CARA Y CRUZ DE LA FAMILIA EN EL EVANGELIO:

CARA Y CRUZ DE LA FAMILIA EN EL EVANGELIO:

una tensión que no cesa

«Sus padres no le comprendieron» (Lc 2,50).
«Sus familiares venían a atarlo, porque pensaban que estaba loco» (Mc 3,23).
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» (Mc 3,33).
«Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad» (Lc 2,51)

¿En qué quedamos? ¿Hay que hacer caso al evangelio de Lucas
cuando exalta la sujeción de Jesús a sus padres o, más bien, cuando
nos lo muestra desentendiéndose de ellos en el Templo o
enfrentándose con una pregunta que suena a reproche?
No vale decir que ese acontecimiento era de un orden
sobrenatural, imposible de darse en los hijos “normales” de una familia
cristiana. Ni vale aducir el carácter menos histórico de los evangelios
de la infancia. Los textos de Marcos arriba aducidos son aún más
“fuertes”. Tanto que otros evangelios, escritos después del de
Marcos, se cuidan muy mucho de repetir un adjetivo tan escandaloso
como el de “loco” y que, por eso mismo, tiene todos los rasgos de
autenticidad histórica.
El evangelio lucano, al tratar de cubrir la laguna informativa sobre
la infancia y la familia de Jesús, deja enfrentadas en tensión dialéctica,
de una parte, la autoridad acatada ejemplarmente (y con fruto: crece
el hombre allí adonde ha bajado, en Nazaret; hay más favor y gracia
de Dios allí donde ha habido más sometimiento) y, de otra parte, la
libertad filial afirmada y ejercida.
EVS/APOCRIFOS: La misma tensión entre ambos aspectos
continuará, notablemente aumentada por una imaginación
desbordada, en los llamados evangelios apócrifos.1 Entre los
continuos milagros que en su vida diaria realiza el Jesús-niño (muchos
de los cuales son una “retroproyección” del Jesús adulto que pasó
haciendo el bien2 y otros anticipan su relación infantil con personajes
posteriores,3 llaman la atención los que presentan a un niño irascible
que abusa de sus poderes frente a quienes le contradicen.4 Parte de
esa agresividad afectará a sus padres, a los que, sin embargo,
favorece con sus capacidades milagrosas.5
Lo que nos interesa especialmente es advertir también en la
tradición apócrifa, junto a travesuras infantiles,6 la misma doble y
opuesta línea de sumisión obediente y libertad consciente.
Ejemplos de lo primero se encuentran en el evangelio conocido con
el título de “Historia de José, el carpintero”, probablemente del siglo IV
o del siglo V. Delante de sus discípulos, en el monte Olivete, Jesús da
un repaso a toda su vida. Dice así:

«Yo, por mi parte desde que mi madre me trajo al mundo, le estuve sometido
siempre como un niño y ejecuté lo que es natural entre los hombres, excepto el
pecado. Llamaba a María mi madre, y a José mi padre. Les obedecía en todo lo
que estuvieran a punto de mandarme, sin que jamas me permitiera replicarles
una palabra, sino que les mostraba siempre un gran cariño.”7
«Yo dije: Guarda a José como a la niña de tus ojos, pues es mi padre según
la carne y ha compartido conmigo el dolor durante los años de mi niñez… y me ha
dado instrucción como la suelen dar los padres para provecho de sus hijos.» 8

Un ejemplo, por el contrario, de su libertad en oposición consciente
lo podemos ver en el evangelio armenio de la infancia (del siglo V al
VI):

«Jesús le pregunto a María: ‘¿Qué piensas hacer conmigo?’. Ella le responde:
‘Esto es lo que me tiene preocupada: que hemos puesto sumo empeño en que
aprendieras durante tu infancia todos los oficios, y hasta ahora no has hecho
nada en este sentido ni te has prestado a nada. Y ahora que ya te has hecho
mayorcito, ¿qué prefieres hacer o cómo quieres pasar la vida?’. Al oir esto, Jesús
se indignó: ‘¡Has hablado muy inconsideradamente! Con tantos prodigios como
he hecho ante ti, ¿aún no me das crédito? Ten paciencia hasta que veas
realizadas todas mis obras. pues aun no ha llegado mi hora. Mientras tanto,
mantente fiel a mi». Y, diciendo esto, salió de su casa apresuradamente.» 9.

