FUNCIÓN RADICAL DE LA FAMILIA DENTRO DEL NT

FUNCIÓN RADICAL DE LA FAMILIA DENTRO DEL NT


A) PLANO EXEGÉTICO-TEOLÓGICO
Se ha escrito poco sobre el tema, quizá por la resistencia que los 
católicos hemos encontrado ante los datos aparentemente 
antimarianos de Mc 3,31-35 y Lc 11,27-28. Pues bien, esos mismos datos, interpretados a la luz del mensaje de Jesús, nos permiten descubrir el sentido de María de forma positiva y muy intensa. 
Partiendo de ellos valoramos lo que implica la familia cristiana. 

I. María y la ruptura familiar
Cuando Juan Bautista afirma que el camino del mundo ha 
terminado (cf Mt 3,7-12) se está refiriendo a “todo” el mundo viejo, 
incluidas las formas antiguas de familia, ligadas a la estructura 
patriarcal israelita. Jesús de Nazaret asume el valor de ese juicio, y 
precisamente desde el fondo de aquella destrucción familiar (israelita) comienza a pregonar el reino. 
Lógicamente, Jesús debe abandonar su familia, con todo lo que 
eso presupone en Israel, pueblo patriarcal que absolutiza los lazos de la carne (unión matrimonial) y de la sangre (descendencia). Jesús quiebra ese mundo, trasciende la estructura social israelita y sale en busca de los hombres más perdidos, en las calles, los caminos y las plazas (cf Lc 14,1524). Ellos le rodean y le acogen. Con ellos crea un nuevo tipo de fraternidad de liberados para el reino. Es normal que los suyos (hoi par autou) le consideren perturbado o fuera de sentido (Mc 3,21). 
La redacción de Marcos interpreta esta postura de los familiares de 
Jesús a la luz de la acusación posterior de los escribas de Jerusalén: “¡Tiene a Beelzebul!”, en el fondo es un poseso (/Mc/03/22-29) porque rompe la estructura sagrada de su pueblo e introduce dentro de ella elementos de perturbación muy peligrosa. Allí donde se quiebra el orden patriarcal es porque actúa el diablo, piensan los acusadores. Pues bien, Jesús se ha defendido de la acusación de los escribas, al tiempo que explicita su experiencia nueva de familia: “Mirando a los que estaban sentados en corro, alrededor suyo, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos, porque quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,34-35). 
La tradición evangélica conserva y acentúa esta palabra, 
introduciendo en ella algunos rasgos significativos. Mateo identifica la familia nueva con el grupo de discípulos (mathetai) o comunidad 
escatológica del Cristo: como cimiento de ella pone al Padre de Jesús, a Dios, como principio de nuevo nacimiento. La experiencia radical de la paternidad de Dios, actualizada y extendida por Jesús, rompe los antiguos lazos familiares, crea la familia nueva de discípulos (cf Mt 12,48-50). 
PD/FAMILIA: Lucas, por su parte, ha destacado la actitud de los 
creyentes: la familia nueva surge allí donde los hombres escuchan 
(akuein) la palabra, acogiéndola por dentro para realizarla (poiein). 
De esta forma nos conduce a la raíz del evangelio, allí donde el 
sembrador de Dios va sembrando la palabra (cf Mc 4,14) y los 
hombres pueden renacer a la existencia verdadera. Sólo en ese plano surge la familia de Jesús, el Cristo (cf Lc 8,19-21)3. 
Los representantes del orden antiguo entienden su familia en clave 
de estabilidad social, al servicio de la descendencia (madre) y de la 
unión de grupo (hermanos). Ellos son conservadores, defienden la 
estructura. Por eso llevan a la madre como signo del valor de sus 
pretensiones. Así suscitan y motivan la respuesta de Jesús, que se 
sitúa al margen del sistema establecido, como marginado mesiánico, y quiere establecer una familia nueva de hijos de Dios (Mt), que escuchan y realizan la palabra (Lc). 
FAM-AUTENTICA/PD: La verdadera familia no es, por tanto, algo 
ya dado, en clave de unidad biológica o cohesión grupal. Los 
hombres no son familia auténtica en nivel de carne y sangre: se 
hacen familia en la medida en que asumen voluntariamente unos 
valores, optan por ellos y por ellos se vinculan, a fin de realizarlos. En otras palabras, la familia no es un privilegio que algunos han recibido por nacimiento y que conservan con orgullo ante los otros (ricos ante pobres, judíos frente a gentiles). La familia es un camino que empieza allí donde los hombres, reunidos en torno a Jesús, cultivan juntos la experiencia de la gracia y se vinculan de una forma gratuita, creadora, a partir de la palabra. 
En esta misma perspectiva nos sitúa otro pasaje radical del 
evangelio. En clave puramente israelita, una mujer del pueblo 
exclama: “¡Feliz el vientre que te ha gestado y los pechos que te han amamantado!” (Lc 11,27). Vientre y pechos pertenecen a María: ella es la madre que ha engendrado y ha nutrido, en actitud de hondura y abundancia corporal, como indicaban desde antiguo las grandes diosas-madres de la fecundidad, que constituyen el signo sacral preferido del oriente. En un sentido más extenso, vientre y pechos son la historia de Israel, la vida del pueblo mesiánico, representado como “doncella de Israel” y madre gestante, en una tradición bien conocida que desemboca en el mismo Juan (Ap 12,2). 
La misma realidad del pueblo israelita, condensado en María, se 
interpreta aquí en un plano de fecundidad biológica y orgullo nacional, tomando “nación” en su sentido originario, de nasci (nacer). María es una especie de función reproductora. Su valor personal desaparece y desaparece su propia identidad interior, ese nivel de libertad y de confianza (fe) donde se expresa y realiza la persona. Por eso, Jesús ha respondido: “Felices más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” ( /Lc/11/28). 
De nuevo hallamos las palabras primordiales: escuchar y cumplir, 
acoger y responder. Ellas definen la verdad del hombre como oyente de la palabra, capaz de recibir en libertad la libre palabra del misterio, en diálogo con Dios. Por eso, el ser humano.”se hace”; no se limita a dejar que Dios le haga, sino que debe hacerse a partir de la palabra que Dios siembra en su interior. Desaparece así la imagen de la “madre orgullosa”, vientre-pechos de los viejos mitos de la fecundidad. También desaparece la “madre engendradora” en plano nacional, a la que aluden muchas esperanzas israelitas. Queda simplemente la persona, esto es, el varón o la mujer que saben escuchar y actúan desde el fondo de su propia libertad, realizando de esa forma su camino humano y religioso. 
En una perspectiva semejante se sitúa el pasaje que presenta la 
venida de Jesús a su patria (Mc 6,1-6 par), al lugar de su educación y crianza, como precisa Lc 4,16. Viene con sus discípulos (Mc 6,1), es decir, con el grupo de sus nuevos familiares, y se encuentra en la misma sinagoga con los viejos paisanos de su pueblo. Lógicamente, el encuentro se convierte en choque. Los nazarenos reconocen la novedad de Jesús. “¿De dónde ha recibido tales dones y qué tipo de 
sabiduría es esta que se le ha dado, de tal forma que broten milagros 
de sus manos?” Jesús rompe sus esquemas, desborda aquello que 
podrían esperar dentro de Israel. Por eso siguen preguntando: “¿No 
es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y 
José…?” (Mc 6,2-3). Quieren situar a Jesús en el campo de su 
experiencia tradicional y no pueden. Por eso se escandalizan, es 
decir, se dividen internamente, y deciden rechazarle, permaneciendo 
en sus antiguas seguridades familiares, en sus tradiciones 
judeo-nazarenas (cf Mc 6,3-6). 
