego un ardor de renovación cristiana. Es eso, lo que, en parte, nos proponemos: tomar conciencia de nuestra tradición mística y espirirtual -con fundamento-, y avivar en nuestras vidas el valor de lo esencial, que es, en definitiva, lo que pretendemos transmitir en nuestra predicación y vida.

Felizmente, desde hace algunos años, está tomando fuerza entre los dominicos y dominicas la idea de Familia Dominicana. Estamos volviendo a las más genuinas fuentes que nos hicieron. Esto, puede darnos una pista para redescubrir, que ella es un patrimonio de familia, y que en la Familia de Domingo, como en toda familia, la figura de la madre es clave ya que constituye un punto de referencia constante y un lugar de encuentro para los hijos. Por eso, Catalina, es de todos, como Domingo es de todos. Podemos decir que ellos encarnan la figura paterna y materna de nuestra Familia Predicadora, y que son el espejo que refleja con claridad la imagen de lo que ellos concibieron a la hora de poner las bases y de vivir con un estilo nuevo el Evangelio; son además la plasmación histórica de lo que nosotros queremos vivir, en nuestra vida presente, en nuestra hora actual, según nuestras propias características y según las exigencias de nuestro tiempo. La ausencia de uno de ellos, haría que la comunidad familiar se viera truncada, incompleta, mutilada, y por tanto privada de una gran riqueza, de la plenitud de su desarrollo y su peculiaridad profética, histórica, eterna.

Es un hecho unánimemente aceptado hoy, que el hombre y la mujer están hechos para complementarse mutuamente, de tal modo que ambos se necesitan para vivir la vida con toda su riqueza, para explotar al máximo sus cualidades y capacidades, para ponerlas al servicio de los hermanos y del Reino, y para hacer nuestra existencia más agradable, atractiva y apetecible de ser vivida con ilusión. Por eso, volvemos hoy nuestros ojos a Catalina: porque su imagen de mujer cabal, junto a la imagen de Domingo, hombre también cabal, nos darán una visión masculina y femenina de nuestra particular vocación. Así, tal vez, podamos comprender un poco más la urgencia de plantear nuestra vida, nuestro apostolado y nuestro ser en relación a Dios, viviendo la ayuda semejante, adecuada y recíproca a la que ellos, desde la historia y su presencia entre nosotros nos llaman.

Domingo que comenzó con las monjas, y que tuvo con ellas detalles exquisitos de padre,   antes de lanzarse a la aventura de fundar la Orden con los hermanos; y Catalina que bebió de la sabiduría que sació la sed de Domingo y que lo lanzó, rompiendo baremos, formó y acompañó a aquellos hombres y mujeres deseosos de vivir el Evangelio en toda su frescura y   creó una “escuela de discípulos”, nos iluminan en nuestra común tarea en la que estamos llamados a caminar juntos, bajo el peligro, si no lo hacemos, de desvirtuar la riqueza de nuestra vocación, endureciéndonos en nuestros propios criterios e incapacitándonos para sacar adelante un proyecto para el que nacimos juntos; una tarea que es de todos, porque el gran desafío es vivir : Juntos en misión.

Algo de esto es lo que vamos a hacer: Nosotros, hombres y mujeres de la Orden de Predicadores, vamos, juntos a mirar a Domingo en su perfil humano, espiritual y apostólico, y vamos a descubrir, cómo su proyecto fue vivido en femenino, por Catalina. Tal vez, es ella quien mejor supo encarnar el ideal y estilo de vida pensado por Domingo. Es, por ello, un modelo legítimo para nosotros que andamos buscando vivir hoy ese ideal.

Esto es válido para unos y para otras, porque hoy más que nunca es urgente que sepamos complementarnos y asumir los valores femeninos y masculinos, desde nuestra propia identidad, sexo y condición, para llevar a plenitud nuestra vocación humana, cristiana y apostólica: nunca serán demasiados los esfuerzos por redescubrir y vivir esta doble riqueza del carisma de Domingo. Catalina tiene mucho que decirnos, porque su vida es totalmente actual: “Es de hoy, no la arrinconemos”[2]

    En este volver nuestra mirada a su persona, descubriremos cuál es el secreto de su fecundidad apostólica y de su temple de mujer fuerte, el misterio de su personalidad íntegra y de su firme voluntad: La intimidad con Dios, acrisolada en la “Celda interior”, que la hizo y le permitió VIVIR de la superabundancia de su profunda unión con Él.

Hoy, hablar de mística con seriedad, no es moneda corriente, pero no por eso es un tema pasado o sin interés: Todo lo contrario. Sin vida mística, esto es, sin una vida centrada en el Misterio de Dios, en esa profunda nostalgia de infinito, en ese hondo deseo de ver completada la obra de la Salvación, no podemos hablar de FELICIDAD, sino de sucedáneos descafeinados que no hacen más que aumentar el vació del hombre y de su corazón sediento de Dios y atormentado por el sinsentido y la superficialidad del “vivir a tope el momento presente” y nada más, a que nos urge nuestra sociedad, tal vez, demasiado secularizada.

Acercarnos a Catalina, con nuestra mentalidad occidental de finales del Siglo XX, y leer su vida, a conciencia, puede, a primera vista, no ser fácil. Tal vez, nos asusten sus excesos, los acontecimientos extraordinarios, y acabemos por pensar que es de otra pasta, que no es accesible a nuestra “mediana” capacidad, o como hicieron algunos, descalificarla por ser “una vida fruto de la imaginación de sus biógrafos”.

De cara al tercer milenio, los dominicos y dominicas, estamos llamados a vivir un rol protagónico en nuestra historia; estamos llamados a devolver a la palabra el contenido que ha perdido; a predicar la verdad sin componendas y con toda su belleza, en una cultura dominada por la mentira; estamos urgidos a amar a la Iglesia como a nuestra madre y a vivir con pasión de hijos nuestra pertenencia -desde la verdad- a ella; estamos obligados a hablar del Evangelio con la novedad y con la garra, con la que resonó en la Galilea de Jesús de Nazaret: con lo que tenía de profético, de audaz, de desestabilizante, pero sobre todo con todo lo que tenía de pasión por salvar hombres y mujeres, por hacerlos plenos con su plenitud, por hacerlos felices a la medida y al modo de Dios.

De Catalina, como de Domingo, sabemos mucho sobre su oración: Clave y secreto de sus vida “cristo-activas”[3], de su irradiación divina. Por eso, al preguntarnos hoy por Catalina, al preguntarnos hoy por Domingo, tal vez, lo mejor es preguntarles a ellos mismos:

¿Cómo oráis? ¿Cómo oras Catalina? ¿Cómo oras Domingo? ¿Cuál es el secreto de vuestra intimidad con Dios? ¿Qué fuego quema y inflama vuestras entrañas?

