LA UTOPÍA DE LA FAMILIA HUMANA EN LA TRADICIÓN BÍBLICA

LA UTOPÍA DE LA FAMILIA HUMANA EN LA TRADICIÓN BÍBLICA

La lectura global de la Biblia cristiana, desde el Génesis hasta el Apocalipsis de Juan, depara una gran sorpresa. La historia que comienza en este mundo termina en un mundo completamente distinto, en unos cielos nuevos y una tierra nueva, en una Jerusalén que baja del cielo. Y la humanidad que aparecía germinalmente unida en la figura de sus progenitores termina dividida entre los adoradores de la Bestia y sus víctimas. ¿Qué ha ocurrido en medio? ¿Cómo se ha llegado a esta situación? Esbozar en pocas páginas este drama se presta a simplificaciones inadmisibles. Pero podemos distinguir las siguientes etapas.

  1. El proyecto inicial de Dios 

La Biblia no conoce la palabra “utopía”, que es de origen griego y fraguada en su sentido habitual por Tomás Moro, a comienzos del siglo XVI. Pero si quisiéramos buscar el equivalente a todo lo positivo que encierra el término podríamos hablar del proyecto inicial de Dios, tal como se indica en la primera página del Génesis. Después de contar la creación del universo y de los seres inanimados y animados, se llega al momento culminante: la aparición del ser humano. El autor divide su relato en cuatro breves actos. 

            El primero presenta la decisión de Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles”. El segundo cuenta la realización del proyecto: “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó, varón y hembra los creó”. El tercero, la bendición y misión: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra”. El cuarto, inesperadamente, habla del alimento de hombres y animales (Gn 1,26-30).

Limitándonos a lo esencial para nuestro tema, lo primero que atrae la atención es que el ser humano es creado a imagen de Dios. Esta expresión se ha prestado a distintas interpretaciones, pero lo esencial sería que Dios crea algo en relación con él, con quien puede dialogar y relacionarse. En cualquier hipótesis, tanto el varón como la mujer reflejan la imagen de Dios. La teología posterior, influida por el relato de Gn 2, hablará de la superioridad del varón sobre la mujer. Sin embargo, en Gn 1 la perspectiva es distinta: varón y mujer son creados en el mismo momento, iguales en dignidad. Por encima de todas las diferencias fisiológicas y psicológicas, varón y hembra son radicalmente iguales en lo esencial: los dos reflejan la imagen de Dios.

El segundo dato importante se encuentra en la bendición: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar…” (v.28). La humanidad recibe la doble misión de someter la tierra y dominar los animales. Para comprender rectamente las palabras de Dios conviene tener en cuenta que la visión de la Biblia es mucho más profana que la de las culturas circundantes. Otros pueblos pensaban que los dioses habían bajado a la tierra para construir la primera ciudad, instituir la monarquía, enseñar a los hombres la agricultura, la música o la guerra. En la Biblia no encontramos nada de esto. Es el hombre quien debe mejorar y hacer progresar la tierra.

Pero este dominio sobre el mundo y los animales no convierte al ser humano en un déspota. El Génesis supone lo contrario cuando habla del alimento de la humanidad. Existe una dife­rencia entre los relatos egipcios y los mesopotámicos en este aspecto. Mientras los primeros conceden al hombre la posibilidad de alimentarse de vegetales y animales, los segundos sólo admiten la posibilidad originaria de una dieta vegetal. Este dato se encuen­tra difundido también en otras culturas (lo encontramos en Platón y Ovidio) y demuestra la extensión de una mentalidad vinculada a la idea del “paraíso”, cuando existían buenas relaciones entre hombres y anima­les; a esa mentalidad le choca que se mate a un ser vivo para alimentar­se de él.

En resumen, el proyecto inicial de Dios supone una humanidad en relación con Él, de igualdad absoluta entre sus miembros, con un proyecto común de dominar el mundo y en relación paradisíaca con los otros habitantes del planeta.

 

  1. La ruptura del proyecto

 

Por desgracia, este proyecto se va a romper pronto con tres graves fracturas: la relación con Dios, la relación entre los esposos, la relación entre los hermanos.

La primera ruptura, la más conocida y comentada, se da entre la primera pareja y Dios. Con ello no pierden la imagen y semejanza divinas, pueden seguir dialogando con Dios, pero algo ha cambiado profundamente.