Todo el pasaje se ilumina desde la palabra de Jesús en torno al 
vino nuevo: nuevo es su vino, pero los nazarenos han querido 
introducirlo en el odre viejo de su judaísmo familiar, fijado desde 
antiguo. Lógicamente, el odre se rompe (cf Mc 2,21-22), y los judíos permanecen en su incredulidad, sin entender a Jesús (Mc 6,6). En esta linea ha de entenderse el argumento del texto. Los nazarenos tienen que admitir un tipo de Sabiduría que “ha sido dada a Jesús” (he dotheisa touto). El verbo en pasiva está indicando que el sujeto de la acción es Dios, de forma que el pasaje puede traducirse: “¿qué sabiduría es esta que Dios le ha dado?” Pero, al preguntar así, ellos dudan del origen y validez de esa sabiduría de Jesús y también dudan del “dios” que se la ha dado. En realidad, se han situado en la misma linea de los escribas de Mc 3,22: ¿será Dios quien obra por medio de Jesús o será más bien el diablo? 
Pues bien, la novedad del texto está en que ahora, en el centro de 
la discusión, pone a la madre: “¿No es éste el hijo de María?” (Mc 
6,3). Los nazarenos conocen a la madre y hermanos de Jesús, 
anclados en el suelo de la tradición israelita. En ella prefieren 
quedarse, en un nivel de carne y sangre, rechazando como peligrosa la novedad de Jesús que ellos definen como una “sabiduría que hace milagros”. Así clausuran a Jesús en el espacio de la madre y los hermanos, en un plano que está dominado por la tradición. Esa tradición es la que debe mantenerse, como seguridad nacional (de patria), frente al nuevo cambio y camino de Jesús, que se presenta con sus discípulos con una sabiduría que quisiera ser la expresión de Dios. Pues bien, los nazarenos piensan que Dios no habla por esa nueva sabiduría de Jesús. Por eso le rechazan. 
Significativamente, este pasaje ha planteado el tema de Jesús y de 
María en su lugar central, allí donde Mateo, Lucas y Juan vendrán a darnos luego su palabra más profunda. Ante los ojos de los 
nazarenos, la madre de Jesús pertenece al mundo viejo, está 
encerrada en el espacio de unas tradiciones y seguridades que 
deben mantenerse. Pero la misma pregunta que ellos hacen, 
hábilmente destacada por Marcos, viene a situar el tema en el espacio de la Sabiduría de Dios, que Jesús ha recibido y que transmite a través de sus milagros. Frente a frente se sitúan las dos imágenes de Jesús: es emisario (hijo) de la Sabiduría de Dios para aquellos que responden afirmativamente a su mensaje, aceptando su camino; es sólo hijo de María y hermano de los israelitas para aquellos que se quedan en el plano de los paisanos de Nazaret. Estos, los judíos incrédulos (Mc 6,6), no han sabido compaginar la actuación y origen de Jesús con la Sabiduría de Dios: interpretan la familia de Jesús en un nivel de pura carne, rechazan su novedad mesiánica. Sin embargo, los creyentes verdaderos (cristianos) saben aceptar la paradoja mesiánica y confiesan que el hijo de María (hermano de ios nazarenos) es, al mismo tiempo, emisario de la Sabiduría (Hijo de Dios). 
Este pasaje es importante porque ha situado el tema en el lugar 
clave de la pregunta por la Sabiduría de Dios. Precisamente la visión de la Sabiduría como fundadora y centro de la nueva familia de Jesús nos permite interpretar el sentido de María y su familia en el principio de la iglesia. Pero dejemos ahora el tema planteado, como lo ha dejado Marcos, a manera de pregunta que cada generación de cristianos debe responder. Marcos no define, no resuelve este problema. Pero ha querido plantearlo paradójica y misteriosamente, situando en el lugar central de su evangelio esta pregunta sobre el hijo de María. De esta forma nos sitúa en el lugar de choque donde familia de Dios (en clave de Sabiduría) y familia de los hombres (en clave de carne-sangre) parecen oponerse y se oponen de manera muy intensa. Por eso, el texto acaba en forma de escándalo, como una ruptura radical que Lc 4,16-30 escenifica en un relato clave. 
Precisamente en el centro de ese escándalo hallamos a María. De ella se puede afirmar, partiendo de este texto, lo que dirá después Lc 2,34-35: la espada de la división de Jesús atraviesa ya la vida (psyke) de María, su madre. 
Quizá deba añadirse a los textos anteriores el pasaje radical de 
Pablo: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la 
filiación” (/Ga/04/04). Ciertamente, el texto puede interpretarse en 
diferentes planos. Hay autores que vinculan la palabra nacido de 
mujer con reciba la filiación, uniendo sobre un plano de colaboración y misterio la generación humana y la divina de Jesús por medio de María. Pienso, sin embargo, que en su perspectiva antigua este pasaje puede situarse sobre el mismo nivel que los anteriores: la expresión nacido de mujer debe entenderse en relación con el nacido bajo la ley, esto es, en un plano de carne y sangre. Pues bien, la redención de Cristo trasciende ese nivel y nos sitúa en ámbito de filiación divina y plenitud pascual (Gál 4,1-7). Por eso, en este primer momento de la teología paulina, la función de María sigue estando en un nivel de carne-sangre, lo mismo que la filiación davídica de Rm 1, 3-4. 
Sea cual fuere el sentido final que ha de darse a Gál 4,4, es claro 
que los textos aducidos nos sitúan ante un tema de primera magnitud: la función radical de la familia dentro del NT y el sentido de María dentro de ella. Para entenderlo rectamente debemos llegar hasta la misma raíz del evangelio. 

II. Evangelio de Jesús. La familia mesiánica
La historia de Jesús viene a ponernos ante un texto escandaloso 
que nos sirve para situar los pasajes anteriores. Hay un hombre que pretende hacerse discípulo de Cristo, pero quiere disponer de un tiempo para “enterrar a su padre”. Jesús ha respondido de un modo tajante: “Sígueme y deja que los muertos entierren a sus propios muertos” (/Mt/08/22). Esta respuesta va en contra de la visión más radical del judaísmo, donde la experiencia religiosa se transmitía a través de una cadena sacral que va pasando de padres a hijos. La exigencia de honrar a los padres, que el decálogo presenta como obligación de justicia agradecida y de ayuda a los ancianos (Ex 20,12, cf Mc 7,10-13), se hipertrofia en una especie de fijación religiosa. El padre, interpretado en sentido familiar y social (la tradición israelita), viene a presentarse ahora como principio y compendio de toda experiencia humana y religiosa. 
Por eso hay que estar con el padre hasta el final, piensan los 
judíos, dentro de una experiencia familiar en que ese padre (tradición) constituye la norma suprema de conducta. Como verdadero israelita, aquel hombre ha de esperar que el padre muera, tiene que enterrarlo, y sólo entonces, cuando se mueva en libertad podrá seguir el nuevo camino de Jesús. Pero, tomada en sentido estricto, esa actitud judía cierra el paso a todo seguimiento, porque el padre en sentido israelita nunca muere: en su lugar siguen estando los ancianos, la totalidad del pueblo interpretado en clave paterna, como principio y norma de existencia. 