Algunas conclusiones podemos avanzar: Es claro que a los
biógrafos de Jesús, como a todos los biógrafos, les faltaban datos del
hombre grande cuando todavía era pequeño y nadie sabía lo que iba
a dar de sí. En esas situaciones, los seguidores/admiradores se
esfuerzan por trasladar y retrotraer a la infancia del héroe aquellos
rasgos que le caracterizarían de mayor.
(A la tan traída y llevada anécdota del Año Cristiano -aquel santo
asceta y penitente que, ya de niño, rechazaba [¡angelito!] el pecho de
su madre los viernes- se podrían añadir otras más recientes. Una
militante socialista, tan ardorosa como ingenua, me contaba hace
tiempo que, por lo visto, ya de niño, Felipe González, en su barrio de
Bellavista, como era de una posición modesta, pero más elevada que
la del resto de sus compañeros, llevaba todos los días su bocadillo a
la escuela y terminaba repartiéndolo, sin él probar bocado).
El que se recurriera a esa alternante muestra de sumisión y libertad
frente al entorno familiar se explica porque se encontraba bien
confirmada en sus manifestaciones y prácticas de adulto: junto a
textos que manifiestan la cercanía y familiaridad del carpintero hijo de
José con su padre y con su madre, que le sigue hasta la cruz, y con
los apóstoles hasta Pentecostés, se encuentran otros que parecen
sugerir un distanciamiento pretendido, como la desabrida respuesta
de Cana o el “¿quiénes son mi madre y mis hermanos?”.
¿Qué hacer ante estas constataciones?
No vale recurrir a la engañosa historicidad que nos ofrecería un
análisis de las condiciones de vida de la familia judía de hace veinte
siglos, para ver cómo la vivió Jesús en realidad. Pues, por una parte,
lo que nos interesa de Jesús, en orden a su seguimiento, no es
exactamente repetir las condiciones sociológicas en que desarrolló su
vida, sino la traducción que de ella podemos y debemos hacer para
las nuestras. Y, por otra parte, nos interesa especialmente lo que de
nuevo aportó Jesús en aquellas circunstancias y costumbres judías
que le tocó vivir. Tampoco nos iba a valer plenamente el recurrir
exclusivamente a aquel perfecto modelo de familia, con un hijo único,
que lo era por muchos conceptos.
Nos interesará comprobar si esa tensión dialéctica que se afirma en
los relatos de la infancia y se adivina en el resto de los evangelios es
también confirmada de algún modo por los análisis que de la familia se
pueden insinuar hoy día y es corroborada por los otros libros del
Nuevo Testamento.

La tensión, constante de/en toda familia.
FAM/TENSIONES: En actuales análisis seculares de los problemas
de la familia13 se advierte la dificultad que encierra encontrar el justo
medio entre las diversas tensiones que la trabajan y en medio de las
cuales sobrevive, no sabemos si por su imprescindible calidad o
porque, como en la famosa frase de Churchill sobre la democracia, es
la institución menos mala que ha podido encontrarse. “La familia -dice
Cernada-, ese cristal que tantos quieren romper pero nadie consigue
doblar”. Así se va abriendo camino la nave familiar entre las continuas
“Scyllas” y “Caribdis” que la asedian.

