LA FAMILIA ACTUAL: SITUACIÓN Y PROBLEMÁTICA

LA FAMILIA ACTUAL: SITUACIÓN Y PROBLEMÁTICA

PLANO PSICOLÓGICO-PASTORAL

1. Los JÓVENES Y LA FAMILIA. Los problemas que angustian a la
familia parece que no se muestran ya en estos últimos años en la
forma llamativa que los caracterizó en los años setenta. Sin embargo, no se puede decir ciertamente que haya disminuido su intensidad y actualidad. Alguien sostiene que el problema de los jóvenes y el de la liberación de la mujer (con todo lo que implica para la vida de la familia) poseen la carga revolucionaria de los grandes acontecimientos de la historia y que quedará como el hecho especifico de nuestro siglo. Es posible que esta valoración sea exagerada, pero ciertamente no carece de fundamento en los hechos.

Con dificultad los jóvenes encuentran en la familia un espacio en el
que vivir armoniosamente sus problemas y expresar su creatividad
original, como tampoco reciben respuestas adecuadas de la sociedad con la que se enfrentan.
Sin caer en justificaciones que no vienen al caso, no se puede
dejar de admitir que su descontento va más allá de la buena voluntad y que se ven obligados a debatirse en un enredo oscuro, si bien desgraciadamente con frecuencia se resignan.

2. LA PAREJA Y LA FAMILIA. La familia parece a menudo incapaz
de cumplir su propia función; y si las conclusiones no son siempre
dramáticas, sí son ampliamente insuficientes. No en vano, aunque
equivocadamente, se ha hablado con frecuencia en estos años de fin o superación de la familia y de la pareja, sin indicar por otra parte alternativas concretas y posibles. Queda en pie el hecho de que, dentro del núcleo familiar, sigue sin resolverse el problema de la comunicación, con el cual están ligados todos los demás. No sólo el lenguaje hace resaltar distancias insalvables entre padres e hijos, sino que entre los mismos padres los gestos y las palabras se convierten a menudo en signos de contradicción, huérfanos de los valores de los que debieran originarse. El padre y la madre no se hablan ya o lo hacen a duras penas; o, peor aún, el hablarse es
fuente cotidiana de conflictos. Los hijos, según van creciendo,
renuncian al diálogo sobre los temas más significativos de su
experiencia. Es cierto que los estímulos que llegan de la sociedad son violentos y provocadores, pero la familia, en vez de ser un filtro
aclarador, se convierte en un espacio donde todo se estanca de
modo casi sofocante. Los valores, aunque no estén ausentes
terminan siendo más un refugio individual que un lugar de serena
confrontación y de comunicación interpersonal.

3. FAMILIA Y RELIGIÓN. NO es cuestión de establecer quién tiene
razón o no; lo importante es no velar la realidad y, si es posible,
discernir los motivos. Quizá habría que despertar la conciencia de que la solución está en la realidad de cada uno, y que es ésta la que ha de tenerse en cuenta sobre todo cuando ese alguno son los demás.
Asimismo debemos estar convencidos de que la realidad del
individuo no se agota en su entidad visible, sino que comprende
también su relación con Dios. Pero están lejos los tiempos en los que se hablaba de la familia como de una pequeña iglesia: no
ideológicamente, sino también de hecho, la experiencia y la
supervivencia de los valores religiosos es problemática hoy dentro de la familia. E igualmente la de los valores morales, que ya no poseen la fisonomía inconfundible y absoluta del pasado, pero que tampoco han adquirido (¿por discutibles o por estar ocultos a nuestros ojos?) la dinámica creativa del presente.

4. FAMILIA Y TRADICIÓN. De hecho, uno de los problemas más
agudos y más graves que aquejan a la familia hoy —y no sólo a la
familia— es el de la relación entre presente y pasado.
Los jóvenes sobre todo, aunque también los menos jóvenes, se
sienten confusos y no consiguen encontrar ese vínculo que es la
única garantía de fecundidad: van desde el rechazo indiscriminado a la ignorancia presuntuosa, a la duda quizá oculta y, a veces, a la
exaltación acrítica tan deletérea como infantil. Y ello sin hablar de toda la serie de ansiedades y trastornos que acechan a la vida de familia, y que se pueden reducir al factor económico (desde la
sobreabundancia a la incertidumbre y la necesidad).
Gran parte de nuestra cultura se encuentra aún, por lo que se
refiere a la familia, en fase de análisis (no rara vez desacralizador); y si bien se ha atenuado la fase aguda de rechazo, no se proponen
lineas de soluciones concretas o hipótesis de orientación existencial.
En esta situación es fundamental para los creyentes, y acaso
también para los no creyentes, dirigir la atención a la experiencia de Jesús y de su familia, aunque se trate, al menos en parte de una situación única e irrepetible.
Hablar de la experiencia familiar de María de Nazaret no es sencillo, y se corre el riesgo de caer en lo fantástico o lo arbitrario. Existen, sin embargo, elementos precisos en esta cuestión, y tampoco está tan alejada como parece de nuestra experiencia la mujer-madre que fue protagonista en la familia de Jesús.