Como los frailes que expiaban a Domingo en sus largas vigilias de oración, asomémonos a la oración y a la vida de Catalina; a la oración y a la vida de Domingo, y allí encontraremos el secreto que todos buscamos para nuestras vidas y para nuestra misión. Si esto hacemos, podremos vivir, lo que alguien ha llamado en Catalina “La tiranía de la gracia”: Un decir, LO QUIERO, y conseguirlo TODO de Dios.


Semblanza: ¿Quién fue Catalina?

Datos biográficos, personalidad femenina, perfil espiritual y dimensión apostólico-dominicana de su vida.

    Vamos a tomar un primer contacto, limitándonos a señalar los datos más relevantes de su biografía, particularmente aquellos que influyeron en la conformación de su personalidad y que dieron a su vida el impulso evangélico que la caracterizó y que fue, progresivamente, haciendo de ella la mujer, la santa, la dominica, la hermana, la consejera y amiga de sus contemporáneos, y por qué no también, nuestra.

    Catalina nació en el año 1347, el 25 de marzo, ese año, coincidía con el Domingo de Ramos[4], en el barrio de Fontebranda, en Siena, concretamente en la casa de Jacobo Benincasa, tintorero de pieles y de Lapa Piacenti. Matrimonio honrado que vivía holgadamente. Es la vigésima cuarta hija de los veinticinco hijos de Jacobo y Lapa. Fue gemela con Giovanna, que murió poco después. Su madre, la crió personalmente, cosa que no pudo hacer con los otros hijos a causa de sus frecuentes partos, y que en cierta manera la vinculó más a ella, sobre la que quiso ejercer una influencia excesiva, a considerar por los hechos. Su padre era un hombre devoto, del que Catalina heredó la piedad sincera y la dulzura. Era pacífico y no toleraba palabras fuertes, juicios ni conversaciones groseras. Su madre, mujer muy entendida en los negocios domésticos, pero poco ocupada de los bienes eternos. Vivió más de 80 años. Catalina heredó de ella la energía y el tesón, aunque hay que reconocer que de manera más virtuosa. Su padre, nos refiere el beato Raimundo de Capua, fue más apreciado y reconocido, por su mujer Lapa, después de muerto que en vida, nos dice que “es muy raro que una mujer enérgica admire a un hombre pacífico”, cosa que ocurrió con Lapa, pero sólo después que él muriera.

Es importante el dato siguiente: Su hermana Niccoluccia, se había casado con Palmiro della Fonte. La peste de 1349, dejó huérfano a su hermano menor, Tommaso, que tenía 10 años. Éste fue recogido en casa de Jacobo. Más tarde, será fraile dominico, confesor y director espiritual de Catalina, de la que luego fue discípulo fiel. Por medio suyo, conoció, seguramente, a Raimundo de Capua, que tuvo una influencia decisiva en su vida y en la del propio Raimundo. Tomasso, a través de sus relatos de vidas de santos fue influyendo en el alma de la pequeña Catalina, que ya aspiraba a los bienes eternos.

    Su falta de formación cultural, fue suplida por dones infusos, por los cuales pudo llegar a leer y escribir a la perfección, aunque la mayoría de sus escritos fueron dictados a sus discípulos durante sus elevaciones.

Fue decisivo en su vida una imagen del Señor que tuvo a la edad de 6 años. A partir de entonces, “todo había cambiado de aspecto“[5] en su vida. Ahora, todo sería distinto: El altísimo la había cubierto con su sombra y había hablado a su corazón de niña. A temprana edad, ya manifestó sus deseos por ser toda de Dios y por vivir las virtudes cristianas a la perfección. Es verdad, que su proceso de santificación fue muy de prisa y que estuvo acompañado de no pocas gracias y carismas, a los que supo responder con una exigente vida de oración, recogimiento y mortificación. La cándida idea de cortarse el cabello y hacerse pasar por chico para ser admitida en el convento, revela, algo de lo que pasaba ya por su mente infantil con deseos inexplicables de radicalidad. La Leyenda minor 1,2, dice “que a partir de aquella visión dejó de ser una niña”.

Lo cierto es que fue tan fuerte el impacto de la misma, que se decidió a hacer vida eremítica. Primero ocultándose en los rincones, y después, manifestando su naturaleza dominante, imponiendo a las otras niñas de su edad determinadas oraciones para llevar adelante este juego. Pero pronto se cansó de este simulacro, aspirando a la realidad y no a la ilusión. Así es que huyó para ser ermitaña. Allí se da otro fenómeno. Llega la noche, “con el techo chocó su cabeza en un éxtasis” y se dio cuenta de que estaba en el bosque, sola y que las puertas de la ciudad estarían cerradas. Se relata otro hecho milagroso por el que puede retornar sin ser descubierta, y se nos dice que a partir de esta experiencia, a los 7 años, decide desposarse con Jesús ante una imagen de la Madonna, prometiéndole que no tendría más esposo que su Hijo.        Su opción le acarrearía problemas: sus ayunos -comía sólo legumbres-, sus extremadas penitencias y sus largas oraciones, trajeron consigo las reprimendas de su madre. Tuvo que mantener ante ella una entereza y una dulzura, nada fácil de combinar, para ser fiel a sus propósitos.

Sus extremadas mortificaciones sobrepasan cualquier medida prudencial, pero en esto, como en todos los planos, tenemos que decir con Weber “Puede parecer paradoja, pero de buen grado diríamos de esta Santa, que su medida fue el exceso: el todo por el todo”. Respondió en fidelidad y heroicidad, en profunda sintonía con la medida de las gracias que recibía.

A los 16 años, 1363, vence su natural timidez y habla claramente con su padre. Éste ordena que se la respete y que se deje de tratarla como “la criada” de la casa, actitud que habían tomado para hacerla desistir de su idea de desposarse con el Señor, y que lejos de quitársela, la afianza. En estas fechas su ubica la visión de los Santos fundadores, en la que Domingo la llama. Decide hacerse Mantellate, -la tercera orden- teniendo que superar diversos obstáculos: Se suceden difamaciones, actitudes escépticas por parte de los frailes y de celos por otras mantellates.

También es el tiempo en el que, entre el dolor y la oración continua, el sufrimiento y su adentramiento en Dios, se va gestando su maternidad espiritual, y comienza a nacer la familia de sus seguidores, hombres y mujeres, seglares y frailes van a consultarla. El binomio Sangre y Fuego que repetidas veces aparecen en sus labios -sufrimiento y amor- fue la consigna que definió su ser: “Mi naturaleza es fuego”.