1. Tensión entre familia y pareja.
¿Hay que poner a los hijos como la meta suprema a la que aspira
la constitución de la pareja? ¿O, más bien, lo primero que hay que
buscar es la plena integración de la pareja, y lo de los hijos ya vendrá
por añadidura? Es la eterna disputa sobre si el fin primario del
matrimonio es el amor o la fecundidad.
Con decir que lo son ambas cosas, se acaba la discusión, pero no
el problema. Este se le plantea a la pareja cada vez que la demasiada
atención y presencia que los hijos requieren les roba tranquilidad y
tiempo para el desarrollo de su mutua entrega.
Es verdad que los hijos constituyen un primer terreno
imprescindible de actuación conjunta que consolida a la pareja, y por
eso son más frecuentes las rupturas en matrimonios que no los
tienen. Pero no es menos verdad que los hijos constituyen
muchísimas veces piedra de tropiezo. O sirven -sutilmente
instrumentalizados- para realizarse y volcar en ellos y recibir de ellos
un afecto que uno ya no se esfuerza en buscar en el cónyuge. O
-todavía más sutilmente instrumentalizados- se vuelca en ellos un
rencor y unas reprensiones que van dirigidas al cónyuge que las está
oyendo. O, finalmente, se lucha soterradamente por ganarse cada
uno el favor del hijo, sobre todo si es único, hasta acabar en una
“paidocracia”, convertido el niño en tirano juez dictaminador de quién
es el bueno.

2. Tensión entre la familia y la persona.
De tal modo puede llegar a absorberle a uno la imperiosa
necesidad de ser buen padre (o buena madre) que éste es el título
con que uno se ve para toda la vida. Durante veinte años se deja de
lado cualquier otra realización personal; y en los treinta restantes,
después de que los hijos han dejado el hogar, ya no queda sino
lamentar haberse quedado sin un proyecto vital personal. Lo de
perderse y entregarse en totalidad también tiene que mantenerse en
tensión con el crecimiento del propio ser. El amor propio con el amor a
los otros. Hay que entregarse; pero se entrega más y mejor quien más
es.

3. Tensión entre la familia y la sociedad.
No puede uno volcarse tanto en la familia que se resientan
esencialmente la profesión y las obligaciones y compromisos con el
más amplio grupo social. Los hijos necesitan no sólo sentir detrás de
ellos a unos padres esclavizados que les llenan de cariño y
atenciones, sino también, junto a ellos, unos modelos cercanos de
identificación que desempeñen ejemplarmente su papel en la
sociedad. Los hijos no sólo quieren verse obligados a agradecer, sino
también a admirar. Huelga explicar el otro polo de la tensión, porque
está a la orden del día ese vaciarse de profesionales (políticos y
mujeres liberadas) en todo menos en demostrar continuamente a sus
hijos que alguien les ha querido profundamente, antes y más allá de
hacer ellos algo por merecerlo.

4. Tensión entre el atosigamiento y la laxitud.
Tan fatal como una actitud autoritaria y dogmática que no deja
espacios a la creatividad ni educa para la libertad es una actitud que
disfraza de talante comprensivo y tolerante lo que en el fondo es
debilidad y falta de personalidad. La escuela de juego relacional que
es la familia debe enseñar también que el diálogo, como la
democracia, tiene unos supuestos y normas de juego
“constitucionales” que no se discuten, a no ser de tiempo en tiempo.
No se trata de imponer muchas normas, sino de mantener en paz y
seriedad unas pocas que, a lo mejor. se tardará tiempo en poder
racionalizar y explicar.

5. Sólo queda apuntar que ahora, en este final de siglo que nos
toca vivir se han agudizado todas estas tensiones. La creciente
disminución del número de hijos desvía hacia la relación padres-hijos
(o hijo) muchísimas tensiones que antes se arreglaban y diluían
horizontalmente, con los demás hermanos. La creciente ampliación de
las influencias extrafamiliares (más horas de escuela y, sobre todo, de
televisión) sustraen muy pronto a los hijos de la autoridad p(m)aterna
como única fuente de formación/información, y les permiten aumentar
sensiblemente el caudal de elementos que les identifican con los de
su edad (modas, rasgos, gustos, argot. . . ) y les desenganchan de la
esfera p(m)aterna. Una ruptura que es necesaria para el desarrollo de
la personalidad, pero que, debido a los factores señalados, se realiza
ahora con mayores prisas y riesgos.

También en la familia cristiana.
El factor religioso está marcado por esa misma tensión entre polos
opuestos.