VlIl. Relectura bíblica del significado de María en la sagrada
familia

1. LA FAMILIA DE NAZARET Y LOS EVANGELIOS. Todo lo que los evangelios dicen de María se puede entender también como
experiencia de la sagrada familia. No se puede decir ciertamente que fuera éste el objetivo específico de los evangelistas; pero, de hecho,
aquellos acontecimientos nos brindan, aunque sea
fragmentariamente, la historia de una madre, de un hijo y de un
padre; en una palabra, de una familia.
Los evangelistas hablan de María casi sólo por necesidad;
indirectamente, podría decirse. No obstante, ella, junto con José, es
durante muchos años protagonista en la experiencia humana de
Jesús. El carácter ocasional de los datos que nos han consignado los
evangelios sobre la familia de Nazaret y cada uno de sus integrantes
atestigua en favor de la autenticidad de los mismos, que además se
refieren a los momentos esenciales de su experiencia. Los datos
conducen al misterio o forman parte de él.

2. ENCUENTRO ENTRE MARÍA Y JOSÉ. Nada sabemos del
encuentro de María con /José, sino que fue y se trató casi
seguramente de un encuentro normal entre dos jóvenes, en el cual
estaban implicadas perspectivas para el futuro. El primer dato cierto
que nos ofrecen los evangelios es su desposorio con José, según la
costumbre, como la casi totalidad de los jóvenes de entonces: “El
ángel Gabriel fue enviado por Dios a una virgen, desposada con un
hombre…. Ilamado José… La virgen se llamaba María” (Lc 1,26-27).
Nada sabemos de los ritmos de este encuentro, de la intensidad de
comunicación de la que nació, qué perspectivas hizo nacer en el
corazón y en la mente de estos dos jóvenes. Nos es licito, sin
embargo, pensar que esta indicación de Lucas no está cargada de
significados particulares indica una condición común, el comienzo de una historia como tantas otras, que se convertirá luego en
extraordinaria por la intervención de Dios. En efecto, en el momento mismo en que el evangelista presenta a estos dos desposados con una fórmula que debía ser corriente, introduce un elemento que forzará a los dos jóvenes a reconsiderar el significado de su relación y de su camino futuro.