A los 20 años se ubican sus desposorios místicos con Jesús, y a partir de entonces, tiene que dejar su vida de retiro y soledad, para darse a una actividad apostólica inaudita: para sus fuerzas, para su condición de mujer y para el momento que atravesaba la sociedad y la Iglesia. Aunque de momento temió que sus actividades menoscabasen su intimidad con Dios, comprendió que había aprendido a vivir en lo que ella llama la “celda interior del adentramiento en Dios y de su propio conocimiento”[6] Su actividad sería la proyección de su contemplación. “San Ignacio -nos dirá el Padre Llamera- propuso la fórmula `contemplativo en la acción´, Catalina vive activa en la contemplación, en efectivo acuerdo con la consigna dominicana:`contemplata aliis tradere´. Morta la define con esta frase sucinta y certera:`contemplativa total y activa sin límites´”.[7]

Sobre este aspecto volveremos y lo tendremos como telón de fondo a la hora de leer y repensar su vida en clave actual: El centramiento en Dios, la inmersión en su misterio, da fecundidad a la entrega apostólica, a la predicación y a la santificación cotidiana en cualquier circunstancia. Es posible permanecer en Dios en medio de un mundo que se gloría de tener una “religión sin Dios”, como es el nuestro y su New Age.

    Son estos algunos datos históricos, que tendrán su incidencia a lo largo de su existencia. Demos un paso más y digamos que Catalina de Siena, fue una mujer de Iglesia, de extraordinaria riqueza humana y psicológica y de una exquisita sensibilidad femenina. Tenía gran fortaleza de ánimo y un irresistible poder de convicción, fuera de lo común, con marcados rasgos sobrenaturales.

Discípula eminentísima de Domingo de Guzmán. Mujer de fascinante personalidad, capaz de atraer a Dios a los más endurecidos corazones, y de engendrar y criar hijos espirituales para el Reino. Esto se verificó en la conversión de los más endurecidos pecadores y escépticos: Nadinno que se convierte por sus oraciones a la hora de su muerte; las hermanas Tolomei que cambian radicalmente de vida, y que convierten a su hermano Jacobo deseoso de venganza y odio a Catalina; Fr. Lazarino de Pisa que pretendía ponerla a prueba y ridiculizarla, y que llora arrepentido después de su entrevista con ella; la conversión, en 1371 de dos condenados a muerte que iban al patíbulo blasfemando, y la de Nicolás Tuldo que además de convertirse, muere invocando a Jesús y a Catalina, a éste, Catalina le recibió, con total entereza, la cabeza en el momento de ser decapitado.

Resulta elocuente el párrafo que dedida el P. Llamera cuando termina de realizar su semblanza de la Santa:”El conjunto de sus condiciones humanas, y sobre todo su ascendiente divino, la hacían irresistible en sus exhortaciones y decisiones. `Subyugaba irresistiblemente´sentencia Morta. Raimundo atestigua que `muchas veces, sin hablar palabra, bastaba su sola presencia para convertir pecadores e infundir la más viva contrición”[8]

Son estos datos relevantes de la Santa de Fontebranda: Mujer de muy viva inteligencia y de gran capacidad asimilativa, y reflexiva; de facultad perceptiva impresionante, ordenada a lo concreto, a la persona viviente; con una empatía asombrosa, que la llevaba a sintonizar profundamente con sus interlocutores, hasta poder leer sus pensamientos, y saber incluso qué hacían en cada momento sus discípulos.

Catalina, sabe que todo lo recibe de su Creador, y bajo su luz se considera a sí misma y a todas las cosas. Se siente como sumergida en un océano -Dios-, en el que, a través de sus aguas lo ve todo. Nada percibe, sino lo que hay en esas aguas y a través de ellas. Tiene una visión sobrenatural muy clara de las cosas, incluso estando metida en asuntos humanos con enormes complicaciones. Está como imantada por Dios, invadida, rodeada.

En el año 1371-2, se ubica el comienzo de su actividad política: Comienza su relación personal y epistolar con grandes personalidades del gobierno y de la Iglesia. Y da los primeros pasos promoviendo la cruzada para recuperar, de manos de los infieles, el Santo Sepulcro.

A grandes rasgos, podemos decir que la situación que la rodeaba era la siguiente: Políticamente, Italia, era un mosaico de pequeñas repúblicas en la que se multiplicaban las luchas intestinas. Socialmente se sufría la consecuencia dejada por la peste. La Iglesia sufre la lacra del poder temporal de los papas llevado a extremos, relajación de las órdenes religiosas, que suscitan fanatismos por una parte, y por otra, errores funestos. Se constata también, la corrupción del clero alto y bajo, regular y secular. La Iglesia está dividida, Roma huérfana de Papa, ya que este está en Avignon.

El 1374, es llamada por el Capítulo General de Florencia para ser examinada, y se le señala como director a Raimundo de Capua, asunto que ella considera una gracia de la Virgen.

Ante la grave crisis que vive la Iglesia, ella comprende, que todo tiene su solución en una inundación de santidad. Con este ánimo trabaja por defender a Urbano VI, que ella considera el verdadero Papa, pero lo hace, sobre todo con una vivencia muy profunda de la realidad de la Iglesia de Cristo, “con fiebre” por sembrar la virtud, y con energía llamando a la conversión, exhortando a sus discípulos, a cardenales y al mismo Papa. Se siente aplastada por el peso de la Iglesia, y en 1380, dicta su testamento en el que estimula y conforta a sus discípulos. Muere el 29 de abril de este año.

Su vida es mucho más que una leyenda piadosa y edificante, ya que tuvo una incidencia histórica concreta muy decisiva para la Iglesia. Su mensaje, de entonces, tiene hoy, una aplicación y una vigencia extraordinarias.

* Obra literaria.

    Catalina tiene un lugar privilegiado entre los más grandes escritores, la potencia de su poesía no envidia nada a la genialidad de los poetas de mayor renombre. Es considerada como la más excelsa de las escritoras italianas. El beato Raimundo, nos dirá, que su doctrina es, tal vez, lo más admirable de su vida, y el P. Royo Marín que [9]”Su doctrina mística representa uno de los hitos más importantes en la historia de la espiritualidad de todos los tiempos”.

Además de su abundante epistolario, destacan su Testamento espiritual y “su libro”, como ella misma llama al Diálogo. El Testamento fue dado a sus discípulos cuando, ante la inminencia de su muerte pudo recobrar por algún momento su energía. En esta exhortación quiere excitar al adiestramiento en la virtud, haciendo recomendaciones de temas esenciales, todos ordenados al auténtico centramiento en Dios, como punto de partida y de llegada para la obra de la santidad. En él encierra sintéticamente toda su doctrina y vida.