¿Cuál es la respuesta de Jesús? ¡No es matar al padre en un 
sentido físico!, ¡es dejarle! Dejar que la tradición del viejo padre 
acabe: que los muertos entierren a sus muertos y con esto se 
terminen. Mientras tanto, Jesús ha comenzado a crear un mundo 
nuevo, un campo abierto de fraternidad donde termina la vieja ley del padre de la tierra (cf Mt 23,9), porque se revela el Padre superior, el de los cielos. Nuevamente podemos aludir a la comparación del nuevo vino (del reino) que requiere nuevos odres porque rompe la estructura patriarcal antigua israelita (cf Mc 2,21-22). Precisamente en este lugar de nueva creatividad familiar vendrá a entenderse la figura de María. Pero antes de tratar de ella recordemos otros pasajes. El primero, tal como ha sido redactado por Mateo, interpreta el surgimiento de la familia de Jesús a la luz de la gran división escatológica: “He venido a dividir al hombre contra su padre, a la hija contra su madre…” (Mt 10,35, con cita de Miq 7 6). La casa familiar viene a mostrarse de esa forma como lugar de división y de disputa (Mt 10,36), conforme a la predicción más sombría de todo el evangelio: “El hermano entregará al hermano a la muerte y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y los matarán” (Mt 10,21 par). De esta forma se destruye el orden patriarcal y de familia que intentaba establecer para siempre el judaísmo: los antiguos valores de la tierra se desmoronan, la piedad filial, la entrega paterna, la solidaridad entre los hermanos. La vida se convierte así en infierno. 
Pues bien, sobre ese infierno ha proclamado Jesús su gran palabra: “Quien quiera al padre o a la madre más que a mi no es digno de mi, quien quiera al hijo o a la hija más que a mi no es digno de mi” (Mt 10,37; cf Lc 14,26). 
En este primer plano, la unión de hijos y padre (y de hermanos) 
pertenece al nivel de egoísmo humano, a la defensa del alma (de la psyke) que intenta asegurarse a si misma (cf Mt 10,39), a la vida que actúa con violencia para mantenerse. Todo eso pertenece al espacio de los padres de este mundo, a la autosuficiencia impositiva humana. 
Pues bien, en contra de eso, Jesús se ha presentado como nuevo 
fundamento de unidad y de familia: por eso pide a sus discípulos que le acompañen, cumpliendo la palabra de Dios (cf Mc 3,34-35): que le sigan en el camino (Mt 8,22) y le amen por encima de todos los restantes amores de la tierra (Mt 10,37). 
Significativamente, el verbo que ha empleado Mt 10,37 para 
hablar del amor fundamentante hacia Jesús es filein (no agapan). 
Ésta es la palabra que el NT emplea para hablar de la amistad y la 
familia en el contexto escatológico (cf Jn 15,13-14, 21,1517; ICor 
16,22, etc.). Pues bien, hay que añadir que esa palabra ha de 
entenderse en sentido sapiencial, en una linea que se encuentra ya apuntada en el AT. En esa linea, Jesús viene a presentarse como Sabiduría encarnada o personal que va invitando a los hombres: “Amo a los que me quieren (tous eme filountas) y los que me buscan me encuentran” (Prov 8,17); “los que me odian quieren la muerte” (Prov 8,36). En la misma perspectiva sigue hablando la Sabiduría, aludiendo a los que la quieren y la buscan desde su juventud (Sab 8,2). Pues bien, en la culminación de ese camino, habla Jesús, pidiendo que le amemos más que al padre o a la madre, más que a toda la familia. 
De esta forma se reasume y explicita cristológicamente el mandato 
fundamental del evangelio. Citando a Dt 6,4-5, Mc 12,30-31 y par, han establecido la exigencia de amar a Dios (agapan) sobre todas las cosas, uniendo en esa misma linea la exigencia de amar al prójimo (con cita de Lev 19,18). Pues bien, nuestro pasaje ha concretado ese mandato en forma cristológica. Jesús aparecía ya como enviado de la Sabiduría (cf Mc 6,2), en actitud de ruptura ante la madre carnal, al menos implícitamente, tal como se veía en la disputa de los nazarenos. Éste es el mismo Jesús que, conforme a Mt 11,28-29, se presenta explícitamente como Sabiduría amiga y llama: “Venid a mi todos los que estáis cansados…” En esa misma linea ha de entenderse también nuestra palabra: “El que quiera a su padre o a su madre más que a mi no es digno de mi” (Mt 10,37). Jesús ha establecido de esa forma los principios de su nueva familia, como Sabiduría de Dios que recrea escatológicamente a los hombres. No les quiere desde encima ni tampoco desde fuera. Les quiere desde el mismo fondo de su vida humana, en medio de la prueba final, donde parecen destruirse y se destruyen los principios viejos de la solidaridad humana en que los judíos confiaban (Mt 10,35, Mc 13,12). 

Esta nueva familia de Jesús implica una ruptura radical, como 
hemos visto ya en Mt 8,22. El mismo tema vuelve en Mc 10,21: “Vende lo que tienes, dáselo a los pobres…; ven y sígueme”. Pero ahora ya el impedimento no es el padre (tradicional, nacional), sino las riquezas, aquella posesión en que los hombres queremos fundar nuestra existencia. Por eso, Jesús ha amplificado la exigencia de su seguimiento: hay que dejar casa, hermanos-hermanas, padre-madre, hijos y campos por amor a Jesús y su evangelio (cf Mc 10.29). 
La buena nueva de su reino exige una ruptura plena, y sólo desde 
el fondo de ella, centrados en Jesús, podemos recrear los valores que dejamos. 
En esta perspectiva debemos entender los textos de la ruptura 
mariana antes citados (Mc 3,34-35; 6, 2-3, Lc 11,27-28). Ahora 
podemos afirmar que aquella crisis de la maternidad carnal de María pertenece a la entraña del evangelio. Si sólo hubiera estos datos deberíamos decir que María sólo forma parte del mundo viejo, que ha terminado: el plano de la ley que ha sido superado por el Cristo (en clave paulina). Pero si no contásemos con ellos, si el mismo NT no se hubiera encargado de llegar hasta el final en ese juicio de la maternidad antigua, las nuevas afirmaciones marianas de Mateo, Lucas y Juan podrían entenderse como un revestimiento mítico que afecta al evangelio desde fuera, sin llegar hasta su entraña. 
M/KENOSIS: Pues bien, nosotros afirmamos que María, madre de 
Jesús, ha vivido y resuelto de una forma radical esa gran crisis. Ella ha descubierto que no puede tener pretensiones sobre Jesús (Mc 3,34-35): sabe que no debe gloriarse en su maternidad carnal (Lc 11,28) y sufre en su propia entraña el escándalo de la división que suscita Jesús ( Mc 6,1-2; Lc 2,3435). En otras palabras, conforme a Mc 10,29, podríamos decir que ella ha dejado a Jesús como hijo propio para realizar así el camino de la fe con el Jesús que es el Cristo de todos los hombres, en desprendimiento pleno, acogiendo y cumpliendo su palabra. 
La iglesia ha confesado siempre esa gran transformación de María, 
que ha pasado del nivel de la familia vieja (plano de la carne) al nivel de la familia nueva de Jesús, en gratuidad y desprendimiento. Por eso, habría que decir, reformulando 2Cor 5,16: “Si antes conocimos a María según la carne, ya no la conocemos así”. Ciertamente, Jesús ha nacido de ella en ese plano de carne (cf Rom 9,5), porque es hombre y porque es hijo de Israel (cf Rom 1,3-4). Pero ahora esa misma carne de María abre su sentido y se explícita como espacio de presencia y actuación del Espíritu de Dios, lugar de surgimiento de la nueva familia mesiánica. 
Esta recuperación espiritual de la maternidad mariana no consiste 
en un rechazo de la carne-materia-vida humana para subir al nivel de la manifestación incorporal de Dios. La iglesia ha explicitado y 
desarrollado precisamente esa función recreadora de María en clave de lucha antignóstica: su misma carne (su entera vida humana) viene a presentarse como espacio de la manifestación de Dios, principio de la nueva familia mesiánica que Cristo ha establecido sobre el mundo. 