3. MARÍA Y JOSÉ FRENTE A LA CONCEPCIÓN DE JESÚS. El
ángel le anuncia a la joven la concepción de un hijo en la que José no tomará parte, al menos en la forma que comúnmente se piensa. No obstante, ella tenía un compromiso que respetar y también el vínculo de un amor, que exigía tomar en común decisiones tan graves.
María ciertamente conocía la promesa hecha por el Señor al
pueblo de Israel y fomentaba en su corazón la esperanza del mesías, quizá en el breve coloquio con el ángel intuyera también que aquellas palabras hacían relación al gran acontecimiento que había iluminado toda la historia de su pueblo. Pero ante la propuesta de Dios debía tomar una decisión gravísima, que iba a comprometer no sólo toda su vida, sino también la de José. Es imposible saber en virtud de qué elementos maduró su consentimiento, qué sentimientos acompañaron su adhesión a un futuro desconcertante, además de sublime.
Ciertamente, la fe; y, en la fe, la certeza de que Dios se confiaba a la libertad de su elección y que el poder del Altísimo iba a alinearse
definitivamente con su debilidad.
Desde el punto de vista humano, María, en aquel momento
decisivo de la historia, estaba terriblemente sola, y el pensamiento de José no facilitaba sin duda su decisión. Aunque se nos escapan en detalle los movimientos de su espíritu, es indiscutible la grandeza de su gesto, con el cual, después de haber percibido el significado misterioso del querer divino, acepta la propuesta de Dios, confesando así que él es el señor absoluto y que nada debe detenernos cuando su voz es clara dentro de nosotros. Luego deberá afrontar el impacto de su decisión con la realidad cotidiana, pero eso forma parte del riesgo que exige la fidelidad. Podemos pensar que después de aquella experiencia extraordinaria todo siguió de manera normal; sin embargo, no debía de estar exenta de temblor la mirada que se posaba en José, desconocedor todavía de lo acaecido.
La vida cotidiana reanuda su ritmo, y María, antes aún de tener paz total en su relación con José, afronta los deberes que de todas formas estarían ligados a su historia y a su parentela. Según el esquema del evangelio de Lucas, inmediatamente después de la anunciación del ángel, María va a visitar a su prima Isabel. Puede que fuera un compromiso ya aceptado, o quizá la respuesta a una exigencia concreta; ¿pero es posible que esta joven no sienta la necesidad, antes de cualquier otra cosa, de poner al corriente de cuanto le ha sucedido a su compañero? Semejante cosa es inconcebible; por eso puede verse una explicación en la estructura de la narración de Lucas (otra cosa es su intento de ordenar la sucesión de los hechos) o en el secreto del corazón de esta joven, ciertamente fuerte y animosa.
Desde la conciencia de la intervención de Dios daba sus pasos con
decisión, pero muy segura de que la confrontación con José habría de ser inevitable en los días sucesivos, segura también quizá (o al menos llena de confianza) de que de algún modo la astucia de Dios aplacaría también la impetuosidad del hombre.
El episodio de la visita a la prima Isabel es un hecho simple y
normal; pero los personajes, casi a pesar suyo, están como
superados por las dimensiones de lo que proclaman sólo con verse.
Isabel volverá a la sombra, y María seguirá su peregrinar como mujer y como madre, para confirmar con gestos y palabras el significado de su proclama solemne, para hacer de su vida aquella alabanza al Señor que quizá en el Magnificat estaba también ligada a la memoria.

Mientras, no hemos de pasar por alto el hecho de que esta joven,
aunque su vida hubiese sido a la vez transfigurada y trastornada por el plan de Dios, afronta un viaje largo e incómodo para dar una
prueba de generosidad y de participación delicada en un asunto
sorprendentemente ligado al suyo.

4. EL DRAMA DE JOSÉ. JOSE/DUDAS: Luego vuelve a su casa, a
las tareas cotidianas, a las palabras y a los silencios, en los cuales
José está cada vez más pensativo e inquieto. Cuando se hacen
evidentes en ella las señales de la maternidad, José vive días
terribles: a la duda, a la sorpresa, a la rabia quizá reprimida, se
añadiría la amargura de haber sido sin más excluido, al menos hasta aquel momento, de acontecimientos que exigían también de él una gravísima decisión. El cuadro familiar se hace dramático: José era
hombre justo (lo cual significa, como sabemos, que no llegaría a obrar con superficialidad o de manera egoísta, y menos aún, sin ajustar su comportamiento a las enseñanzas de la ley); mas esto, si acaso, complicaba en el plano humano su posibilidad de una valoración decisoria en una situación de la cual, presumía, debiera haber sido hecho participe anteriormente —a su tiempo—.
Se ha cedido a menudo a la tentación de interpretar en detalle la
experiencia interior de José; pero yo creo que es mejor detenerse a contemplar a este hombre y a esta mujer, ligados ya por promesas y realidades de amor y enfrentados con una vocación que no elimina este amor, pero que lo somete a pruebas para nosotros casi inimaginables.
El texto evangélico repite, en un cierto sentido también para José
todo lo ocurrido con María. El ángel del Señor llega sin sombra de
equívocos a la conciencia de José con una indicación precisa y ligada a lo concreto de la vida cotidiana: “No temas tomar contigo a María…, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús…” (Mt 1,20-21).
María había elegido el silencio y afrontado meses que para José
podían tener el sabor del desafío; no había vacilado, quién sabe con qué pensamientos y qué sensaciones, en ser objeto por parte de él de incredulidad y de sospecha.
Al comprobar que el primer responsable, el ordenador de aquella
trama dentro de la cual hacía meses que vivía, dichosa y asustada al mismo tiempo, su mujer, era el Dios de su fe, José se aplaca y vuelve a coger las riendas de su vida de joven y enamorado, insertando en sus planes futuros una realidad humanamente increíble. Tampoco él, seguro que no sin esfuerzo y sacando luz de la fe, vacila en aceptar con plena adhesión el mensaje del ángel y en dar un puesto definitivo a la presencia de Jesús en la historia.
Mateo, tomando casi a la letra las palabras que usa Lucas para
relatarnos el anuncio del ángel, concluye la presentación de la familia de Nazaret asignando a cada uno de sus protagonistas un papel que no podrán ni querrán vivir pasivamente: “José, habiendo despertado del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su mujer sin que la conociera; ella dio a luz un hijo, al que él puso por nombre Jesús” (Mt 1,24-25).