El Diálogo, fue dictado a varios escritores, a los que ella misma había advertido que estuvieran a punto para recoger cuanto decía cuando era arrebatada en éxtasis. En el Diálogo queda plasmada la realización de su misión recibida en la Iglesia; está toda ella, su existencia, su pasión eclesial y su ser íntegro.

Toda su doctrina está en estas dos obras, y toda ella fue antes vivida que escrita. De modo que podemos conocer a Catalina por dentro, adentrándonos en su alma por las venas de sus escritos que destilan la vida que la hizo vibrar, y que fue sembrando a lo largo de su vida y a través de la historia.”No hay dualidad entre su vida y sus escritos. Vive en su plenitud la doctrina que contiene el Diálogo y las Cartas, y escribe o dicta, lo que de continuo vive”[10] Habla y escribe de la superabundancia de su corazón y de su vida.

La vida de Catalina reproduce a Cristo. El Dios humanado se mueve en una doble pasión: su Padre y los hombres. Nos enseña a vivir esa pasión por un camino nuevo, que transforma y eleva todas las tendencias y actuaciones humanas.


 

 Novedad profético-evangélica: 

Jesucristo centro de su actividad y de su vida

El amor mueve el mundo. La “tiranía” de la gracia. “Cristoactividad”.

    Hoy se habla mucho, sobre todo dentro de la Iglesia, de lo “profético”. Parece que la imagen de aquellos hombres del Antiguo Testamento, recobra actualidad en nuestro tiempo. ¿A qué se debe esto? ¿A que entonces como ahora era necesario que se alzasen voces para denunciar la catástrofe que causa el alejamiento de los hombres de Dios? ¿Tal vez a que los hombres de todos los tiempos necesitamos que se nos anuncie -para acabar de creérnoslo- un mañana mejor, y la posibilidad real de un presente feliz? Seguramente por una y por otra razón, hoy surgen entre nosotros, y todos buscamos descubrirlos: Necesitamos encontrarlos.

Pero, no nos conformemos sólo con eso. Volvamos nuestra mirada a quien puede ser para nosotros una encarnación diferente del profetismo: Catalina, que desde la hondura de su ser de mujer y de la profundidad de su alma dominicana, nos revela lo que Dios nos pide hoy, lo que Él nos anuncia y lo que espera de nosotros, dominicos y dominicas del segundo y tercer milenio. Desde el corazón de Dios, supo ser una lectora de la historia, y con su corazón centrado en Él, pudo suscitar entre sus coetáneos una esperanza renovada, rasgo fundamental para verificar la autenticidad del profetismo.

Más allá de su “actividad” profética, hay que dejar claro, que su vida, por sí misma, fue la encarnación del auténtico profetismo; aquel que ayuda a “avivar el amor primero” por Jesucristo. Su figura equilibrada y su radicalidad sin medianías, puede, si nos abrimos a la aventura de la Vida, despertarnos del letargo en el que no pocas veces permanecemos, acallando en nuestro corazón la sed de Dios y de lo eterno. Ella es una profeta de la vida y de la historia, porque es capaz de despertar, en todos los tiempos -más allá de las coyunturas presentes- la “profunda nostalgia de Dios” que nos dispone a dejar que nuestras vidas se consuman al calor y al abrigo del Evangelio de las Bienaventuranzas vivido en el día a día de nuestras vidas; en la intimidad profunda con nuestro Dios, en la cotidiana “hora de la cita” cuando nos encontramos cara a cara con nuestro Dios, habiéndolo descubierto en el cara a cara de nuestros hermanos.

¿Cuál es la novedad de su “estilo” profético? La misma que la de Domingo, y seguramente, de todos los que queremos seguir sus pisadas. La profecía dominicana, en su fuente más auténtica -Domingo y Catalina-, es la que surge de dentro, como un anuncio. A diferencia de otro tipo de profetas, que al constatar una realidad la denuncian, y después, anuncian el mensaje que traen de parte de Dios; la profecía dominicana, se caracteriza, sobre todo, por un anuncio positivo de la Buena Noticia de Jesucristo y de su realidad más íntima. Este anuncio, por sí mismo, se convierte en una llamada a buscar la verdad. Es un anuncio que entusiasma, conmueve, aviva la sed de Dios y de los valores eternos, y despierta, necesariamente la urgencia de comprometerse con el hombre, teniendo los mismos sentimientos que Jesucristo. Para vivir esta profecía, no hay otro camino que el equilibrio de la vida en la que se habla con Dios -oración y estudio- y de Dios – predicación y testimonio-.

El profetismo dominicano es el que, se gesta en la oración, y se hace palabra y vida como una necesidad de comunicar la superabundancia de Dios que se da generosamente. Por eso, el dominico o la dominica, no pueden predicar si antes no “han contemplado” y se han dejado penetrar por la Palabra, moldear por Jesucristo, trabajar por la fuerza de su gracia, que todo lo hace nuevo.

Si recorremos los escritos y la vida de Catalina, veremos cómo al comienzo al centro y al final de sus cartas, diálogos, intervenciones, etc. aparece nítida, insistente, y repetitivamente, la idea, la imagen y la referencia a Jesucristo o a alguna verdad fundamental de la fe y del Evangelio.

¿Dónde se gestó esta profeta de la historia? Hay que decir, sin lugar a equívocos, que en su identificación con Jesucristo, acrisolada, fundamentalmente, en aquellos años de persecución familiar y de difamación, de vida oculta, en los que tuvo que construir en su corazón “su celda interior”, su lugar de reposo y de encuentro con el Dios que la llenaba. Allí descubrió que él estaba, Jesús, y que su sola presencia era capaz de darle una felicidad, que nada ni nadie podía quitarle.

¿Quién fue Jesucristo para Catalina? ¿Cómo pudo ser “tan fecunda” en tan poco tiempo?