lll. Mateo. María como virgen, esposa, madre 
Mateo escribe su evangelio en un momento en que la novedad de 
Jesús está asentada y asentada su ruptura frente al viejo tejido 
familiar del judaísmo. Eso le permite descubrir y destacar diversos 
rasgos nuevos o cristianos de María. El primero es su profunda 
novedad frente a la linea genealógica judía: la cadena de las 
generaciones, que van de padre a hijo y marcan la estructura 
patriarcal del pueblo, quiebra cuando al fin hay que decir: “Jacob 
engendró a José, el esposo de María, de la cual fue engendrado 
Jesús, llamado el Cristo” (Mt 1,16). 
Así se ha superado la ley de paternidad del mundo viejo. José es 
esposo, pero ya no es padre en sentido de generador. Por su parte, María, la madre, viene a comprenderse en el trasfondo de una serie de mujeres que rompen la estructura patriarcal del antiguo judaísmo: Tamar, Rahab, Rut, la esposa de Urías (cf Mt 1,3.5-6). Todas ellas engendran de manera irregular, desde situaciones difíciles, familiarmente complejas o anormales. Significativamente, al destacar esas figuras femeninas que anticipan a María, Mateo no presenta a las esposas fieles y modelo de los viejos patriarcas: Sara, Rebeca, Lía… Recuerda, más bien, a estas mujeres de frontera, que han debido superar situaciones de dificultad, pecado o crisis, aportando su propia creatividad femenina. Pero María es mucho más que esas mujeres discutidas. En el principio de su irregularidad (ruptura de la linea genealógica) 
interviene el Espíritu Santo, como afirma de manera sobria el 
evangelio: “Desposada María con José, antes de que cohabitaran, 
ella se encontró en estado por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18). 
¿Cómo ha sido? El evangelio no lo dice. Deja que flote el misterio; 
desde ese fondo quiere que entendamos los siguientes rasgos: el 
silencio de María, la duda de José. 
M/SILENCIO: El silencio de María no es la expresión de un 
sometimiento de mujer que “no puede hablar en ámbito de iglesia” (cf ICor 14,34). No es tampoco humildad o algún tipo de miedo. Ese silencio es consecuencia de la irrupción de Dios, que la sitúa en un plano más alto, donde las palabras de la tierra resultan insuficientes. Por eso, ella no puede expresar lo que sucede de una forma meramente humana. Deja que actúe el Espíritu de Dios y 
consiguientemente calla. 
JOSE/DUDA: La duda de José (/Mt/01/19-21) proviene de la 
misma entraña del AT: el nivel de la generación normal se ha roto; 
María es testimonio de una fuerza de vida diferente. Pero, al contrario que los nazarenos (cf Mc 6,1-6), José no acusa a María ni la condena. Simplemente quiere abandonarla. Al chocar con lo desconocido reserva el juicio. No entiende a su esposa, no puede dialogar con ella en un nivel que no comprende. Por eso quiere dejarla, como aconsejará más tarde Gamaliel respecto a los cristianos (He 5,33-39). 

La solución de esa crisis familiar sólo es posible en ámbito de fe, 
allí donde el que duda (en este caso el marido) se sitúa ante el 
misterio de Dios y escucha: “José, hijo de David, no tengas miedo en recibir a María, tu esposa; lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt 1,21). De esta forma se ha elevado el nivel de la existencia: José rompe el espacio cerrado de la genealogía israelita y viene a situarse en un plano de fe, allí donde su esposa se presenta como signo del misterio. Creer en Dios implica ya para José (para Israel y para todos nosotros) acoger y respetar la acción que Dios realiza por medio de María. 
Evidentemente, María ya no pertenece al plano de la carne como 
se podía suponer en Mc 3,31-35. Ella es mucho más que vientre y 
pechos (cf Lc 11,27). Es ahora espacio de actuación del Espíritu: 
pertenece al misterio de Dios, a su presencia sobre el mundo. Por 
eso, José no puede dominarla, como el varón patriarcal domina a la mujer; tampoco puede dudar de ella, sino que ha de acogerla 
(acompañarla) en el camino de la generación mesiánica. 
Ese camino de generación, lugar donde se instaura y surge la 
familia nueva de los hombres, sólo puede reconocerse con la ayuda del Espíritu, en ámbito de fe (acogiendo la revelación). Por eso, María y José tendrán que dialogar de ahora en adelante en plano de presencia de Dios, haciendo que surja desde allí la misma confianza humana. El texto no lo ha explicitado, no presenta lo que significa esa nueva confianza entre María y José, cuando empiezan a vivir desde el Espíritu. Pero en su misma sobriedad nos ofrece unos indicios muy significatIvos. 
En primer lugar, María aparece como una mujer concreta, con su 
propia historia personal, con su secreto y su misterio. No es hija 
sometida, ni sierva de un marido. Es mujer que habla con Dios en 
ámbito de Espíritu. Por eso, ella tiene su propia independencia ante el marido y sólo como independiente puede ser aceptada en matrimonio. 
Ella dialoga con Dios directamente, no por medio de José, como 
parecería exigir ICor 14,35. Sólo cuando José acepta esa autonomía de su esposa ambos pueden madurar unidos, en la esperanza del mesías. 
En segundo lugar, María es madre. Ha dado a luz al rey de los 
judíos, un hijo que no es “suyo” en el sentido egoísta, de familia 
cerrada de la tierra. Por eso lo presenta como don divino a los que 
vienen a adorarle del oriente (cf Mt 2,1.11). De esa forma, en el 
mismo principio de su maternidad hallamos la apertura de la fe: ha 
dado a luz al mesías y por eso su vida está ligada a la vida del 
mesías; así tendrá que acoger a los creyentes que vienen desde lejos (Mt 2,11) y caminará con Jesús hacia el destierro, compartiendo su misma suerte (cf 2,13.20). Ella no es simplemente madre en el plano de la carne. Es madre en plano de solidaridad mesiánica, en ámbito de espíritu. Estos datos han de interpretarse a ia luz de todo el evangelio, especialmente del pasaje en que se habla de la fidelidad matrimonial y el celibato por el reino de los cielos. Jesús ha restablecido el matrimonio como vinculación originaria de varón y de mujer, comprometidos a vivir en unidad por siempre, sin dominio del uno sobre el otro (cf Mt 19,19). En ese mismo nivel de fidelidad ha situado Jesús a los eunucos por el reino (19,12), es decir, aquellos que han renunciado al matrimonio para cultivar, de un modo especial, la gracia de Dios en el centro de la propia vida. Pues bien, María participa de los dos caminos. Por un lado, se halla desposada, en fidelidad definitiva hacia José, aceptándole tras su crisis y formando con él un espacio de transparencia afectiva y de vinculación personal en el que pueda recibir su formación israelita y su plenitud humana el hijo Jesucristo. Por otra parte, se presenta como virgen (parthenos), conforme a la palabra de Is 7,14; no es virgen por deficiencia o por rechazo de la fecundidad sexual sino por sobreabundancia de la gracia del Espíritu. En este último plano se deben comparar e iluminar 
las dos palabras: María es virgen por actuación y presencia del 
Espíritu Santo (Mt 1,18.25); los seguidores de Jesús se hacen 
eunucos porque ha llegado el reino, que les enriquece y fundamenta su existencia. Es evidente que aquí Espíritu Santo (en María) y reino (en eunucos creyentes) cumplen una función muy parecida. María se encuentra, según esto, en los dos lados. Está del lado de los matrimonios, allí donde la comunión varón-mujer se establece sobre la base de una fidelidad personal, en un diálogo fecundado por el Espíritu de Dios. Está del lado de los virgenes-eunucos, es decir, de aquellos que han acogido el reino como plenitud desbordante de realidad. En este aspecto, por su situación única dentro de la historia de la salvación, ella aparece ante la iglesia como figura irrepetible que asume y desborda, al mismo tiempo, el nivel del matrimonio y el mismo celibato. Resulta reductivo interpretarla sólo como virgen, en nivel de celibato vivido en solitario. Hay que entenderla también como esposa que ha cultivado la relación interpersonal con José como espacio donde se explícita el amor generador de Dios y brota su hijo Jesucristo. Ella es, finalmente, madre fecunda que camina con su hijo hacia el exilio y que le educa para la vida redentora. En ese aspecto Mateo distingue a María de la otra mujer-madre israelita, de Raquel, 
que llora en su tumba de Belén porque sus hijos han muerto para 
siempre (2,18): la familia de Israel, que ha buscado la descendencia numerosa, se destruye; María, en cambio, madre en actitud de gracia, por la fuerza del Espíritu, permanece para siempre como modelo de fe y presenta a su hijo Jesucristo ante los magos, gentiles, hombres y mujeres de este mundo que venimos a adorarle. 