5. EL NACIMIENTO DE JESÚS. Desde este momento hemos de
pensar en una vida familiar cuyo secreto respetamos, pero que a los ojos de todos debía resultar normal y común (recuérdese la sorpresa que muestran los compaisanos ante Jesús al comenzar éste a manifestarse en público: cf Mt 4,16ss).
No me parece justo confiar a José sólo el papel de protector
respecto a María primero y al hijo después. Por otra parte, la madre de Jesús había sido capaz de tomar tales decisiones por su cuenta como también José, sin dar un significado particular a la
comparación—, con lo que demostraba que no era de protección de lo que tenia necesidad, si acaso, de participación y de solidaridad. Así es como hablan de ellos los relatos evangélicos.
En el nacimiento de Jesús, María, prescindiendo de la soledad
invencible que acompaña a cada individuo, puede compartir su
experiencia con José, afanarse con él en busca de un lugar adecuado y, con él, gozar de la presencia del hijo: los pastores “fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre” (Lc 2,16). Y luego también, con el solo consuelo de la fe y de aquella presencia hecha ya visible y tangible, recorre con José vicisitudes que son como las de otros miles de familias y que únicamente a los ojos del creyente adquieren dimensiones extraordinarias.
Se ven obligados a huir a Egipto, perseguidos por la ambición
ciega y cruel de Herodes, saboreando lo comprometida que está ya
su vida con la del hijo. En este momento ya entre María y José hasta
el silencio se ha hecho comunión. Y el punto de referencia es él.
Desde el principio se ve que todos los acontecimientos tienen el sabor
y la ambigüedad de la condición humana. No hay alegría que no esté
veteada de pena, así como el dolor está siempre iluminado por la
esperanza y por la fe. La madre escucha estupefacta y turbada las
palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Se da cuenta, lo
mismo que durante la huida a Egipto y el destierro, de que aquel hijo, aunque exige una entrega total y una solicitud ilimitada, no puede y no debe ser objeto de posesión. También por esto, aparte de la parcial oscuridad, la predicción de sufrimientos y dolores, las palabras que se dicen de él, las que él dice, sus gestos y sus decisiones son objeto de reflexión, no sólo inmediata y emotivamente intensa, sino también en el cauce ininterrumpido de la memoria.
La larga y no siempre fácil “peregrinación en la fe” (LG 58) está
sólo en su principio; y nosotros, probablemente, por ser más humanos y por tener una fe menos desencarnada, debemos estar con ella y con José, dentro del desarrollo de aquella experiencia que conduce a la plena conciencia del misterio de Jesús; pero al comienzo, y luego también más adelante, ellos “no comprendieron lo que les decía” y andaban (sobre todo la madre) acumulando en el corazón cuanto ocurría e indagando, guiados por el Espíritu, el significado insondable de ciertos hechos y de ciertas palabras.
Los creyentes hoy pueden estar sujetos a dos peligros: o vulgarizar
en su historicidad existencial estos hechos, o ver sólo significados
extraordinarios, exentos de todo lo que ha significado y significa el
drama cotidiano.