Fue decisivo en su vida, el diálogo que tuvo Catalina con Jesucristo, en el momento de una lucha tremenda contra el tentador, que transcribimos, tal como lo relata Jörgensen, y que nos dará pie para entender lo que nos proponemos:

“Catalina, hija mía, murmuró -nuestro Señor-. Inflamada de amor, bañada en lágrimas, se posternó a sus pies:`¡Oh bueno y dulce Jesús!¿Dónde estabas cuando mi alma era presa de semejantes tormentos?´ ´Estaba en tu corazón, Catalina -fue la dulce respuesta- porque no me aparto más que de aquellos que primero se apartan de Mí.`¿En mi corazón, Señor, en medio de todas estas tentaciones y de estas visiones impuras? -preguntó la joven asombrada-. Si estabas en mi corazón, ¿cómo no me daba cuenta de ello?¿Cómo podía estar cerca del fuego sin sentirme confortada por su llama? Yo no experimentaba más que frialdad, desolación y amargura, y me parecía estar llena de pecados mortales´. `Dime Catalina -replicó el Señor-, estas tentaciones, ¿te causaban alegría o pena?´`Me horrorizaban y me desesperaban terriblemente´.`¿Y por qué sucedía así?¿Crees tú que si no hubiera estado en tu alma y no hubiera cerrado todas las puertas de este asilo, esas malas imágenes no habrían penetrado por ellas? Estaba en tu corazón igual que en la Cruz, padeciendo, y sin embargo, dichoso. No sentías mi presencia pero estaba allí con mi gracia, y cuando ofreciste espontáneamente soportar todos los tormentos, incluso la condenación eterna, antes que abandonar mi servicio, te viste libre, porque no me complazco en atormentar un alma, antes bien me regocijo cuando por amor mío consiente en sufrir y perseverar en el sufrimiento. Por eso, en lo sucesivo, tendré contigo una mayor intimidad, y te visitaré más a menudo”[11]

Para Catalina, JESUCRISTO ES ¡EL HOMBRE! Culmen de sus ideales y realidad de sus ensueños. Él, sobrepasa todas sus aspiraciones, porque es el hombre completo y Dios real; el Dios-Hombre que la seduce y la conforta; que la habita y la identifica con Él. Esto es lo que supo vivir y lo que no dejó de transmitir: Dios en ella y ella en Dios, en identificación de amor y vida.

Todo ser humano está condicionado por su afectividad hasta límites insospechados, y esto, si miramos a nuestro entorno, y dentro de nosotros mismos, es algo que podemos constatar. Intentar conocer a Jesucristo y quedar “atrapados” por su realidad es una consecuencia lógica. El amor a Él se hace imprescindible, irresistible y determinante. Esta es la verdad de la “vida afectiva de Catalina”, y debe serlo, también, de los que siguiendo a Domingo, queremos que Jesucristo sea nuestro centro, nuestro punto de referencia y la óptica, desde la cual poder mirar al mundo y a los hombres ,y amarlos con y desde el corazón de Dios.

Catalina luchó por no ser atrapada. El mundo era para ella, -y lo es para nosotros- seductor. Su rica personalidad no podía anestesiarse con lo menos, tenía que lanzarse hacia lo MÁS. Fue un selecto campo de batalla donde venció Cristo y su gracia. Las radiaciones de Aquel “de quien salía una virtud…”la bloqueron, y ella misma fue luego elemento “cristoactivo” para los que la rodearon. Consiguió aprovechar “la energía liberada” por Jesucristo, transformándose, ella misma en un foco de energía, para cuantos se acercaban a ella y percibían “eso”, que los desafiaba a convertirse, a “sentir añoranzas de lo eterno”, a vivir atraídos irresistiblemente por la fuerza de la gracia que se hacía evidencia.

En este buscar quién nos diga “algo” de parte de Dios, quién o qué nos ponga en camino firme hacia Él, no está nada mal, mirar a Catalina, que además de irradiar a Jesucristo, nos ayudará a descubrirlo, y a su luz, re-descubrirnos a nosotros mismos.

    Su doctrina del Conocimiento, ilustrará muy bien, el que ella tuvo de Dios, de sí y de los hombres.

Este es el conocimiento fundamental que sirve a Catalina de base para su vida y su doctrina. Vive en el intento de despojarse de la propia voluntad para revestirse con la de Dios, porque el mundo pasa. Así, es como se explica, que teniendo los mismos sentimientos que Cristo, amando a su estilo, queriendo lo que Él quiere, pueda decirle tan decididamente, tan imperativamente: “Catalina lo quiere”. Porque Catalina, no quiere otra cosa que no sea Jesucristo.

Estos sentimientos son los que gobiernan la vida de Catalina, que sabe que el servidor debe seguir el camino de Cristo, y que el del placer fácil, no es el camino del Crucificado. Ella, se hace semejante a Él, y desde Él asume las pruebas y cuanto se le presenta: Revestida de Cristo desea vivir su vida; en el amor verdadero que nace del amor limpio, oblativo, a Dios y a los hermanos.

El cambio de corazones, que tiene con Jesucristo, la hace experimentar la plenitud: Dios que crea en ella un corazón nuevo, que la renueva con espíritu generoso y que le da la seguridad confiada del que sabe que su vida está en manos de su Creador y Redentor.

¿Cambio de Corazones? Esto, que hoy puede resultarnos demasiado “imaginativo”, y hasta un poco “ficticio”, tiene un significado muy actual, en este final de Siglo y a las puertas de un Tercer milenio, que todos deseamos, sea enriquecido por una mayor humanización de la vida y las relaciones. Emilio Barcelón O.P. llama a la nuestra, la cultura del corazón de piedra. Nos hemos endurecido y acostumbrado a lo más inhumano y duro; poco a poco hemos ido aprendiendo a pasar de todo y a hacer nuestra vida egoístamente. Esto, nos ha llevado a un alejamiento de Dios y de los valores eternos, que son los que nos plenifican, y los que desesperadamente buscamos por caminos errados. Contemplar la esena del “cambio de corazones” que nos relatan los biógrafos de Catalina, en la línea de la sagrada Escritura, nos ayudará a comprender aquel Oráculo del Señor -y a dejar que sea una realidad en nosotrso- que afirmaba: ”Les daré un corazón nuevo, y les infundiré un espíritu nuevo, arrancaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que conozcan y observen mis preceptos. Así, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. En cuanto a aquellos cuyo corazón va detrás de sus ídolos y de sus abominaciones, yo haré recaer sobre sus cabezas su mala conducta” Ez 11,19-21.

Con idéntica actitud que Catalina, cuando ocurrió este fenómeno, podemos pedir humildemente, con el salmista:”Dame Señor un corazón nuevo, renuévame con espíritu firme”. La actitud de fe en su poder y el abandono en sus manos, acabarán por renovarnos y realizar el proyecto que se nos ha encomendado según el corazón de Dios.


 

 Mujer  

Entonces más que ahora. Mamma. Una mujer con peso específico: la mujer en la Iglesia de hoy. Mujer de alta tensión.

    Catalina es el claro exponente de que una mujer no es inferior al varón. Entonces, aún más que ahora, lo demostró. Hoy se desempeñan cargos por la mujer del más alto nivel, pero ella desempeñó a un tiempo los más altos niveles: de amistad, de influjo social, de influjo nacional, de influjo eclesial.