Igual de clara y trágica es la ruptura que se produce entre Adán y Eva. Después del pecado original, Dios interroga a los culpables. Comienza por Adán, y éste se excusa cargando la responsabilidad sobre Eva y sobre el mismo Dios: “La mujer que me diste por compañera me alargó el fruto y comí” (Gn 3,12). Eva ya no es para Adán “hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2,23). Ahora la ve como algo distinto de él, que Dios ha puesto en su camino, para desgracia suya.

La tercera ruptura se produce entre los hermanos: Caín y Abel, lo que algunos teólogos han llamado el segundo pecado original. Igual que Adán se desentiende de Eva y la acusa, Caín se desentiende a Abel (“¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”) y lo mata.

 

  1. La revisión del proyecto

 

Aunque no lo cuenta, el Génesis da por supuesto que las rupturas iniciales con Dios y entre los seres humanos debieron de repetirse, porque poco más tarde constata que “en la tierra crecía la maldad del hombre y toda su actitud era siempre perversa” (6,5). Esto llevará al diluvio. “Se arrepintió el Señor de haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón” (6,6). Imposible expresar de forma más dura y concisa la sensación de fracaso de Dios con su propio proyecto. Sin embargo, a pesar de estas palabras, el proyecto inicial emergerá del diluvio como el arca. Así lo expresa la bendición de Dios a Noé y sus hijos: “Creced, multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 9,1).

Pero el proyecto postdiluviano, tan parecido al primero, ofrece una gran novedad. Mientras la alimentación de los primeros hombres y animales era vegetariana, ahora “se permite” una dieta carnívora (9,3). Esto sugiere, a nivel simbólico, que la nueva humanidad es de menos calidad que al anterior. Y el deterioro se confirma al contar Dios con la posibilidad de que cualquier hombre se convierta en un nuevo Caín y derrame la sangre de su hermano (9,6).

 

  1. La nueva ruptura

 

Este proyecto menos ambicioso también fracasará. La ruptura, esta vez, se produce entre los pueblos. Gn 9,18-27 podría entenderse también en clave familiar, como ruptura entre padres e hijos (Noé y Cam). Sin embargo, la cuestión es más compleja. Aunque Cam es quien desprecia a su padre al ver su desnudez, la maldición no recae sobre él sino sobre uno de sus descendientes, Canaán. El pasaje no se mueve en categorías familiares sino étnicas. Los maldecidos son los cananeos, mientras la bendición recae sobre los descendientes de Sem y de Jafet. La humanidad queda nuevamente dividida, ahora de forma más trágica y radical.

 

  1. El proyecto humano

 

La lectura global nos depara una nueva sorpresa. Al llegar al capítulo 11 del Génesis, la humanidad no es consciente de su cuádruple ruptura. El hecho de hablar una sola lengua y hallarse en un mismo lugar le hace olvidar su triste pasado y de encarar con enorme optimismo su futuro. En todo caso, se podría decir que la única ruptura que late en el subconsciente colectivo es la primera, la de la relación con Dios. En sus palabras nunca lo mencionan. Más aún, frente al proyecto divino de “llenar la tierra” y someterla en nombre de Dios, los supervivientes del diluvio se forjan un nuevo proyecto: “Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra”. Es frecuente ver aquí un nuevo pecado de orgullo, no ya de la primera pareja, que pretende “ser como dioses”, sino de toda la humanidad, que intenta escalar el cielo. Dios, que ve “amenazada” su soberanía, decide confundir las lenguas para que tengan que dispersarse. Con esto, el primer y único proyecto solidario de la humanidad se ve abocado al fracaso.

 

  1. El nuevo proyecto de Dios

 

En cambio, Dios no ceja e idea un nuevo proyecto. La vocación de Abraham será una forma de bendecir, a través de él, a todas las familias de la tierra. Esta vez el proyecto se acomoda a la realidad, con la lentitud a veces desesperante de la historia y exigiendo una continua colaboración del hombre. En el fondo, el nuevo proyecto consiste en realizar en este mundo, en la medida de lo posible, los ideales del mundo mítico de los inicios, reparando las cuatro rupturas que se produjeron.