6. VIDA COTIDIANA Y MISTERIO. En las ocasiones de la vida
pública en que la madre está presente (Caná; mientras Jesús habla a las turbas; la cruz) queda claro que nadie más que ella está dentro de la aventura del hijo, y que, al mismo tiempo, también ella, como los demás, es la humilde discípula creyente, imposible de compararse con él; la primera entre todos, no por ser biológicamente madre, sino por ser más que todos creyente y, en este sentido, generadora de la Vida:
“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… Luego,
extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y
mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”
(/Mt/12/48-50).
¿Fue acaso ésta la experiencia más profunda, no sólo en el plano
religioso, sino también en el humano en los largos años de la vida
privada de Jesús? Después del encuentro con Simeón, la vida
cotidiana vuelve al primer plano, y, para el niño, incluso la huida a
Egipto se encuadra en el juego de lo cotidiano.
Ya se ha hecho referencia a la dificultad y al riesgo de imaginar
algo de aquellos años. Y repito que quizá es mejor frenar la
imaginación y ahondar en cambio los elementos explícitos que
poseemos.
Treinta años en la vida de una madre y de un hijo son muchos: son
hechos, palabras, silencios; son miembros que crecen; son trabajo
aprendido de las manos del padre; son necesidades confiadas con
pudor, y otras mil vibraciones que casi no es licito imaginar. Sin
embargo todo lo que el evangelio nos dice de las relaciones entre la Virgen y Jesús niño ha sido un misterio de amor y de relaciones
recíprocas. De esos treinta años no conocemos más que un episodio.

7. LA PÉRDIDA DE JESÚS. El niño tiene doce años, es ya un
muchachito. Sabéis lo que hizo y conocéis la turbación de su madre.
En aquel momento la Virgen no comprendió la psicología de su hijo.
Hemos de leer el evangelio tal como está escrito. Por primera vez ante el hijo de doce años ella sospecha algo que la hace sufrir: “Al verlo se quedaron maravillados, y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados” (/Lc/02/48).

No sé si lográis imaginar cuáles son los sentimientos de una madre
hacia su propio hijo. Este hijo es suyo, le pertenece; y, sin embargo, ella descubre en él algo que la trasciende, que le separará de ella. Es un misterio ser madre de Dios. Y resulta también difícil entender hasta qué punto esta simple condición podía estar exenta de dolor. Cuando su hijo tiene doce años, ella descubre de pronto, en una actitud de él, que en su vida hay un gran misterio. Y el evangelio añade: luego les estuvo sometido como un muchacho cualquiera de una familia cualquiera. Pero dentro de este aparente anonimato sabemos ya qué realidad fermenta, qué amor, qué afanes y cuánto esfuerzo para crecer en la fe.
Nada más falso, pues, que ese ambiente dulzón e irreal de las
imágenes piadosas que representan a la “sagrada familia”: una familia que vive su historia, viendo a un hijo irse de casa para afrontar una aventura cuyo peso habrán de llevar todos, cada uno a su modo, compartiendo la responsabilidad.

IX. María en la espiritualidad familiar

1. LA FAMILIA, LUGAR DE LIBERACIÓN. FAM/LUGAR-DE-LBC:
Volviendo ahora al tema general de la familia, podemos preguntarnos más específicamente si la historia de María como mujer, esposa y madre puede compararse, y en qué términos, con la situación actual de los núcleos familiares (obviamente con una referencia particular a la condición de la mujer).
Ante todo, creo pueda decirse que, partiendo de la figura y de la
experiencia de María, protagonista en primera persona de la historia de la salvación de su pueblo y de la humanidad entera, está clara una perspectiva para la familia en el camino de la liberación: la familia debe ser un lugar de hijos liberados y liberadores, donde el hijo crezca de acuerdo con una autonomía propia, y no como propiedad del padre o de la madre, y mucho menos donde la mujer sea propiedad del hombre; una familia de hijos de Dios, de la libertad y de la resurrección. Ésta es quizá la conclusión de todo, pero el camino puede ser muy lento.