Fue la MAMMA del mundo. Los condenados a muerte, los cardenales, los intelectuales, los “pobres diablos”, el Papa, supieron lo que era un corazón femenino que daba Vida con mayúscula.

La pasión por Cristo, el gran amor de la historia, hizo que le entendiera hasta el punto de EXIGIRLE lo que le pedía. Supo ser mujer, esposa y madre en su oración a Cristo y le pidió con imperio todo aquello que le rogaba, El hombre es un bruto tímido. La mujer es una frágil audaz.[12]porque le quería y quería a los hijos que le había dado.

La mujer no necesita hablar demasiado, ni luchar con agresividad por su papel social. Es una constante histórica que las mujeres con peso específico han demostrado la valía femenina: Judit – Debora – María de Betania (ni la eficaz Marta, ni el resucitado Lázaro acompañaron a Jesús en su muerte) – María, madre de Jesús, de la primera Iglesia y de la Iglesia eterna – Juana de Arco – Teresa de Calcuta y ¡tantas otras!

Es verdad que estamos en una época de reivindicaciones, en la que se oyen voces de todos lados reclamando para la mujer una serie de derechos, que por razones históricas, se les había arrebatado.

Todo esto es absolutamente legítimo, y se ha de apoyar este movimiento, teniendo presente que, reivindicación, es muy diferente de igualdad de funciones. Equiparar a la mujer con el hombre es justo y necesario: Jesucristo fue el primer “gran feminista”. Confundir los papeles de uno y de otro, podría ser nefasto, nos veríamos privado de la riqueza que aporta lo femenino y lo masculino a nuestra existencia. Valores igualmente dignos y nobles, pero diferentes entre sí, complementarios. Por ejemplo, la Iglesia, que es madre, no puede verse privada de lo femenino, de la presencia de la mujer en los ámbitos de decisión, de consulta, de gobierno; en la cátedra, en las relaciones diplomáticas, etc. porque por naturaleza ella está llamada a llenar de ternura y de cercanía esos ámbitos, -que de por sí son frios y/o formales- que sirven para acercarse al corazón del hombre, para comprender, perdonar, acoger. Para Catalina, -lo diremos más adelante- la Iglesia es Cristo, es su Cuerpo místico, y es Madre. Ese Cuerpo, esta integrado, también por mujeres, que le deben dar su sello, su estilo de Maternidad cuya semejanza ha sido recibida de Dios que es Padre y Madre. La intuición, la capacidad de escucha y de sufrimiento, la perseverancia, la comprensión……ayudarán a dar respuestas a los problemas concretos del hombre de hoy, y seguramente será un buen paso para suavizar actitudes de condena, de inflexibilidad, de excesiva dureza. Últimamente se han dado en la Iglesia pasos importantes -que Catalina ya los vivió hace VI siglos- y se ha de seguir en esta línea, porque conviene no perder de vista, que la presencia de lo femenino, -a la Iglesia- la hace más apta para su maternidad, de lo contrario está mutilada y es imposible que sea fecunda en nuevos hijos y que tenga capacidad para mantener reunidos y unidos -como María con los apóstoles y Catalina con sus discípulos- a sus hijos.

En esto también Catalina, fue una precursora, que puede arrojar mucha luz para ayudarnos a descubrir nuevos caminos de realización. Basta ver su actuación, para darnos cuenta que hay muchos ámbitos que, entonces como ahora, pueden ser enriquecidos con la presencia activa de la mujer. Reducir su influjo o gastar todas las cargas, por defender temas, como por ejemplo el sacerdocio de la mujer, sería, tal vez una minimización del auténtico papel de la mujer. Eso, a lo mejor llegue, tal vez lo veamos, tal vez no, pero no es lo único ni lo más importante. De momento han dicho que no, que lo estudien los teólogos y lo discutan los que tienen a su cargo la guía de la Iglesia. Nosotros, tratemos de “trabajar” por dar un paso “protagónico”, donde tiene que tenerlo la mujer, y no hay leyes -aunque sí costumbres- que se lo puedan impedir: ¿Serían los cardenales y los papas; los políticos y religiosos, los clérigos y laicos de entonces más dóciles que los de ahora?…. Catalina hizo oír ante ellos su voz enérgica y grave, y fue escucha, y también ignorada, pero no por eso dejó de: negociar, exponer, congregar en torno suyo una “familia”, orar, viajar, etc….

Antes de poner algunos ejemplos que ilustren cuanto hemos dicho hasta ahora, cabe hacer una salvedad. En la mayoría de los escritos sobre Catalina, se dice de ella, que tenía un carácter viril.[13] Más allá va Raimundo de Capua cuando en su leyenda [14] dice que “era la mujer más varonil, más prestigiosa….” Grave error -hoy resulta sumamente extraño este lenguaje- atribuir la fortaleza, la entereza, la audacia y la energía, exclusivamente a lo masculino; como también, la sencillez, la delicadeza, la ternura, la “debilidad”, a lo femenino.

Veamos algunos ejemplos. Era una mujer de Iglesia, es esta una de las notas características de su vida. La defiende, y trabaja por su unidad. Pide obediencia, sumisión, etc. Pero no permanece ciega ante su realidad. Se dan cita su sutil delicadeza de mujer, su capacidad inductiva y su convencimiento de que -como le dijo Jesús- “ella es la que no es y Él es el que Es”, y su espíritu de fe, para ponerse en contacto con los Cardenales Italianos y decirles la verdad, de parte del que Es.

“Habéis vuelto la espalda como viles y miserables caballeros; tenéis miedo hasta de vuestra propia sombra. Os habéis alejado de la verdad que os fortalecía, entregándoos a la mentira que enerva el espíritu y el cuerpo, privándoos de la gracia espiritual y temporal.¿Por qué habéis hecho esto? Por el veneno del amor propio, que emponzoña el mundo. El amor propio os ha reducido de columnas a menos que paja. No sois ya flores que expanden perfumes, sino cardos pestilentes y de esa puzza (mal olor) habéis infectado la cristiandad. No sois lucernas puestas sobre el candelero, para dilatar la fe; escondiendo la luz debajo del celemín de disimulada soberbia, os habéis hecho, no heraldos, sino contaminadores de la fe, arrojando tinieblas en vosotros y en los prójimos”[15] Y cuando los cardenales pretenden decir que eligieron al Papa Urbano por temor a los Italianos, les dice:”Oh insensatos, dignos de mil muertes, sois como ciegos que no ven su propio mal…Os declaráis embusteros e idólatras”.

Sólo un entrañable amor a la Iglesia y una valentía heroica explican que una mujer se haya atrevido, en aquellos tiempos, a escribir tan duras acusaciones a los príncipes de la Iglesia.