La primera ruptura se produjo entre Dios y el hombre por falta de obediencia. Abrahán obedece aunque la orden inicial, “sal de tu tierra y de tu casa paterna hacia la tierra que yo te mostraré”, es dura y exigente. Pero Abrahán, a diferencia de Adán, obedece al plan de Dios, y así comienza la historia de la salvación.

La ruptura se había manifestado también a nivel interhumano: relaciones familiares (entre los esposos y entre los hermanos) y grupales (entre los pueblos).

A nivel familiar, el libro del Génesis es un magnífico programa de restauración de las relaciones perdidas. La tensión surgida entre Adán y Eva queda superada en las relaciones entre Abrahán y Sara, Jacob y sus dos mujeres (Raquel y Lía).

Más atención que a las relaciones entre esposos conceden los autores bíblicos a las relaciones fraternas: Isamael e Isaac Jacob y Esaú. El segundo caso es especialmente significativo. Caín no tenía motivos para matar a Abel. Humanamente hablando, y puestos en la mentalidad de la época, Esaú tiene motivos para matar a Jacob. Sin embargo, no lo hace. Algo superior, misterioso, que el autor del relato no explica, le mueve a perdonar. Junto al misterio de la venganza surge en la historia ese otro misterio del perdón. Y este misterio, tan esencial para la convivencia humana, vuelve a convertirse en tema capital en las tradiciones de José.

Pero a los autores del Génesis no les interesa sólo salvar las relaciones familiares, conceden también gran atención a las relaciones entre los pueblos. Las tradiciones sobre Abrahán y Lot pretenden ser modelo para las relaciones entre los pueblos descen­dientes de ellos (amonitas, moabitas e israelitas). Algo parecido podemos decir de las tradiciones sobre Jacob y Labán, que equivalen a las posteriores entre israelitas y sirios. Incluso con otros pueblos con los que no existen vínculo de parentesco indica el Génesis que los problemas se deben resolver de buena manera, acudiendo al diálogo: así ocurre en el caso de Egipto (Gn 12) y en diversas tradiciones sobre los contactos de los patriarcas con los Filisteos (Gn 20; 21,22-34). Incluso la perversa Sodoma (Gn 18,16-33) es digna de la preocupación y la defensa de Abrahán.

Lo que el Génesis presenta en bellos relatos adquiere matices muy distintos en legisladores, sacerdotes, profetas y sabios. Todos ellos, cada cual a su manera, se esfuerzan por instaurar ese proyecto de Dios para la humanidad. El legislador lo hará con palabras escasas y medidas. El profeta con palabra apasionada y dura. El sabio con moderación y una sombra de escepticismo. Todos ellos moviéndose en las coordenadas de lo real.

Pero hay momentos en que los autores abandonan el realismo y se dejan arrastrar por un entusiasmo utópico. Indicaré dos casos. El primero es muy conocido y está relacionado con el tema de la paz internacional. Es el famoso oráculo que encontramos duplicado en los libros de Isaías (2,1-4) y Miqueas (4,1-3). Sea de quien sea, es curioso que el texto ha quedado incluido entre las obras de profetas del siglo VIII a.C., el más convulso de la historia de Israel. Cuando los asirios renuevan su política imperialista y el mundo se ve sometido a la tragedia continua de la guerra, el texto expresa su certeza de que “al final de los tiempos”, los naciones confluirán hacia el monte del Señor para dejarse instruir por su ley y resolver sus conflictos pacíficamente: “De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra”.

El segundo se encuentra también en el libro de Isaías: “Aquel día Israel será mediador entre Egipto y Asiria, será una bendición en medio de la tierra; porque el Señor de los ejércitos lo bendice diciendo: «¡Bendito mi pueblo, Egipto, y la obra de mis manos, Asiria, y mi heredad, Israel!»” (Is 19,24-25). Este texto, bastante desconocido, es una de las cumbres de la Biblia hebrea. Su autor ha elegido los dos nombres claves en la historia de opresión y sufrimientos de Israel: Egipto, en los comienzos; y Asiria, la que puso fin al Reino Norte (Israel) y sometió a tributo al Reino Sur (Judá) durante más de un siglo (734-627 aproximadamente). Sin embargo, el texto que comentamos olvida odios pasados y motivos de rencores. Egipto y Asiria no se verán azotados por nuevas plagas o castigos. Quedan unidos a Israel por una bendición común y por unos títulos inesperados. Egipto no es ya “el horno de hierro” sino “mi pueblo”. Asira no es “el cubil de los leones” (título que el profeta Nahún aplica a su capital, Nínive), sino “la obra de mis manos”.