2. LA RELACIÓN HOMBRE-MUJER. El primer dato está ligado a la condición objetiva de las personas: un hombre y una mujer -José y María- proyectan juntos la vida. Por más que una cierta tradición
pueda pensar lo contrario, se puede decir que la fila que sigue al
Cordero no está interrumpida en su estructura armoniosa por el
hombre y por la mujer que se dan la mano. Independientemente de la sucesiva intervención de Dios, el proyecto de María y de José era el de vivir juntos.
Además, si es cierto que Jesús era portador de reconciliación entre
todas las criaturas, nadie ha comprendido el deseo de Jesús y lo ha vivido mejor que su madre.
De todos los acontecimientos que se refieren a la Virgen, el que se
puede considerar como una aportación auténticamente personal y
original es justamente esta experiencia suya de comunión y de
reconciliación vivida con José. ¿No podría ser justo ésta la
participación de María en el plan de Jesús, modelo y base de todas
las reconciliaciones?. A mi me parece normal y obvio, y no fruto de la fantasía, concebir a María como una mujer en relación, como pareja.
No hay duda para los cristianos de que José fue biológicamente
extraño a la concepción de Jesús; pero junto a la mujer que se había escogido, su presencia fue siempre deseada, intensa y llena a la vez de humanidad y de fe, a juzgar por sus decisiones.
María ciertamente no soportó la presencia de un marido (José), del
que le hubiera gustado prescindir, para evitar un estado civil
infamante o convertirse en modelo de una resignación falsa de la
mujer. Al contrario, vivió y realizó aquella experiencia de reconciliación y de comunión con el hombre libre del miedo del deseo de posesión y de dominio y de aquella debilidad que lleva a construir un muro protector para que la familia no se abra al mundo. No sabemos los términos concretos en que esto ocurrió; pero no es posible que la familia de Jesús no fuese un lugar de amor liberador, no sólo para los protagonistas dentro de ella, sino para todo el que de algún modo se pusiese en contacto y conocimiento con ella.
Según el evangelio (cf la fiesta por la vuelta del hijo pródigo), la
vida no es un hecho individual, sino un acontecimiento totalizador que sólo se comprende cuando se la dedica por entero a la búsqueda de relación y comunión (que son los momentos de la reconciliación). Esto viene también de la familia de Nazaret: la invitación a no dogmatizar la soledad, a no entender mal el celibato por el reino, a no olvidar que la relación-reconciliación es una de las raíces salvíficas de la historia, y que no es un azar que el misterio de la salvación esté ligado a la historia de una pareja y de una familia.

3. LA EXPERIENCIA DE FE. M/FE: Ya me he referido a la
experiencia de fe de María. Una fe que implica el susto, el sufrimiento, la duda, la inquietud, la fatiga y el abandono. No fue fácil para ella: el anuncio, el secreto entre ella y José, las profecías, la muerte de muchos niños -los inocentes- a manos del furor de Herodes por causa de su hijo, las ansiedades de los tres días de búsqueda y las palabras nada fáciles de Jesús, su partida de la casa materna y los encuentros por las calles de su predicación. Y ciertamente también muchas horas y días de gozo, de paz y de intimidad. Toda mujer que desee vivir el evangelio compartiendo la vida con un compañero y con la eventual presencia de los hijos, tiene necesidad de esta única certeza que es patrimonio de los discípulos de Jesús: la fe. La pareja y la familia deben ser condición que favorezca el crecimiento y la libertad-liberación individual. La mujer, así como ha de encontrar espacio para su propia realización, debe procurar también que su presencia no sea obstáculo al crecimiento de los demás. Cuando la meta se hace camino, aunque sea en el límite de la comprensión humana cada uno de los protagonistas de la vida familiar ha de estar decidido a recorrerla hasta el fondo. Y cuando la vocación hacia esta meta lleva la impronta del Espíritu, se necesita valor y tenacidad y fe para no dejarse vencer por la debilidad y la inquietud.
La familia de Nazaret puede que mas dé qué pensar, pero nos
garantiza que la fidelidad a Dios no mata los sueños del hombre, sino que los hace aún más fecundos. Es legitimo, y puede que incluso necesario, que cada uno elabore el proyecto de su propia vida, haciéndola comunión con los demás, pero permaneciendo al mismo tiempo disponible a cualquier invitación que llegue de la gracia, consciente de que la fidelidad a Dios coincide con la fidelidad al hombre. Y cuando las circunstancias rebasan la comprensión, la Virgen se convierte en testigo de un valor para el que no basta ya el cálculo racional y la decisión sin riesgo: la acción ha de ir acompañada de la contemplación, la escucha de la palabra, la oración.
También para nosotros, como para ella, el Señor omnipotente ha
hecho y hará cosas grandes.