En primer lugar, la que existe entre la necesidad sentida de
transmitir una fe que ha dado sentido a tu vida y la libertad que debe
caracterizar el acto de la recepción de esa fe, que es un don. Frente
al complejo de culpabilidad de algunos padres cuyos hijos ya no
practican, a pesar de (o precisamente por) haberles estado
insistiendo en ello a todas horas y toda la vida, está el otro polo: tratar
por todos los medios de que no se escape, en la educación de los
hijos, el más mínimo resquicio de influencia religiosa, a fin de no
influenciarle ni “marcarle” sin su consentimiento y al objeto de que
pueda ser él quien escoja un día, ya de mayor, lo que de verdad le
va.
(Curiosamente, en otras cuestiones no son tan mirados. Le
imponen un nombre, una lengua, unos modales que le marcarán
ineludiblemente; y hasta se permiten -si es niña- hacerle un agujerito
en los lóbulos, sin consultarle si de mayor le va a gustar llevar
pendientes).

En segundo lugar, la tensión entre el amor intrafamiliar y el
universal. Un punto bien decisivo para creyentes que tienen en el
amor universal, incluso a los enemigos, su mayor distintivo. ¿No es
verdad que puede ser tan grande el buscado y alimentado cariño
intrafamiliar, y tan espesos los muros de la casa, que se corra el
riesgo de que acabe ahí el imperativo del amor?

Mensaje del evangelio para la familia hoy.
Diversos textos del Nuevo Testamento corroboran, con sus
lecciones opuestas, la necesidad de vivir esta difícil tensión:

1. Preocupación, pero no tanta.
Jesús responde y ratifica con sus curaciones las preocupaciones
de la viuda de Naím o las del régulo por sus respectivos hijos, y
reconoce que hacemos bien cuando damos a los hijos el pan que
piden, en lugar de darles un escorpión. Pero se muestra evasivo y
exigente cuando el desmedido y equivocado afán de la esposa de
Zebedeo le hace a ésta pedir para sus hijos sendas “carteras
ministeriales”. Un buen relato evangélico para hablar del mal
endémico de las “recomendaciones”. Desde que sus hijos dejaron a
Zebedeo plantado entre las redes de pescar, la esposa no debió de
quitar ojo del “carrerón” que habían emprendido los hijos, ni debió de
dejar de exhortarles a ellos, por más mayorcitos que fueran, a subir
más y más. Hace unos meses, mostraba el programa televisivo
“Segunda enseñanza” cómo una desmedida exhortación paterna a la
superación puede extenuar al exhortado estudiante hasta llevarle al
suicidio.

2. La fe no se hereda, sólo se prepara.
Largo tiempo acostumbrados a vivir en un universo sociocultural en
el que la fe es un componente más (uno se bautiza lo mismo que
habla español, como otros hablan hindú y se bañan en el Ganges),
deberemos, para tranquilizarnos (o para preocuparnos, según), leer
frases bien apodícticas de los evangelios: “De estas piedras podría
sacar Dios hijos de Abraham”. “La fe no viene de la carne ni de la
sangre”…
Y es que el cristianismo se diferencia del judaísmo, entre otras
cosas, en que no se hereda ni permite hablar de raza. La llamada a
formar parte de la Iglesia es una llamada individual de Dios, que nos
convoca en Jesucristo a formar parte de un colectivo que no está
unido por la sangre. Lógicamente, no tendría que parecernos tan raro
el que un hijo no termine teniendo la misma fe que sus padres.
Con todo, seguimos a vueltas con la tensión dialéctica. Porque en
el mismo evangelio siguen a Jesús, a pares, los hermanos de carne y
sangre que se transmiten en familia el entusiasmo de ese
seguimiento. En Cafarnaún hay una “movida” semifamiliar en torno al
clan de Pedro. Y será su propia casa física la que constituirá la base
de la primera iglesia de Cafarnaún, la “Domus Petri”, recién
excavada.
Más aún, una de las innovaciones de Pablo de mayor
transcendencia para la extensión de la fe cristiana será la de hacer
pivotar sobre la casa familiar la difusión de esa fe. La casa se
convierte, con Pablo, en la estructura básica de la primera Iglesia.11
Con los jefes de familia se convertirán casas (familias) enteras, como
más tarde con los reyes se convertirán pueblos enteros (lo cual no
ocurrió sólo en los remotos tiempos de nuestra historia, como con
Recaredo, sino en los más cercanos tiempos de los príncipes
luteranos, en los que se hizo proverbio el “cuius regio eius et religio”).
Pablo escogió la vía de la familia como mediación de la fe, lo mismo
que había escogido ciudades importantes como mediación de toda la
región. Es evidente que esa afirmación de la familia condicionará
muchas de sus exhortaciones prácticas de aceptación de la esclavitud
o de supremacía del varón que se oponen a sus principios teóricos de
igualdad entre el esclavo y el libre, el judío y el griego, el hombre y la
mujer.12
Sin embargo, ni Pablo dejó de vivir la tensión entre sus principios y
su práctica ni daba por supuesto que todos los miembros de la casa
habrían de aceptar automáticamente la fe. Su insistencia en ser cartas
vivas, ejemplos andantes que trasluzcan en su comportamiento al
Cristo que les ha alcanzado, es la mejor lección para los padres en
este punto. Más que mucha doctrina y muchos sermones, interesa
vivir coherentemente lo poco que se predique al interior de la familia.
Los hijos, a la larga, van a ser moldeados más por lo que vean que
por lo que oigan. Y el rechazo global del paquete de instrucciones
recibidas, que se produce inevitablemente -con mayor o menor fuerza-
en el momento de ruptura de la adolescencia, va fundamentalmente
dirigido contra lo sermoneado, no contra lo transmitido
ejemplarmente.