IV. Lucas. María como mujer y hermana 
El evangelio de Lucas, que conserva los textos de ruptura tan 
hiriente que hemos comentado (8,19-21; 11,27-28), nos ofrece el 
camino más intenso y consciente de recuperación mariana. Aquí no lo podemos recorrer en su totalidad; sencillamente destacamos algunos de sus rasgos más significativos, en relación a la familia. 
M/MUJER-LIBRE: En primer lugar, María es una mujer libre en el 
sentido radical de esa palabra: una persona que es dueña de sí 
misma, capaz de tomar decisiones, de comprometerse de manera 
vinculante, de actuar y pensar por sí misma. Es libre estando 
prometida o desposada (Lc 1,27); eso significa que no actúa en 
soledad, que no se opone al compromiso de la cercanía y convivencia con un varón; precisamente es libre siendo desposada, habiendo asumido el proyecto de compartir la vida con José. Es libre, pues decide por si misma, como muestra todo el pasaje de la anunciación (cf 1,26-38). No llama a su padre para que responda en nombre de ella, ni tampoco a su futuro esposo. Escucha personalmente la voz de Dios y de manera personal responde, ofreciendo su palabra de colaboración y asentimiento al plan divino. En ese aspecto es dueña de sí misma, es persona. Es libre para viajar y visitar a sus parientes (Lc 1,3945), sin pedir permiso a nadie, sin andar acompañada. Ella no ha pasado del sometimiento del padre a la tutela del futuro esposo, sino que se presenta como profundamente autónoma, asumiendo el riesgo de su propia responsabilidad y sus caminos, en un tiempo y circunstancia en que eso parecía impropio de mujer. Finalmente, ella es libre para pensar, como lo indican las palabras del Magníficat (1,47-55). No se ha limitado a escuchar y obedecer, no pregunta a los demás pidiendo que decidan en su nombre; enriquecida por la palabra de Dios, ella piensa, y pensado proclama, como profetisa, una 
palabra radical de cambio y libertad humana. De esta forma se vincula a la línea de profetas de su pueblo y como madre nueva del mesías canta el surgimiento de la nueva humanidad reconciliada25. 
Siendo libre y decidiendo de manera individual, María sabe 
compartir su camino y actuar como persona vinculada a su marido, 
según muestra Lc 2. Por eso ella acepta la iniciativa de José, que 
sube a Belén para empadronarse, conforme a la ley del tiempo. En la mayor parte de los casos, el redactor presenta a María y José como vinculados, actuando en forma de pareja, sin que sobresalga uno u otro. El texto les presenta como goneis, progenitores en sentido extenso (2,27.41), como padre-madre en el orden tradicional (2,33) o ambos unidos, formando el único sujeto de actuación (2,22.39. 48). 
Finalmente, sigue habiendo casos en los que María aparece en 
primer lugar o toma la iniciativa, como en el nacimiento (2,16) o el 
pasaje del niño perdido en el templo (2,48). Pero en esta última 
escena hay otros elementos que debemos destacar con más cuidado. 

María, esposa de José, no queda subyugada a su marido, no 
pierde su libertad al vivir en matrimonio. Precisamente desde el centro de su compromiso como esposa de José ella puede realizar su camino más perfecto de individualidad. Por eso debe renunciar a su autonomía egoísta, considerando a su propio Hijo, nacido de su 
palabra (Lc 1,38), como hijo común, que comparte con José. Por eso pregunta: “¿Por qué nos haces esto? He aquí que tu padre y yo te buscábamos angustiados”). En algún sentido, podríamos decir: María es madre verdadera y verdadera esposa en la medida en que, buscando que su hijo sea independiente respecto de ella misma, lo dirige al padre (José) y por el padre lo conduce hacia el misterio radical de lo divino. Precisamente en esa comunión con Jesús, educando al hijo Jesucristo, María sigue siendo ella misma y lo es en una profundidad definitiva de meditación, de sufrimiento, de apertura hacia el Padre de los cielos. Así lo destacamos brevemente. 
María es mujer que medita. El relato de la anunciación la presenta 
preguntando: quiere conocer la voluntad de Dios, sabiendo bien 
aquello a lo que se compromete. No colabora como esclava sometida, sino como mujer plenamente libre, que pide a Dios razón de su esperanza (cf IPe 3,15) y sólo cuando Dios le ha razonado le 
responde en actitud comprometida (cf Mt 1,26-38). Pues bien, una vez que inicia ese camino, María ha penetrado en una profundidad de misterio que le desborda; por eso permanece allí en actitud de fe que pregunta, profundiza, va acogiendo la palabra y la convierte en 
realidad dentro de su vida (Lc 2,19.51). Más que engendradora 
material (vientre y pechos de Lc 11,27-28), ella es compañera de 
Jesús: le acompaña en el camino de la fe, en actitud de crecimiento interior que le convierte en “sede de la Sabiduría”, en la línea de Si 24,10-12. Sólo es madre verdadera aquella que traduce el crecimiento y vida del hijo en motivo de asombro y meditación abierta hacia el misterio. 
María es mujer que sufre. Como madre, ella se encuentra 
especialmente vinculada a la suerte del hijo que “ha sido puesto para caída y resurrección de muchos” (Lc 2,34). Ella participa de ese riesgo de Jesús y le acompaña en un camino de misión que 
desemboca en el Calvario. No es madre gloriosa, vientre y pechos de abundancia: es mujer comprometida que introduce al propio hijo en el camino de entrega de Israel y le sigue hasta la meta. Por eso 
escucha: “una espada te atravesará el alma (la vida)”, en gesto de 
dolor y renacimiento. Esa es, precisamente, la espada de la palabra que penetra hasta las mismas junturas de la vida, desvelando y revelando el pensamiento más profundo de los hombres (cf Heb 4,12-13): es la espada de la profecía y transformación israelita que 
iene a resonar con toda fuerza en ese espacio misterioso de la vida de María. Sólo es madre verdadera la que asume el sufrimiento de la vida, especialmente en referencia al crecimiento y al camino de sus hijos. 
María es mujer que sabe trascenderse. Como madre preocupada 
busca al hijo en unión con su marido y al marido apela al encontrarle: 
“¡Hijo!, ¿por qué nos haces esto? He aquí que tu padre y yo te 
buscábamos angustiados” (/Lc/02/48-49). De esta forma se sitúa en el nivel humano, israelita, de un Jesús que va creciendo como parte del pueblo y al que ambos (ella y el marido que se porta como padre) deben dirigir y proteger. Pues bien, en un momento determinado, el mismo Jesús-niño rompe ese nivel: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (2,49). La angustia de los progenitores (goneis; Lc 2,41) pertenece al plano de este mundo, al nivel de las seguridades de la carne. Pues bien, Jesús les arranca de ese espacio de seguridad, enfrentándoles ante la tarea superior del Padre que es principio verdadero de toda realidad y de toda familia sobre el mundo. Evidentemente María y José no podrán entender esa palabra que sólo se ilumina y plenifica tras la pascua. 