Con el beato Raimundo, es igualmente exigente, cuando teme que sea un desertor de Urbano cuando es enviado como embajador suyo. Ante el peligro, teme y se queda en Génova. Ella le escribe:”No sois aún digno de combatir en el campo de batalla, os habéis quedado atrás como un niño: habéis huido voluntariamente del peligro, y os habéis regocijado por ello. ¡Oh mal padrecito! -cativello padre mío- ¡Qué dicha, para vuestra alma y para la mía, si con vuestra sangre hubierais cimentado una piedra de la Santa Iglesia… Tenemos motivo para llorar considerando que vuestra escasa virtud nos ha privado de tan gran bien…. Vistámonos con la coraza de la caridad y el escudo de la fe y corramos como hombres al campo de batalla. Mantengámonos firmes con una cruz delante y otra detrás, para que nos sea imposible huir. Y para que Dios nos conceda esta gracia, a vos, a mí y a los demás, empecemos desde hoy a rogarle con lágrimas y con dulce y ansioso deseo.

Mujer de fe entera, que también supo deshacerse en comprensión-compasiva por los hombres, con los más débiles, como Francisco Malavoti, aquel discípulo suyo, que repetidas veces desertaba del grupo volviendo a su vida pasada. Ante los que le condenaban, ella, con cariño de madre decía:”Dejadle, es mi pájaro salvaje, pero yo le echaré un lazo, con el cual ya nunca vuelva a escaparse de mis manos”. Y a él mismo le escribirá:”No te dejes engañar, ni por temor al demonio ni por vergüenza. Rompe este nudo; ven, ven hijo carísimo. Yo te puedo llamar con razón caro,¡tantas lágrimas, sudores y amarguras abundantes me cuestas!…Discúlpame delante de Dios, porque yo ya no puedo hacer más. Y al decirte que vengas, que seas constante, no pido de ti más que cumplas la voluntad de Dios”.[16]

La madre Teresa María Ortega dirá de Catalina que se la puede catalogar como director de almas de pulso firme y seguridad doctrinal. No duda, no hay oscilación en sus consejos. Aconseja dulce y enérgicamente a la vez. Su mano es blanda de mujer, pero su nervio es fuerte -y varonil, dice ella- , y su recta no ofrece curvas ni oscilaciones.

Su intuición femenina, y su entereza, hacen que sus palabras de invitación, sean auténticas imposiciones, aún sin pretenderlo. Se impone por la intensidad de su amor, por la convicción de su fe, por la pasión con la que vive; y cuantos a ella se acercan, quedan prendidos por su fuerza irresistible.

“Ha sabido imponerse siempre, hasta con el Señor. Ante el que se siente pobre y nada, ha tenido expresiones dignas de San Pablo:`QUIERO´. Y como el amor lo puede todo, ella ha logrado rendir al Señor -de algún modo tenemos que hablar-”[17]

De la mano de Jörgensen, descubrimos en Catalina a una mujer de cuerpo entero: “Amó a Jesucristo, con toda la pasión del que una mujer es capaz, hasta el total don de sí misma. Un hombre puede amar a Jesús, como a un hermano mayor, como a un amigo muy querido, como a un padre muy amado, al que no se desobedece por nada de este mundo, pero una mujer ama a Jesús como `a su esposo´, como Aquel a quien su vida se haya consagrada:`Heme aquí, soy tuya, haz de mí lo que te plazca´. Sabe que eres esposa -escribió a una religiosa- y que Jesús se ha desposado contigo.

    Catalina no ignoraba lo que es el amor terrestre. Habla de él con la mayor sencillez y con la mayor pureza:`El hombre no puede vivir sin amor -dice en una de sus cartas-, porque el hombre ha sido creado por amor. El amor del padre y de la madre da el ser al niño”[18].

Unas palabras finales a la familia espiritual de tan eminente mamma. Tuvo una influencia peculiar en un heterogéneo grupo de discípulos, que constituyen su familia espiritual. Sobre ellos ejerció una misión providencial de maternidad auténtica. Esta influencia se prolongó a través del tiempo hasta nuestros días. Todos, a pesar de sus diversas condiciones, se unificaban en su maternidad; por todos era llamada la “madre santa””madre queridísima””madre dulcísima”. Raimundo de Capua dice que “el mismo Dios nos inspiraba que la llamásemos Madre, y en efecto, lo era: su alma nos había dado a luz con gemidos y dolores hasta que hubo formado a Cristo en nosotros, y ella nos alimentaba con el pan de sus santas palabras”[19]

Poseía para esta misión, un corazón maternal, una incomparable intuición, un atractivo maternal y un ascendiente convincente:”Con aquel modo de obrar sonriente que parecía como si siempre trajera buenas noticias… sus ojos resplandecían de inteligencia y la voz sonaba singularmente agradable y penetrante”.[20]

El conjunto de sus condiciones humana, pero fundamentalmente su ascendiente divino, la hacían irresistible en sus exhortaciones, de modo que como dice Morta, “subyugaba irresistiblemente”.

    Jörgensen confiesa que:”Mis relaciones con Catalina comenzaron, a decir verdad, en condiciones algo enfadosas. En aquel momento, casi le tuve miedo. Pero a medida que fui conociéndola más íntimamente, me aconteció lo que a tantos otros en su vida terrestre: fui subyugado por ella y hube de rendirme. Como aquel franciscano que en principio la criticó violentamente, me convertí en celoso caterinato; y como la mujer del fresco de Andrea Vanni en la capella delle Volte, me arrodillé también y mis labios rozaron humildemente las manos pálidas que, sin ningún estigma exterior, estaban traspasadas por el dolor de las llagas de Cristo”[21]

La Iglesia: Pasión por la Iglesia, pasión por los hombres. Reformadora firme y tenaz. Heridas de la Iglesia: Sangre por Sangre.

La Iglesia, para Catalina, es Jesús. Su pasión por ella era la pasión de una enamorada de Cristo y de los hijos. Es decir, del Cuerpo Místico completo. Su amor a Jesús se dilata, se hace insaciable, infinito, al punto que se extiende por todo su Cuerpo místico, por el que ofrece su vida: “Toma mi corazón y exprímelo sobre el rostro de tu santa Iglesia”. La identificación con Cristo y con su Iglesia, estaba, en ella, muy grabada.

Su afán era que el Papa estuviera a la altura de lo que era y luchaba con la misma audacia (¡voglio!) con él, como con Cristo. Pero con la seducción femenina de quien tiene brío en el corazón: Dulzuras en la expresión y energía en el consejo y … en el mandato. Hasta con el Papa. Toda una mujer de las que hoy hablamos.

