Altar de los santos Felipe y Santiago. Catedral de Córdoba

Altar de los santos Felipe y Santiago. Catedral de Córdoba

Como hemos podido comprobar, el lugar ocupado por la antigua capilla mayor -en uso hasta el traslado definitivo al actual crucero, y, desde entonces, dedicada a la Virgen de Villaviciosa-, sufrió importantes cambios a finales del siglo XIX, incluyendo su espacio circundante, hoy notablemente despojado.

Como después ocurrió con la capilla mayor, crucero y coro, según se ha visto, también la antigua capilla mayor creó en su entorno un mundo piadoso propio y fascinante que participaba del prestigio del espacio más importante de la Catedral hasta 1607. En fechas tempranas, siglo XIII, obispos, canónigos y laicos comienzan a pedir y colocar sus altares de devoción, también con destino, sobre todo, a sepultura.

En este contexto surgió el altar que hoy nos ocupa, perteneciente a la desaparecida capilla de los Santos Felipe y Santiago, y que se encuentra actualmente adosado a uno de los contrafuertes de la capilla de Villaviciosa. Allí, donde nunca hubo altar alguno, se colocó en 1932 el fresco que representa a los apóstoles Felipe y Santiago cuyo autor fue Antonio del Castillo (1616-1668). […] En su nueva ubicación, el arquitecto Don Félix Hernández lo colocó sobre la mesa del antiguo altar, también trasladado, de las Cabezas de San Pedro y San Pablo, que lleva fecha de 1720.

El retablo de yeso está formado por un espacio central con pintura mural, enmarcado por dos motilos sobre los que apoya el entablamento, formado por arquitrabe, friso decorado con hendiduras verticales y cornisa. Remata en un frontón triangular recto. La pintura representa a los dos apóstoles y la Virgen María entre ambos. Destaca en ella el dibujo sobrio y enérgico del rostro y manos de los apóstoles, pletóricos de humanismo y realismo. Restaurada en 1996 por María Cañete.

En esta Sacra Conversación, el apóstol Santiago –llamado el Menor, para diferenciarlo del Patrón de España-, que sostiene un libro con la mano derecha –como escritor de la Carta de su nombre- y con la izquierda el báculo –como primer obispo de Jerusalén-, mira ensimismado el rostro de la Santísima Virgen María, mientras que San Felipe, también apóstol, se dirige a nosotros, como invitándonos a participar de la intimidad de la escena. Es la misma actitud con la que se muestra a la Madre de Dios, quien también parece inducirnos, dirigiendo hacia nosotros tanto la mirada como su mano derecha, a entrar en los misterios de su Inmaculado Corazón, que señala delicadamente con la mano izquierda. Ángeles niños, que sostienen alegorías de la Virgen, y algunos querubes completan la escena y le dan el contrapunto sobrenatural al magistral realismo de Antonio del Castillo –fíjense en el naturalismo con el que se han representado los pies de los dos Santos-.

En efecto, es propio de la pintura del barroco conjugar estos dos aspectos. Y es que, en una época en la que la fe se vivía de manera tan cotidiana, como parte integrante de todas las circunstancias de la vida, Realidad y Sobrenaturalidad no se contraponían, como podemos comprobar en esta admirable pintura. Pero también hoy podemos vivir esta armonía, sin caer ni en una espiritualidad desencarnada ni en un vulgar materialismo. Porque las vicisitudes de nuestra vida, realmente, se asientan siempre sobre un firme fundamento: la existencia de Dios, que es el verdadero principio y fundamento de toda la realidad creada.

Texto: Jesús Daniel Alonso
Cita: Manuel Nieto (La Catedral de Córdoba)

Fuente: Diócesis de Córdoba

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