4. MATERNIDAD Y SEXUALIDAD. Un aspecto que hasta ahora me parece ignorado por la investigación teológica (y puede que también exegética) es el de la relación entre amor, sexo y maternidad (o paternidad). No está en juego la concepción milagrosa de Jesús. De lo que se habla es de la experiencia de María y de José, y luego también de Jesús, frente a los problemas del eros; es la relación entre sexo y maternidad-paternidad, problema que forma parte del tejido vivo de la familia de hoy.
Si la realidad íntima del hombre salvado, del verdadero discípulo
del Señor, está en “decidirse libremente por el amor”, entonces
también la experiencia familiar debe entrar en esta perspectiva. Desde el punto de vista de la fe, la vida familiar es juzgada en referencia a su capacidad de hacer madurar el amor a través de las relaciones que garantizan su existencia. Desde esta perspectiva no se puede excluir la pulsión sexual, que puede convertirse en amor o en muerte.
El cristiano sabe que no puede hacer más que una elección, a
saber: convertir su sexualidad en una búsqueda confiada de gozo, en una ascensión gratificante, cualquiera que sea el modo de realizarla, hacia el amor (caridad). Sin hacerse la ilusión de que es fácil; pues, por una parte, la experiencia de amor, hecha posible y obligatoria por el matrimonio, posee el valor de un compromiso profundo y duradero (fidelidad), y, por otra, la misma situación es propuesta por Jesús como relativa y provisional, si se la enfrenta con las instancias últimas del reino, y está siempre expuesta a las asechanzas del mal y de la debilidad.
Podríamos preguntarnos qué tiene que ver con todo esto María de
Nazaret y su familia.
Estos problemas, algunos de los más agudos que caracterizan la
experiencia familiar de hoy, no pueden ser ajenos al análisis de una realidad que ha sido durante siglos propuesta como modelo cristiano de las relaciones familiares. No hay duda de que para María de Nazaret la maternidad es un elemento fundamental y de alcance incalculable, dado que se trata de un fenómeno que implica a Dios mismo (encarnación del Verbo). Mas, dicho esto,
podemos preguntarnos qué papel ha tenido para la madre de Jesús la sexualidad y qué lazo, relación o referencia significante tuvo ésta con su maternidad. Ateniéndonos a los conocimientos que hoy poseemos de la persona humana, debemos garantizar a esta mujer judía, incluso en virtud de su novedad, una experiencia completa, o mejor, cumplida, de la pulsión sexual como afirmación del amor.
En esta experiencia están inevitablemente implicadas las relaciones que ella tuvo con los demás, partiendo de aquellos con los cuales compartió tiempo y techo. No es licito y quizá es también poco productivo, indagar sobre los ritmos y los modos, cuya intensidad y riqueza sólo podemos imaginar. Pero es indudable que María de Nazaret fue mujer a titulo pleno y madre de un modo tal que la diferencia de las otras sólo por la plenitud y la sublimidad.
Sabemos lo problemática que es hoy, dentro y fuera de la familia,
la experiencia y la concepción de la sexualidad, incluso para los que guiados por el Espíritu hacia el reino, constituyen en la fe la
comunidad de los discípulos del Señor (iglesia). Y hay quien sugiere una exploración autónoma de la sexualidad respecto a la procreación, así como una revalorización de la maternidad, a fin de que se convierta en un signo de libertad más que en una necesidad ”biopsíquica. La investigación teológica en general, y también la exegética, parece que no han explorado aún a fondo y con plena libertad este problema por lo que atañe a la persona de María, considerando también el binomio virgen-madre, pero evitando el riesgo y las simplificaciones que terminan desencarnando los contornos de su figura.
Todo en ella está orientado y encaminado al reino de Dios
anunciado por Jesús, y por tanto también los impulsos y la riqueza de su mundo afectivo; pero todo permanece, contemporáneamente y de modo benéfico, mareado por su carne, partícipe en esto y solidaria de todas las criaturas.
Entretanto, de sus gestos y de sus palabras emerge una
indicación, subrayada ya por la tradición cristiana: la sexualidad
puede y debe permanecer colmada de humanidad aunque se la viva radicalmente en perspectiva escatológica y de tal modo que no incluya la relación genital.
En cuanto a la maternidad es el término de una decisión personal y
libre, que exige mucho más que el puro vínculo biológico. Por eso la sexualidad para una mujer (y, por consiguiente, también para un
hombre) no encuentra su significado único e indivisible en la
maternidad. Un hijo no es y no debe ser considerado fruto de la
debilidad de la carne, sino un signo del esplendor de Dios y de las
infinitas potencialidades del hombre. Ser madre (y ser padre para
José) no fue fácil ni siquiera para la “llena de gracia”. Pronta a
condividir el hijo con Dios y con los hombres, sufrió los momentos en que otros o él mismo le hicieron explícito y casi tangible el precio de ser libre para la salvación.