Pero la aceptan en silencio y se dirigen fielmente hacia ella. María, 
por su parte, conserva y articula interiormente esta apertura hacia el misterio de Dios Padre, a fin de transmitir un día su experiencia dentro de la iglesia. 
EDUCO/LIBERTAD: En este último aspecto, María puede realizar 
una auténtica familia en la medida en que, en unión con su marido, va educando al hijo en una dimensión que le trasciende. Un día, antes o después, se le irá de casa hacia cualquier camino, porque el hijo es de Dios y debe dedicarse a las cosas de Dios, es decir, a su propia libertad y a su misión. Por eso la familia verdadera es siempre un espacio abierto a la trascendencia: Jesús ha podido quedarse en el templo y ocuparse de las “cosas de su Padre”, con angustia de sus progenitores terrenos, precisamente porque ellos le han educado para esto. No han cerrado al hijo, no le han bloqueado en ningún tipo de neurosis, miedo, infantilismo: porque es hijo abierto, porque María con José le han preparado para Dios (su libertad), él puede separarse de ellos, realizando un proyecto independiente. 
Y con esto podemos tornar al principio de nuestra exposición. 
Jesús ha dicho un día: “Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de Dios”, “felices por encima de los pechos-vientre de mi madre los que escuchan y cumplen la palabra de Dios” (cf Mc 3,31-35; Lc 11,27-28). Pues bien, ahora sabemos que pudo decirlo, iniciando un nuevo tipo de familia, porque sus mismos padres (su madre) le capacitaron para eso. Sólo puede romper creadoramente con un tipo de familia el que ha tenido familia verdadera. Sólo puede crear quien recibió capacidad para crear, en forma de semilla de confianza, libertad y amor divino. Es evidente que María ha ofrecido todo eso a su hijo Jesucristo.
En perspectiva lucana, Hechos transmite todavía otro elemento 
muy valioso para comprender el sentido de la familia de María. Ella, que no aparece en el tiempo de la vida pública de su hijo (a excepción de Lc 8 19-21), reaparece dentro de la iglesia, tras la pascua. Eso significa que ha recorrido el camino de Jesús, aceptando hasta el final su gran palabra: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). María ha escuchado esa palabra en el momento de la anunciación y desde entonces ha venido cumpliéndola. Ahora la ha acogido plenamente, culminando el camino de su hijo. Por eso, dentro del grupo de discípulos (apóstoles, mujeres, parientes del Señor), ella aparece como madre de Jesús (He 1,14). Solamente ahora puede recibir ese nombre en plenitud, pues ha mantenido hasta el final su palabra materna, acompañando al hijo en el camino y recibiéndole como salvador tras su muerte. 
Pienso que en esta perspectiva debe destacarse aún otro rasgo. 
Inmediatamente después de haber citado a María como madre de 
Jesús el texto añade: “En aquellos días se levantó Pedro en medio de los hermanos…” (He 1,15). Dos son, a mi juicio, los rasgos que de aquí derivan: a) María se presenta como hermana, al menos 
implícitamente. Su camino maternal la ha conducido al seno de la 
comunidad creyente y allí viene a culminar su camino, en medio de los otros hermanos creyentes. Es indudable que ella aporta al grupo una experiencia especial de maternidad, de cercanía de Jesús. Ella unifica el AT con el NT, las promesas de Israel y el cumplimiento de la Iglesia, apareciendo así como testigo privilegiado de la humanidad e historia de Jesús, el Cristo. b) Sin embargo, María no asume por ello un rol de privilegio ministerial. Por eso el texto añade que, en medio de los hermanos, entre los cuales se encontraba ella, “se levantó Pedro”, como testigo oficial y fundante de la resurrección. María ya ha cumplido su camino. De ahora en adelante, el peso de la tarea de formar familia de Jesús puede recaer ministerialmente en otras personas. 
Alguien pudiera suponer que en este esquema María representa el 
aspecto maternal y femenino que es propio solamente de la mujer, 
que ha de quedar callada dentro de la iglesia. Por el contrario, Pedro mostraría el aspecto ministerial y masculino, propio sólo de varones. 
Conforme a lo expuesto, debo afirmar que esta división resulta 
inexacta. María, siendo mujer y madre muy concreta, no representa sólo a las mujeres, sino a todos los hombres (mujeres y varones) que realizan el camino de la fe en un gesto de transparencia y entrega profunda. Por su parte, siendo varón, Pedro no representa sólo a los varones, sino a todos los cristianos (varones y mujeres) que pueden asumir y asumirán un ministerio de testimonio pascual y de enseñanza o dirección dentro de la iglesia. 

V. Juan. María como mujer y madre 
El evangelio de Juan ha insistido en el nacimiento humano del Hijo 
de Dios y en el renacimiento salvador (casi divino) de los cristianos. Por eso, lógicamente, dedica un espacio a la madre de Jesús y a su función histórico-simbólica en el misterio de ese nuevo nacimiento.
CANA/BODAS: El tema aparece en las bodas de Caná. Bodas son 
celebración de vida, fiesta de la humanidad que goza en su mayoría de edad, como unión matrimonial y promesa de vida. Ciertamente, el texto, refiriéndose a un posible dato histórico concreto, alude a la esperanza escatológica del pueblo de Israel que quiere celebrar su plenitud, llegar al tiempo de sus bodas, que es el tiempo ya definitivo de la vida. Éste es el trasfondo de /Jn/02/01-12. Lógicamente, la madre de Jesús estaba allí (2,1). No se dice que haya venido o que la inviten. Ella pertenece al mismo espacio de las bodas, al lugar del surgimiento mesiánico, al camino de la nueva esperanza de familia de los hombres. Está precisamente en su función de madre y de esa forma se la llama, silenciando su nombre propio de María. En este primer plano, ella refleja la experiencia israelita, es la madre en busca de familia, entregada plenamente a la gran fiesta de los esponsales de los hombres, sus hijos. Pues bien, el hilo de la narración, la historia de la boda, se corta para introducir una novedad que cambiará toda la línea del relato: “También fue invitado Jesús y sus discípulos a la boda” (2,2). Ellos no están allí desde el principio, vienen de fuera a interrumpir y transformar el curso de los acontecimientos. Precisamente su venida pone al descubierto la carencia de la fiesta: ¡no tienen vino! En un nivel externo, aquí puede tratarse de carencia material, pero es pronto evidente que el relato apunta a otro nivel: no es que se haya acabado un vino que antes hubo, aunque fue escaso; es que no hubo ni hay vino de ninguna especie. Israel no puede terminar la fiesta de sus bodas: tiene la promesa y el camino, pero no llega por sí mismo al cumplimiento, le falta el vino; tiene un anhelo de familia, pero no llega a ser auténtica familia. 
Desde ese fondo ha de entenderse la intervención de la madre de 
Jesús. Aquí no podemos precisar sus elementos literarios, sus matices teológicos. Simplemente indicaremos los planos en que viene a situarse su palabra: en relación a las mismas bodas, a Jesús y a sus servidores. 
María refleja su actitud ante las bodas. Por ser obvio, este plano 
aparece pocas veces destacado: no sabemos si allí había otras 
personas que advirtieran la carencia de vino a la llegada de Jesús, 
pero sabemos que la madre sí lo advierte. Ella mira a las necesidades de los hombres, gozosa ante unas bodas que prometen dicha. Pudiéramos decir que está al servicio de la fiesta de la vida: quiere que haya gozo, que haya vino y, mientras los demás quizá se pierden en las satisfacciones inmediatas, ella sabe mantener distancia y descubrir las necesidades de los otros. Tiene una especie de clarividencia especial y un gesto de servicio abierto no sólo a remediar problemas inmediatos, sino a dar a los demás la abundancia de la vida. 