La Iglesia sangra por mil heridas: guerra – pobreza – atrocidades múltiples. Iglesia real y también Iglesia en potencia = el mundo entero. Para restañar esa sangre: LA SANGRE. Tenía obsesión por el valor de la Sangre de su Cristo. La invocaba, la apresaba, la derramaba, lo empapaba todo con ella.


Apéndice: Tercer Milenio

* Domingo y Catalina en el 2001. Los dominicos: hombres y mujeres de alta tensión.

A partir de lo dicho hasta ahora, es posible, que cada uno, y como familia, hagamos un análisis de lo que necesita el tercer milenio y lo que nuestra Orden debe darle. No podemos ni debemos empeñarnos en un solo aspecto, porque corremos el riesgo de dar respuestas a interrogantes que nadie tiene, y entonces nuestra misión será ineficaz: El oído en el corazón de Dios, y la mano en el pulso del tiempo, ha dicho alguien, y conviene no perderlo de vista.

Antoni Gaudí, el célebre arquitecto catalán, decía con mucha razón que tener originalidad es saber volver al origen. En este sentido, los dominicos y dominicas podemos entender y vivir la apremiante necesidad de ser “originales” y “creativos”; dejándonos re-crear por nuestros orígenes, volviendo, sin temor, a las fuentes a beber de nuestro propio pozo, para allí llenarnos del agua viva que necesitamos para ser fieles al Evangelio y a nuestra vocación en la hora actual. Para esto tendremos que conjugar algunos binomios muy dominicanos, que estaban desde el principio en el proyecto de Domingo, y que fueron encarnados por muchos de sus hijos, cuyas vidas constituyen para nosotros la tradición que nos hizo, que nos mantiene y alimenta, y que hoy, nos estimula:

* Audacia, más dignidad = Docilidad al Espíritu y a la historia.

* Compasión, más trascendencia = Misericordia.

* Actuar, y mirar hacia el interior, quietos: Contemplativos en la acción, activos en la contemplación, no sea que, como decía el P. Damián Byrne O.P, “Ocupados en las cosas del Señor, nos olvidemos del Señor de las cosas”.

Ejemplos de ello: Domingo y Catalina. Eternamente actuales, por totalmente Cristificados.

Tender hacia el papel indispensable de la religión, o tendremos sucedáneos religiosos: Firmes en Jesucristo y exigentemente fieles a su gracia.

Tender hacia una religión culta, o tendremos supersticiones de la era atómica: Formación sólida y seria, capaz de ayudarnos a dar razones de nuestra fe y de sostenernos en el mar de las “creencias baratas” que circulan por nuestra sociedad.

Tender a compartir con el sufrimiento de lo que queda más bajo en la sociedad con una compasión (actitud muy dominicana) que no se queda en el papel y en las reuniones pro-necesitados: Coherencia de vida y compromiso REAL, con los necesitados, con los pobres, y con EL POBRE: Jesucristo.

Como Catalina, ser un cable de alta tensión: el tercer milenio hará funcionar las industrias a más de 380 voltios, porque otro voltaje se queda ya incómodo e ineficaz. No seamos, pues, en lo espiritual tan solo de 125 voltios.

El gran desafío hoy, es no quedarnos atrás, tendríamos que tener el valor de conectar con un INTERNET mucho más sofisticado que el que está en el aire, que que es mucho más eficaz, seguro y rentable, cuya central es la celda interior y cuyas vías de acceso son:

Vía Sagrario.

Vía Palabra de Dios.

Vía intimidad con Jesucristo.

Vía escucha de la historia y de los hermanos.

Vía DISPONIBILIDAD, itinerancia, pobreza…..

Da resultados sorprendentes, y sobre todo imprevisiblemente desconcertantes: fecunda la palabra sembrada, plenifica la propia vida, da seguridad en el actuar, paz a la conciencia y armonía a la vida. Es accesible a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Además de conectar con “la Central”, sin interferencias, permite mandar mensajes cargados de estímulos positivos y de gracia a cualquier lugar del planeta, superando frentes de guerras, diferencias raciales, egoísmos obstinados, focos de violencia, depresiones, falta de ilusión….. Vale la pena y es la Opción Dominicana del futuro….¡y del presente!

Lucía Caram O.P

Dominicos.org – Manresa


Bibliografía:

[1] Giorgio Papasogli, Catalina de Siena reformadora de la Iglesia, p.XI

[2] Teresa María de Jesús Ortega, Lo que dijo Dios al volver, p.50 Puerto Rico 1978

[3] Término de Araceli Abós O.P. Teología Espiritual Vol.XXIV,Nº 71-72, 1980 pag.33

[4] Jörgensen, dice que mientras en la Iglesia resonaba el “bendito el que viene en nombre del Señor”, de la liturgia de ese día, la Iglesia, saludaba a la más ilustre hija de Siena, a la más amante esposa de Cristo, Benedicta quae venit…. Santa Catalina de Siena, Fontis, Buenos Aires p.31.

[5] Johannes Jörgensen, Santa Catalina de Siena, p.30. Fontis, Buenos Aires.

[6] Raimundo de Capua o.c,p 27

[7] Marceliano Llamera, testamento espiritual de Santa Catalina de Siena, p.52, Valencia 1990.

[8] Marceliano Llamera O.P. Teología Espiritual, Valencia 1990, p.59.

[9] Los grandes Maestros de la vida espiritual, Madrid, BAC 1973.

[10] Prólogo al libro de Morta, Obras de Santa Catalina, p.XXX.

[11] Johannes Jörgensen, Santa Catalina de Siena, p.72. Fontis, Buenos Aires.

[12] Araceli Abós O.P.

[13] En el Diálogo, nos encontramos con la exhortación de nuestro Señor a que sea viril; ella misma apremia a otros/as a ser viriles. Es una palabra que entendemos su significación y sentido, en su época y contexto, hoy lo expresaríamos de otro modo. Con ella se indica que no se admiten debilidades ni “ternuras femeninas” en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Cfr. Morta p.75 BAC, Introd. Diálogo.

[14] Santos, bienaventurados y venerables de la Orden de Predicadores, Fr Paulino Alvarez, p.488, Vergara 1919.

[15] Epistolario vol.IV,300-301.

[16] Carta 45 Vol.I p.266.

[17] Teresa María de Jesús Ortega, Lo que dijo Dios al volver, p.92 Puerto Rico 1978.

[18] Johannes Jörgensen, Santa Catalina de Siena, p.92. Fontis, Buenos Aires.

[19] Raimundo de Capua o.c,p 237.

[20] Giorgio Papasogli, Catalina de Siena reformadora de la Iglesia, p.60-70.

[21] Johannes Jörgensen, Santa Catalina de Siena, p.12. Fontis, Buenos Aires.