5. PADRES E HIJOS. Cualquiera que sea la fisonomía de la familia
(y la de Nazaret era ciertamente única e irrepetible), los hijos son
personas respecto a las cuales no serán nunca bastantes la atención, el esfuerzo y la entrega para que nada en su crecimiento se vea sofocado o incluso sólo herido. También por esto los padres tienen necesidad de profundizar constantemente su fe y ampliar su
experiencia religiosa a la comunidad cristiana en la que están
insertados, no descuidando aquellos momentos de oración
privilegiada con los hermanos en la cual el Señor se hace presente.
Los hijos tienen su propia imaginación, y hay que estar atentos y
disponibles no sólo a cualquier sorpresa que pueda acompañar su
crecimiento y su realización y comprometer los proyectos y
aspiraciones de los padres, sino también prontos a afrontar con ellos acontecimientos en los que la fidelidad a la propia vocación personal (el Espíritu sopla donde y cuando quiere) parece sacudir de raíz cuanto se había proyectado o sólo entrevisto. No se trata aquí de una actitud rigorista o permisiva (cuestión más fácil de resolver teniendo en cuenta las aportaciones decisivas de las ciencias humanas), sino del temblor con que se mira la vida y de la capacidad de no plegarla o aprisionarla dentro de visiones que, por amplias y nobles que parezcan, resultan siempre estrechas frente a la originalidad creadora de la que es capaz el hombre, imagen de Dios y colaborador suyo.
Quizá en esto justamente es ejemplar el itinerario de la familia de
Nazaret.
Cada uno de los protagonistas está llamado al máximo esfuerzo
para vivir su propia vocación y para armonizar su camino personal con la vocación de los otros.
Cuando el “hijo del carpintero” deja la caravana a los doce años y
se detiene en el templo para ser fiel a su misión, su madre y su padre no encuentran alivio a su dolor en una escena de efusiones afectivas
y de conciliación que recorten el alcance de lo acaecido; más bien vuelven a la vida cotidiana saboreando de nuevo sin duda la
presencia sumisa del hijo, pero llevándose contemporáneamente en el corazón el presagio de un futuro en el que al dolor se añadiría la tentación de proteger a aquel  audaz, que ciertamente no habría de detenerse en el umbral de su sufrimiento.

6. VALOR DEL SUFRIMIENTO. En los días en los que el sufrimiento se hace más agudo, hasta el epílogo de la cruz y de la muerte, la madre, aunque se sienta herida por un profundo sentimiento de humana impotencia, está allí presente y participa, guiada no sólo por su pasión materna, sino también por la fe que la hace discípula y colaboradora del hijo, salvador del mundo.
Son días de particular confrontación entre dos personas que
habían vivido una situación excepcional, una experiencia de comunión que va más allá de las palabras, un ser madre e hijo que sirve de fondo a toda posible humanidad y rebasa sus límites hacia la realidad del reino.
El que vive hoy los afanes y las alegrías de la familia, y cualquiera
otro que desee ser discípulo del Señor, no puede descuidar lo que
forma parte del patrimonio de su fe: esta participación en un
testimonio único, en una lucha y un esfuerzo común, en un mismo
sacrificio que implicó a una mujer, María, como protagonista en
primera persona de la obra de salvación de su pueblo y de toda la
humanidad.
Las palabras de Jesús desde la cruz, cuando le confía a Juan su
madre y le indica a la madre a Juan como hijo, confirman una vez más su atención a las exigencias del humano existir y proyectan a lo largo de toda la historia de la humanidad y de la iglesia la presencia insustituible de la madre.
Parece posible afirmar que en el momento de la muerte de Jesús
José ya le había precedido, y que la Virgen se había quedado sola.
Al confiarla a Juan, Jesús cumple su deber de hijo, muestra su
solicitud por su madre, la cual, después de una experiencia tan
extraordinaria, iba a verse privada no sólo de una presencia a la que podía de algún modo remitirse, sino que iba a encontrarse
humanamente cada vez más frágil y sola.
Puede que no faltara siquiera algún motivo social en la
preocupación de Jesús, pero ciertamente era un gesto de
observancia del mandamiento de honrar padre y madre.
El hijo sigue siendo un hijo, lo cual forma también parte de su ser
de salvador de los hombres, y la madre no deja de ser madre incluso cuando su maternidad asume como propios los confines de la humanidad entera.

B. ANTONINI
DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 778-788