La palabra de María nos sitúa ante Jesús. La madre sabe ver, pero 
no puede remediar. Ella se encuentra ante un problema que la 
desborda, ante una carencia que no puede solucionar por sí misma. Por eso acude al hijo, le dice a Jesús: “No tienen vino” (2,3). La indicación es delicada, respetuosa, y, sin embargo, el hijo debe rechazarla expresamente: “¿Qué tenemos en común yo y tú, mujer? Aún no ha llegado mi hora” (2,4). He querido respetar la dureza del pasaje (ti emoi kai soi gynai), porque es fuerte y radical lo que Jesús quiere indicarnos en la linea de los textos estudiados (Mc 3,31-35; Lc 11,27-28): humanamente hablando, en plano israelita, la madre carece de poder sobre Jesús; no le puede marcar lo que ha de hacer, no puede trazarle el camino. Eso significa que la hora de Jesús no es aún la hora de su madre humana en cuanto tal. Jesús desborda el plano israelita, no ha venido simplemente a rellenar un hueco de los hombres, a solucionarles un problema que está dentro de la historia. 
Por eso, su respuesta ha de fundarse en otro plano, en la hora 
creadora de Dios Padre. Sin este primer distanciamiento, esta ruptura, ni Jesús hubiera sido verdadero salvador ni su madre nos podría valer como modelo de fidelidad y camino hacia el nivel de salvación definitiva. 
Aquí se inscribe el tercer dato: la actitud de la madre respecto a los 
servidores de la boda. Ella no puede mandar sobre Jesús, pero debe advertir a los ministros de la fiesta, a todos los hombres de este mundo: “Haced lo que él os diga” (2,5). Deja la respuesta en manos de Jesús, deja el tiempo de su hora y, poniéndose en el plano de los servidores, ella aparece como la gran diaconisa, Ia servidora de la fiesta: prepara las cosas para el cambio de las bodas. Precisamente en esta confianza de la madre que abre un espacio para Jesús entre los hombres, está su aportación en el misterio de las bodas. Su gesto ha de interpretarse como un reconocimiento mesiánico; está cerca de aquello que, en visión del cuarto evangelio, ha realizado Juan Bautista. 
También Juan Bautista pertenece al tiempo de las bodas. No es el 
señor, no es el esposo, pero anuncia su venida y prepara a sus 
propios discípulos, llevándoles precisamente hasta el lugar donde 
está el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29; cf 1,19-42). Por eso se alegra de que el Cristo aparezca mientras él desaparece (1,30): “El que tiene a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que está allí para atenderle, se alegra muchísimo al escuchar la voz del esposo” (Jn 1,29). Juan es el amigo del esposo, el que ha dispuesto el camino de sus bodas y se alegra de estar a su servicio; por eso le cede (le traspasa) a sus propios discípulos y desaparece cuando empiezan ya los esponsales. Pues bien, de una manera semejante, podemos afirmar que María es la madre de Jesús esposo; también ella prepara el camino, pero no puede mandar sobre Jesús de una manera determinada, por eso prepara a los servidores, diciéndoles que estén dispuestos para aquello que Jesús les diga. 
De esta forma, la madre (como Juan, el amigo) se sitúan y nos 
sitúan respetuosamente ante el lugar en que Jesús ha de actuar. En eso consiste su grandeza. También ellos participan de algún modo de la fiesta de las bodas. Pero hay una diferencia. Juan tiene que desaparecer: ha cumplido su misión y se retira; queda ante la puerta, como servidor-amigo que se sacrifica por su amigo; no llega a gozar de la fiesta de familia de las bodas (cf 3,27-30; Mt 11,11). La madre, en cambio, pertenece al tiempo de las bodas: por eso permanece allí en Caná, iniciando un camino de fidelidad y seguimiento. Así lo presupone el texto siguiente: “Después de esto, Jesús bajó a Cafarnaún, y también su madre y sus hermanos y discípulos” (Jn 2,12). 
Este último dato es muy significativo. La fiesta de las bodas ha 
sido una señal para la fe, una indicación del nuevo camino de la dicha y plenitud que Jesús ha comenzado a realizar. Los discípulos le aceptan, creen (2,11), y con ellos también la madre y los hermanos, pues dejan la familia y casa antigua y bajan con él a Cafarnaún, lugar de la misión, en el camino que conduce al reino. Todos ellos, Jesús con su madre-hermanos y discípulos, integran la nueva familia de las bodas que ahora empieza. 
De la madre de Jesús no sabemos más durante el tiempo de la vida pública. El evangelio ha conservado sin embargo, una escena muy significativa respecto a sus hermanos. Han bajado con Jesús a Cafarnaún (Jn 2,12), pero en el tiempo de la gran crisis no le han 
creído (7,5 cf 6,60-71). Por eso se desligan de Jesús y de sus bodas, pretendiendo introducirle nuevamente en la “fiesta de los judíos” (7,3). 
Pienso que este dato es convergente respecto del que hemos visto ya en Mc 3,21.31-35: los parientes de Jesús quieren cerrarle su camino nuevo y encerrarle o sujetarle (kratesai) otra vez al judaísmo. Igual que entonces Jesús se resistió, se resiste ahora; la fiesta de los judíos no es su fiesta, el tiempo de sus hermanos no es su tiempo (Jn 7,2-9). 

Significativamente, volvemos a encontrar un término clave, paralelo al de Caná de Galilea. En la escena de las bodas, Jesús dice a su madre: “No ha llegado todavía mi hora” (2,4), aunque luego, partiendo de la misma disponibilidad de la madre llegue esa hora y Jesús comience a realizar sus signos. Pues bien, de esa manera cambia el kairós, es decir, el tiempo de la vida, el sentido de la historia. Los hermanos de Jesús no le aceptan y por eso continúan en el kairós viejo, el tiempo siempre preparado de las fiestas vacías del judaísmo que no tiene vino de bodas ni siquiera el agua abierta hacia la vida (Jn 7,6; cf 7,37-39). Jesús, en cambio, ha superado ya ese tiempo y por eso no puede subir y celebrar la fiesta antigua en Jerusalén (7,8). 
Su propio tiempo o kairós le va conduciendo hacia la nueva fiesta de la vida. Pues bien, en este gran momento de ruptura de Jesús con su familia no aparece ya la madre, como aparecía en Mc 3,31-35. Es evidente que ella pertenece ya al espacio de Jesús: ha dejado a los parientes, que siguen aferrados a la fiesta judía, y participa del camino nuevo de Jesús, de la hora que le lleva hacia el Calvario 36, Esa hora de Jesús, iniciada en Caná y todavía no cumplida en el tiempo de su vida pública (cf Jn 7,30; 8,20), se viene a realizar en la fiesta de la pascua como paso de este mundo al Padre (13,1). 
Misteriosamente, el evangelio la ha relacionado con la hora de la 
mujer que sufre en los dolores de su parto, pero luego se alegra 
porque nace un hombre nuevo sobre el mundo (cf Jn 16,2122). Quizá al fondo de ese texto se halle la experiencia de María, la mujer-madre que sufre en su mismo seno el trauma del nacimiento mesiánico (Lc 2,34-35); quizá ese tema vuelva en Juan (Ap 12,1-2), en la mujer que sufre los dolores de su parto escatológico. Sea como fuere, lo cierto es que la hora de muerte y nacimiento de la nueva familia nos conduce hasta el Calvario. 