3. Los lazos familiares tiene que acabar soltándose.
Lucas muestra al Jesús-niño en el templo, en el momento de su
barmiswah (semejante a nuestra confirmación, el momento en que aún
hoy al joven judío se le declara súbdito de la Ley, lee en la sinagoga
el Libro y se le hacen preguntas acerca de cómo entiende el pasaje
leído), diciendo a sus padres, sin que éstos le entiendan: “¿Por qué
me buscabais? ¿No sabíais que debía ocuparme en las cosas de mi
Padre?”.
Pero, si se le pueden poner objeciones históricas de teolo-gización
a este episodio de los doce años, es más difícil encontrarlas para el
momento en que, a la edad de unos 30 años, el circulo más amplio de
familiares de Nazaret intenta atarle, porque piensan que se ha vuelto
loco. (Jesús se había acercado al Jordán para vivir la experiencia del
bautismo de Juan, un acontecimiento que ejercía en aquel momento
en Palestina una atracción semejante a la que en nuestros días ha
ejercido el fenómeno de Taizé). Allí le sorprendió la experiencia del
Espíritu, que le llenaba, y la llamada del Padre. Comenzará entonces
su predicación itinerante, seguida de lejos con ansiedad por unos
familiares que no entienden este brusco cambio y este abandono de
sus deberes, y que quieren aprovechar su acercamiento por la zona y
su llegada al pueblo para retenerle y volverle al buen camino.
Cuesta aceptar que uno no educa a sus hijos para sí, ni siquiera
para que sean iguales a uno mismo. Sólo cuando va llegando el
momento de emancipación maduradora empieza a decantarse la
cantidad de egoísmo que encerraba un amor a los hijos que creíamos
totalmente abnegado. Querer que los hijos sigan apegados a
nosotros, o incluso que sean lo más iguales posible a nosotros
mismos, es un índice de personalidades flojas que necesitan apoyo y
perpetuación. (Como también son los malos profesores los que
prefieren que el alumno repita lo que él ha dicho, y no que sepa
discutirlo y rebatirlo). Similis similem queerit. Cuanta más personalidad
se tiene, más se crean otros seres que tienen su propia personalidad
y. por eso mismo, distinta de la nuestra en decisiones y actitudes.
DEMOCRACIA/REBELDIA: Ya Platón se atrevió a deducir la grandeza de la democracia ateniense por la cantidad de ciudadanos rebeldes que había producido.
Por eso no debería extrañarnos el que Jesús utilice positivamente
un texto como el de “he venido a enemistar al hombre con su padre, a
la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que los enemigos
de uno serán los de su casa”13 que ocho siglos antes había sido
usado por el profeta Miqueas como algo fatal que sucedía en
Jerusalén. Pero esta posibilidad de que la familia pueda convertirse
para sus componentes en enemigo u obstáculo nos lleva al siguiente y
último punto.