 

  1. La desilusión con el proyecto antiguo y la formulación de uno nuevo: la apocalíptica.

 

Estas bellas esperanzas de unión y paz mundial chocaron una vez más con la triste experiencia. Las grandes potencias (Babilonia, Persia, Grecia, los Ptolomeos de Egipto y los Seleúcidas de Siria) siguieron imponiendo su dominio. La desilusión ante un mundo mejor fue cundiendo. Y la desesperanza adquirió categorías definitivas a mediados del siglo II a.C., durante la dura opresión de Antíoco IV Epífanes. Su reinado fue lo más contrario a una era de paz, unión y respeto.

Esta dura realidad será experimentada de forma especialmente trágica por los escritores apocalípticos. Para ellos, el mundo presente no tiene solución. Está bajo el control de poderes malignos. Por eso debe desaparecer, estallar en una conflagración cósmica en la que la luna se teñirá de sangre, el sol perderá su esplendor, las estrellas caerán del cielo, mientras la tierra se ve sacudida por terremotos y guerras.

Este mentalidad apocalíptica, aunque sea pesimista ante nuestro mundo, es optimista en cuanto al resultado final. Será el triunfo del Reino de Dios. Pero la humanidad queda ya definitivamente dividida. “Muchos de los que duermen en el polvo despertarán, unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua” (Dn 12,2).

 

  1. 8. La conciliación de lo antiguo y lo nuevo: Jesús

 

La ventaja de la concepción apocalíptica es su realismo. No se ilusiona con un mundo perfecto. Acepta la dura realidad. Su gran peligro es la pasividad. La inminencia del fin, la ruptura total con lo existente, no justifica un compromiso con nuestro mundo y nuestra historia. La única actitud lógica es sentarse a esperar la venida del Reinado de Dios. Como escribe Gehard von Rad: “No cabe duda de que el autor apocalíptico está del lado de aquellos que pasan el tiempo de la tribulación sufriendo más que luchando, y de este modo es fiel a su convicción fundamental: sólo sucede lo que debía suceder” (Teología del Antiguo Testamento II, 470).

En mi opinión (y subrayo “mi opinión”, porque el tema es muy complejo), una de las grandes aportaciones de Jesús es aceptar el realismo de la apocalíptica (que algunos juzgarían pesimismo), pero dándole fuerza creativa. Para Jesús, el mundo presente no ofrece maravillosas perspectivas. En ningún momento parece que pretenda transformar la realidad política, social y económica que le rodea. No se ilusiona pensando en un mundo sin espadas ni lanzas, no imagina una humanidad perfecta, unida, fraterna. Hay explotadores y explotados, marginadores y marginados, ricos y pobres, poderosos y débiles.

Los textos del Nuevo Testamento están imbuidos del convencimiento de un mundo dividido. La formulación más perfecta de una humanidad igual es la de Pablo a los Gálatas: “Yo no hay judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer”. Las tres grandes barreras de la raza/religión (judío-griego), de la economía y los medios de producción (esclavo-libre) y del género (varón-mujer), desaparecen. Pero desaparecen gracias al bautismo, al quedar revestidos de Cristo. En lenguaje moderno, con la nueva visión del Concilio Vaticano II, se puede decir que todos los hombres de buena voluntad aspiran y realizan, en cierto modo, este ideal de igualdad. Pero no toda la humanidad, porque Caín y Abel siguen existiendo en el rico y Lázaro. Y hay personas y países empeñados en demostrar su superioridad de “judío”, de “libre” y de “varón”.

Sin embargo, este realismo no lleva a Jesús a refugiarse en un estéril romanticismo y en una espera pasiva del Reinado de Dios. Anuncia ese reinado con su palabra y lo anticipa con su acción. “Si expulso a los demonios con el espíritu de Dios, señal de que el Reino de Dios está aquí” (Mt 11,28). Aunque el mundo perfecto quede reservado al nuevo cielo y la nueva tierra, la Jerusalén celeste del Apocalipsis, en este mundo se puede y debe luchar por algo mejor, por una humanidad que refleje, aunque sea pálidamente, el esplendor del proyecto inicial de Dios.

José Luis Sicre

Facultad de Teología

Granada (España)