Conforme a la antigua tradición, el evangelio sabe que al lado de la 
cruz se hallaban las mujeres (cf Mc 15,40-41). Pues bien, Juan ha 
añadido la presencia de la madre y junto a ella la de aquel discípulo “que Jesús amaba”. Ambos, madre y discípulo, emergen con relieve especial, como representantes de la humanidad antigua y de la nueva iglesia que surge de la cuna del Calvario. De esa manera, a través de la palabra de Jesús, la cruz viene a presentarse como espacio del nacimiento escatológico. 
María está allí como la madre: es persona concreta y representante del AT. En Caná quería marcar la hora de Jesús, trazarle su tarea. Pero ha aprendido, ha recorrido el camino de la fe y ahora se encuentra bajo la cruz del propio hijo, dispuesta a renacer 
en esta hora mesiánica. Antes era ella la que hablaba a Jesús y a los servidores. Ahora es Jesús quien habla y ella escucha: “Mujer, he ahí a tu hijo” (19,26). Ha recorrido el camino de la antigua maternidad, llegando hasta su cruz, y allí en la cruz recibe el encargo y tarea de su nueva maternidad, abierta hacia el discípulo que Jesús amaba. En el plano antiguo, maternidad significaba vientre-pechos y dominio sobre el hijo (Lc 11,27-28; Mc 3,3135). Maternidad es ahora servicio en la tarea del nuevo nacimiento de los cristianos. María ha realizado su camino con Jesús, de tal manera que todo está cumplido (19,30). Pues bien, ahora no se queda para llorar, como madre inconsolada, en la vera del sepulcro. No es mujer que ha dedicado la vida a una persona y pierde el sentido de su propia vida cuando muere esa persona. María ha realizado bien su encargo, como mujer-madre del mesías; por eso, en el momento decisivo de la hora mesiánica, Jesús le reconoce su servicio y le encomienda el cuidado de sus nuevos hermanos, presentes a través del discípulo al que él amaba. 
De esta forma se ha ampliado la familia de María. Sabemos ya que 
los hermanos de Jesús son “los que escuchan y cumplen la voluntad del Padre” (cf Mt 12,50 par). Ellos están representados ahora ante la cruz junto a la madre. Pues bien, Jesús con sus palabras los declara hijos de esa misma madre. De esa forma los hace sus hermanos, en el sentido más estricto del término; y a la mujer-madre le encomienda la tarea de cuidarlos y de verse reflejada en ellos. 
Así se profundiza la familia y surge de una forma nueva en la que 
adquieren un sentido más auténtico las viejas palabras de madre, hijo, amor, mujer, discípulo… Allí donde se cumple el camino de Jesús está la madre: ella representa al AT ya cumplido que ahora acoge a los discípulos del Cristo. Se halla también el hijo: es el discípulo amado, compañero y hermano de Jesús, que nace plenamente, reconoce y ama a su nueva y verdadera madre. 
Pues bien, a la madre se le llama mujer y al hijo discípulo (al que 
Jesús amaba). La madre es mujer, como signo de vida y fecundidad, en la línea de Eva a quien el Génesis presenta como “la viviente” (Gén 3,20). María es signo de la vida de Dios en este mundo, origen de familia: por eso ha generado a Jesús y ahora genera a sus hermanos sobre el mundo. De esta forma se amplía su familia y aparece como mujer-madre universal, en ámbito de reino. El hijo es el discípulo yare Jesús amaba. Su valor no está en un plano de ventajas materiales, privilegios que derivan de la fuerza, de la raza o los poderes de la tierra. El hijo vale porque “escucha la palabra” (porque aprende, es mathetes) y recibe el amor que le ofrece Jesús, el gozo misterioso de la vida. Pues bien, 
significativamente, ese discípulo al que el mismo Jesús ha venido a transmitir la vida no aparece como su hijo, sino como hermano-amigo, hijo de su misma madre que es María. 
Esto nos sitúa ya en la meta del camino que habíamos iniciado 
desde Mc 3,31-35 y par. Madre y hermanos eran allí los que acogen y cumplen la palabra. Ahora podemos concretar: son los discípulos que escuchan la palabra y se dejan transformar o renacer desde el gran amor del Cristo. Desde esa linea, en perspectiva mesiánica, se ha superado la misma relación maternal: todos son madres y hermanos, mejor dicho, “todos son hermanos”, como indica certeramente Mt 23,8-9. De esta forma hemos entendido la palabra de He 1,15, reasumiendo a María en la comunidad de hermanos de la iglesia. 
Sin embargo, si seguimos otra linea de tradición evangélica, 
encontramos que la relación maternal permanece con el reino. El texto clave es /Mc/10/29-30 par. Por amor de Jesús hay que dejar 
padre-madre-hijos y hermanos-hermanas. Pues bien, expresamente añade el texto que podremos recuperar el ciento por uno en hermanos-hermanas y en madres-hijos. Solamente se ha borrado de esta recuperación la figura del padre, que se encuentra muy ligada al “Padre de los cielos”, y por eso no se puede ya vivir ni reflejar de un modo auténtico en medio de la historia (cf Mt 23,8-9). Por eso, Jn 19,26-27 puede conducir a los discípulos hasta el misterio de la madre común que es María, pero nunca al padre de la tierra, que desaparece (en su función patriarcalista, como un reflejo de autoridad-poder que sólo se realiza en Dios). 

Vl. Conclusiones
J/PADRE-TRADICIONAL: Queda claro que Jesús ha roto la visión 
del padre tradicional israelita. Esa ruptura no es sólo teórica, en el 
plano de ideas o principios. Es también social y familiar. Jesús no 
admite un padre de este mundo, pues le llena por completo el Padre de los cielos. Por eso ha criticado a las autoridades impositivas, ha rechazado a los maestros de la ley que apelan al poder de la tradición, a los sacerdotes que administran el templo como casa que está bajo su dominio. Todo el camino de Jesús ha sido una apertura hacia la fraternidad universal donde, conforme a Gál 3,28, ya “no existe varón ni mujer, judío ni gentil amo ni esclavo”. Ampliando esa palabra en la linea de Mt 23,8-9, podriamos decir: no hay padres e hijos en el sentido tradicional judío, de imposición y dependencia. 

Esta ruptura familiar, con el descubrimiento de la fraternidad 
universal que implica, ha exigido un replanteamiento muy profundo de la figura de María. La iglesia ha mirado hacia el principio de su vida, descubriendo que la madre de Jesús no es madre impositiva en el sentido patriarcal. Su función tampoco se ha cerrado en el nivel del sometimiento o de la generación biológica del mundo. Ella es madre en fe, porque ha creído (cf Lc 1,45) y porque ha recorrido hasta el final el camino de la nueva fraternidad de Jesús, ratificándolo bajo la cruz (Jn 19,25-27) y en el mismo nacimiento de la iglesia (He 1,14-15). 
Sólo de esta forma, siendo hermana, en ámbito de acogimiento-amor, como el simbolizado por el discípulo que Jesús amaba, María puede presentarse como madre universal, en el Calvario. 
Sólo donde los hombres son hermanos en amor, sin imposiciones, 
poderes ni dominios, María viene a presentarse como madre. Ella es mujer-madre: representa y realiza el gran camino de la humanidad, abierta hacia el misterio de la vida. Así la vimos en Caná (Jn 2,1-12), asistiendo al misterio de las bodas. Así la volvemos a ver cuando las bodas se han cumplido en la sangre del Calvario (Jn 19,25-27): surge la nueva humanidad, representada en el discípulo que ama, ella permanece siempre como madre de ese discípulo del amor de Cristo.

XAVIER PIKAZA
DICCIONARIO DE MARIOLOGIA. Págs. 761-77