4. La familia no debe absorber la capacidad de amar 14
La familia figura como un posible obstáculo no sólo en la última
frase citada. Son muy numerosas y conocidas las ocasiones en que
Jesús incluye el abandono de la familia entre las condiciones exigidas
para ser su discípulo. Al que quería diferir su seguimiento por enterrar
a su padre, llega a decirle: “Deja que los muertos entierren a sus
muertos”; y a su propia madre le da en Cana una respuesta (“¿Quién
te mete a ti en esto?”) que es exactamente igual a la que en los
evangelios sinópticos [15] dan los demonios a Jesús cuando éste
irrumpe como un obstáculo en sus actuaciones: “¡Déjanos (déjame)
en paz!”.
La familia puede convertirse en un ídolo que exija y absorba sin
reservas nuestro amor, entrando así (lo mismo puede pasar con otras
instituciones como el Estado, el partido político o el instituto religioso)
en colisión con el único Absoluto digno de tal nombre y devoción, el
cual nos requiere continuamente a volcarnos en todo aquel que tiene
necesidad de nosotros.
“El que no me prefiere a su padre y a su mujer y a sus hijos, a sus
hermanos y hermanas y hasta a sí mismo, no puede ser mi discípulo”
(Lc 14,26s.). La propia persona queda alienada junto a los diversos
miembros de la familia. El demasiado amor a la familia, junto al
demasiado amor a nosotros mismos. Por eso no puede cubrirse con la
misma capa de “servicio al Reino universal” lo que en muchas
ocasiones no será más que pura comodidad, justamente lo contrario
de lo que debería ser siempre la motivación última. Una ruptura que
no sea dolorosa para el que la emprende, sino cómoda o provechosa,
es para desconfiar. ¿Nos desligamos de los padres enfermos o
ancianos para servir mejor a quien nos necesite, o quizá no teníamos
que ir tan lejos para encontrar al que nos estaba necesitando en ese
momento más que nadie?
Sin una palestra como la que ofrece la familia, nos será muy difícil
irnos ejercitando en el arte de amar y ser amados. Pero hay que
ampliar (y aun revolverse contra) ese estrecho campo del amor. La
familia puede ofrecer el primer terreno de aprendizaje, pero puede
también convertirse en peligrosa celada o círculo caucasiano del que
no logremos ya salir.
Será tanto más cristiana la familia cuanto más vaya dejando de
serlo en exclusividad, cuanto más vayamos queriendo como a
verdaderos hermanos carnales a quienes no lo son. “¿Quiénes son mi
madre y mis hermanos?”, preguntó Jesús, y se volvió a los que le
escuchaban. Si los primeros cristianos se llamaban “hermanos”, si
Pablo erige la familia como modelo de comportamiento, y si el propio
Jesús llama “Padre” a Dios, es porque la familia ofrece una base ideal
de comportamiento que hay que seguir extendiendo a espacios más
amplios.
Hay miles de excusas teóricas para librarnos del deber de la
fraternidad universal. Pero todas esas excusas desaparecen en
cuanto vemos el mundo, de verdad, como una familia. ¿Es que a mi
hermano carnal le dejo morir, aunque yo sea millonario, porque él sea
menos capaz o esté paralítico o le haya ido fatal en los negocios?
La pregunta “¿quiénes son mi madre y mis hermanos?” recuerda,
en su estructura, la que precede a la parábola del buen samaritano:
“¿Quién es mi prójimo?”. También aquí responde Jesús ampliando el
horizonte del que pregunta, cambiándole de signo la pregunta. En
efecto, al terminar la parábola, Jesús no le pregunta al letrado quién
era para los viandantes el prójimo al que había que ayudar, sino quién
de los viandantes se hizo prójimo (se sintió próximo) de aquel que
había caído en manos de los ladrones. Hay que sentirse próximo a
todo aquel que nos necesita. “Si sólo amáis a los que os aman”, a la
propia familia, ¡valiente cosa…!

GREGORIO RUIZ

Profesor de Sgda. Escritura
Univ. Comillas. Madrid
SAL TERRAE 1986/05 Págs. 379-390